Valle hacia el norte, ondulosa pradera,
desiertos encantadores, mi corazón, formado para vosotros,
siempre os busca en su melancolía.
A tu aspecto, soledad querida,
no sé qué de profundo y de dulce
viene a apoderarse de mi alma enternecida.
Si se supiera la calma que un arroyo
en todos mis sentidos lleva con su murmullo,
esa calma dichosa que he, sobre la verdura,
gustado cien veces solo al pie de una colina,
los fríos amantes del frío lugar de las ciudades
buscarían estos placeres fáciles.
Si la primavera los campos viene a esmaltar,
en un rincón fresco de este valle apacible,
leo sentado bajo el ramoso nogal,
de tronco rudo, de follaje flexible.
Del ruiseñor el suave suspiro
encadena entonces mi oído cautivo,
y en un sueño por encima del placer
deja flotar mi alma fugitiva.
En el fondo de un bosque cuando el verano va durando,
¿hay una onda amable y sinuosa
que, en su curso, lenta y voluptuosa,
en cada flor se detiene suspirando?
Cien veces al borde de esta onda infiel
iré a dormir bajo el avellano odorante,
y disputar de pereza con ella.
Bajo el sauce nutrido de tu frescura amiga,
río testigo de mis suspiros,
en estos prados esmaltados, al dulce ruido de los céfiros,
tu paso ofrece aquí la imagen de la vida.
En valles desiertos, al salir de estas flores,
conduces tus ondas errantes:
así nuestras horas inconstantes
pasan de los placeres a los dolores.
Pero si voluptuosos, al menos en nuestra carrera,
de la primavera vamos a gozar,
nuestros días más dulcemente se alejan de su fuente,
llevando consigo un tierno recuerdo:
así tú vas menos triste al roquedal solitario,
hacia esos bosques donde haces siempre,
si de estos prados tu curso dichoso
arrastra alguna flor ligera.
De mi espíritu así el encantamiento
nace y crece durante todo un follaje.
El aquilón viene, y se ve tristemente
el árbol aislado sobre la colina salvaje
balancearse en medio de la tormenta.
Blancos pájaros en grupos divididos
dejan las orillas del Océano antiguo:
todos en silencio en fila ordenados
hienden el azul de un cielo melancólico.
Erro en los bosques donde penden las escarchas:
interrumpido por el ruido de la hoja
que lentamente arrastro bajo mis pasos,
en sus pensamientos mi espíritu se recoge.
¿Quién lo creería? placeres consoladores,
os vuelvo a encontrar en este gran luto de los cielos:
el hábito de viuda embellece la naturaleza.
Hay un encanto en los bosques sin adorno:
estos prados rientes rodeados de alisos verdes,
donde la onda muelle enerva el pensamiento,
donde sobre las flores el alma sueña mecida
a los dulces acordes del follaje y de los aires,
estos prados rientes que el aquilón siega,
agradan a los corazones. Hacia la tierra encorvados
imitamos, o marchitos o caídos,
la hierba en invierno y la hoja en otoño.
Chateaubriand
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-primavera-el-verano-y-el-invierno-francois-rene-de-chateaubriand/
