¡Vaya, entonces, si el sol deja estas orillas!
¡Huye, claro diluvio! He aquí la sombra de las rutas.
En los sauces, en el viejo patio de honor,
la tormenta arroja primero sus anchas gotas.
¡Oh cien corderos, de la idilio soldados rubios,
de los acueductos, de los brezales enflaquecidos,
huyan! ¡llanura, desiertos, pradera, horizontes
están en el rojo aseo de la tormenta!
Perro negro, moreno pastor cuyo manto se enfunda,
huid la hora de los relámpagos superiores;
rubio rebaño, cuando he aquí nadar sombra y azufre,
procurad descender a refugios mejores.
Pero yo, ¡Señor! he aquí que mi espíritu vuela,
tras los cielos helados de rojo, bajo las
nubes celestes que corren y vuelan
sobre cien Solognes largas como un ferrocarril.
He ahí mil lobos, mil semillas salvajes
que se lleva, no sin amar las correhuelas,
esta religiosa tarde de tormenta
¡sobre la antigua Europa adonde cien hordas irán!
¡Después, el claro de luna! por doquier el páramo,
enrojecidos y sus frentes a los cielos negros, los guerreros
¡cabalgan lentamente sus pálidos corceles!
¡Las piedras suenan bajo esta fiera banda!
– Y veré el bosque amarillo y el valle claro,
la Esposa de ojos azules, el hombre de frente roja, oh Galia,
y el blanco Cordero Pascual, a sus pies queridos,
– Michel y Christine, – ¡y Cristo! – fin de la Idilio.
Arthur Rimbaud
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-michel-y-christine-arthur-rimbaud/
