Los escritores

Poema de Gérard De Nerval Época Siglo XIX

¿Adónde huir? ¿Dónde esconderme? ¡Qué diluvio de escritos,
en este siglo apagado viene a infectar París!
En vano he retrocedido ante el Solitario,
¡Oh Dios del mal gusto! ¿Es preciso, pues, para agradarte,
amontonar grandes palabras siempre vacías de sentido,
cantar al hombre de las noches, o al espíritu de los torrentes?
Pero en vano he querido meter en mi cabeza
el rayo que suspira en el seno de la tempestad,
ante el Renegado he palidecido de espanto;
y no sé por qué los espíritus me dan miedo.

Oh gran Hugo, poeta y razonador hábil,
ven a mostrarme ese arte grande y difícil,
por el cual el talento hace admirar a los necios
unos versos, quizá oscuros, pero ricos en grandes palabras.
¡Oh Racine, Boileau! Vosotros no erais poetas,
deponed los laureles que adornaron vuestras frentes,
dejad a nuestros autores ese incienso merecido,
que jamás embriagó a la mediocridad;
que vuestros versos, relegados con los de Virgilio,
hagan aún el aburrimiento de un público imbécil,
son planos, poco sonoros, y a menudo fastidiosos,
era quizá suficiente para nuestros tristes abuelos,
espíritus pesados y limitados, sin gusto y sin uso,
pero todo se perfecciona con el tiempo y la edad.

Es como vosotros habláis, oh sublimes autores,
no hay que, se dice, disputar sobre colores,
sin embargo, rechazando el estilo Romántico
me atrevo aún, a pesar vuestro, a admirar el clásico.
Soy original, lo sé, lo confieso,
pero vosotros del Romanticismo, oh gloriosos apoyos,
id a algunos clubs o a la Academia
a leer los bellos productos de vuestro pesado genio,
sin duda ese día seréis puestos a nuevo,
adornado con un largo chorrillo y un frac de Elbeuf
haréis resonar en la ilustre asamblea
los sonidos graves y plañideros de una musa ampulosa.

Qué, miserable autor al que envejece el trabajo,
esa es pues la razón de todo ese aparato,
supernumerario oscuro del Templo de la gloria,
buscas los bravos de un numeroso auditorio.
Y qué, ¿no temes que algunos largos silbidos
llenen el salón con sus sonidos indiscretos,
cubriendo tu pesada voz al salir del exordio,
haciéndote gritar: ¡grâce, misericordia!
¿Y era por el cebo de los aplausos?
Que en tu gabinete te secaste tanto tiempo;
esa es pues la razón de tu larga esperanza
¿Qué, todo fue por la gloria, y nada por la ciencia?
El saber no tendría entonces ningún encanto poderoso
si no fuera seguido de un triunfo brillante,
y le preferiste un vano humo,
que no es la sólida y buena renombre.
Sin contar, diréis, cuán halagador es
oír murmurar: Es él, ese gran autor,
oír al público citar pasajes,
y aun después de la muerte admirar sus obras;
para el difunto, dices, qué triunfo deslumbrante,
sin duda para el muerto es un gran placer,
su gloria embellecerá su última morada,
la tierra que lo cubre es mucho más ligera.

¡Ah! Es demasiado burlarse de nuestros autores nuevos,
dices, cuando vosotros mismos tenéis todos sus defectos,
pero en vano queréis censurar sus obras,
los veréis siempre postular sufragios,
los veréis siempre ocupados por entero
en sacar sus escritos de las manos de los Especieros.
Pero vosotros, que parecéis hacer de moralista,
del estado de Apolo aburrido rigorista
¿qué sacáis de vuestros discursos morales?
El odio de los autores, y la amistad de los necios.

Oh tú que me hiciste de auditorio hasta aquí
¿me crees pues verdaderamente insensible a la gloria?
Si mi Pluma jamás produjera escritos
que arrebaten la palma a todos nuestros bellos ingenios.
Me gustaría ganar un homenaje sincero,
pero compadezco tu orgullo, Escritor temerario
que crees que los bravos que a cenar recibes,
demuestran tu mérito, y son de buena ley.

Y ese Autor aún que en la Plaza invita
a su magra cena, a un magro Parásito
y que le dice luego al final de la comida,
«Amigos, hablad sin fraude, y no me halaguéis,
«¿Encontráis buenos mis versos? Decid en conciencia»
¿Puede a vuestro parecer decir lo que piensa?

En pleno estrado Damis es tratado de ladrón
toma para su defensa a un célebre orador
¿Cómo defenderá una causa semejante?
Con palabras, grandes palabras, y se dirá: ¡Maravilla!

¡Eh! Qué, pueblo ignorante, guardáis vuestros bravos,
y vuestros gritos repetidos para incensar a los necios,
¿creéis que cantando una canción risible,
un Pobre con sus desgracias me hará muy sensible?
No, a otros más necios podrá dirigirse,
y lo verdadero, lo verdadero solo podrá interesarme.

Gérard de Nerval

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-los-escritores-gerard-de-nerval/