¡Sus! Que mi alma, pues, vaya a servir a su alma
¡Y que este cuerpo no sea inútil a su dama!
En primer lugar ruego a manos juntas a los dioses
Conmovidos por mi ardor, que hagan de mis ojos
Dos brillantes diamantes sobre los que la muelle audacia
Del punzón acerado no deje ninguna huella,
Ni más que sobre mi corazón jamás se ha podido ver
Que el hierro ni el fuego hayan tenido ningún poder.
Será para complacer a la mirada asesina
Que sacó por mis ojos mi corazón a la imprevista,
Será para adornar tanto las manos como los dedos
Que apretaron mi vida esclava bajo sus leyes.
Que mis dientes por los cielos sean hechos inmortales
Cambiados para siempre en otras tantas perlas
Sin mancha ni oscuridad, como sin mancha también
Fue mi amor, mi alma y mi fe hasta aquí.
Será para atar este obstinado coraje
A devolver por el amor la pena y el daño,
Será para atar su cabellera en redondo,
Para embellecer su cabeza y coronar su frente.
Mi piel le servirá de verdadera ocagna
Mejor que las que vienen de la medio mora España,
Para proteger del calor del sol ultrajante
Las manos de mi asesina, de modo que quiero
Guardar contra el fuego lo que me convierte en ceniza,
Y por mil fechorías tal servicio rendirle.
Y vosotros, mis nervios, cansados de tirar de mis males,
Quiero que en adelante cantéis mis dolores
Sobre el laúd encantador que mi amante altiva
Al oír de mi muerte soltará en colère
Sobre el lecho de su cama. Cambia, corazón endurecido,
Cambia, corazón obstinado, cambia de nombre también:
Has amado los golpes y las picaduras
Y tomas a placer y favor las heridas;
Cuando mis ojos estén cerrados de un eterno sueño,
Tendrás un oficio y suplicio parecido:
Servirás a Diana y sobre las mismas brechas
Que hicieron dentro de ti mil sangrientas flechas
Serás guardián de los alfileres que al anochecer
Su delicada mano te hará recibir,
Aquellos que reparaban de un satén negro su rostro,
O que picaban mis dedos castigados por mi audacia.
Corre, sangre irritada, y después de mi desgracia
No cambies aún tu cándido color,
Hazte su bermellón, oh llaga bienaventurada,
Que empujando sobre mi sangre mi alma langorosa
Le da ese consuelo que al final de mis dolores
Renacerán de mi muerte tantos vivos colores
Que harán a mi severa, a ninguna otra parecida,
Al lustre de mi sangre relucir más bermeja…
Théodore Agrippa d’Aubigné
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-sus-que-mi-alma-pues-vaya-a-servir-a-su-alma-theodore-agrippa-d-aubigne/
