La ciudad

Poema de Emile Verhaeren Época Siglo XIX

Todos los caminos van hacia la ciudad.

Desde el fondo de las brumas,
con todos sus pisos de viaje
hasta el cielo, hacia pisos más altos,
como de un sueño, ella se exhuma.

Allá lejos,
son puentes musculosos de hierro,
lanzados, a saltos, a través del aire;
son bloques y columnas
que decoran Esfinges y Gorgonas;
son torres sobre arrabales;
son millones de tejados
alzando al cielo sus ángulos rectos:
es la ciudad tentacular,
de pie,
al final de las llanuras y los dominios.

Claridades rojas
que se mueven
sobre postes y grandes mástiles,
aun a mediodía, arden todavía
como huevos de púrpura y de oro;
el alto sol no se ve:
boca de luz, cerrada
por el carbón y el humo.

Un río de nafta y de pez
bate los malecones de piedra y los pontones de madera;
los silbatos crudos de los navíos que pasan
aúllan de miedo en la niebla;
un fanal verde es su mirada
hacia el océano y los espacios.

Los muelles suenan con los choques de pesados furgones;
los carretones chirrían como goznes;
balanzas de hierro hacen caer cubos de sombra
y los deslizan de pronto en sótanos de fuego;
puentes que se abren por el medio,
entre los mástiles frondosos alzan sombríos patíbulos
y letras de cobre inscriben el universo,
inmensamente, de través
por los tejados, las cornisas y las murallas,
frente a frente, como en batalla.

Y allá abajo, pasan caballos y ruedas,
huyen los trenes, vuela el esfuerzo,
hasta las estaciones, alzando, como proas
inmóviles, de mil en mil, un frontón de oro.
Rieles ramificados descienden allí bajo tierra
como en pozos y cráteres
para reaparecer a lo lejos en claras redes de relámpagos
en el estruendo y el polvo.
Es la ciudad tentacular.

La calle —y sus remolinos como cables
anudados alrededor de los monumentos—
huye y vuelve en largos enlaces;
y sus muchedumbres inextricables,
las manos locas, los pasos febriles,
el odio en los ojos,
atrapan con los dientes el tiempo que las precede.
Al alba, al atardecer, de noche,
en la prisa, el tumulto, el ruido,
arrojan hacia el azar la áspera simiente
de su labor que la hora se lleva.
Y los mostradores hoscos y negros
y las oficinas torvas y falsas
y los bancos baten las puertas
a golpes de viento de la demencia.

A lo largo del río, una luz amortiguada,
turbia y pesada, como un harapo que arde,
de reverbera en reverbera retrocede.
La vida con oleadas de alcohol fermenta.
Los bares abren sobre las aceras
sus tabernáculos de espejos
donde se miran la embriaguez y la batalla;
una ciega se apoya en la muralla
y vende luz, en cajas de un sou;
el libertinaje y el robo se acoplan en su agujero;
la niebla inmensa y rojiza
a veces hasta el mar retrocede y se remanga
y es entonces como un gran grito lanzado
hacia el sol y su claridad:
plazas, bazares, estaciones, mercados,
exasperan tanto su vasta turbulencia
que los moribundos buscan en vano el momento de silencio
que hace falta a los ojos para cerrarse.

Tal, de día —sin embargo, cuando las tardes
esculpen el firmamento con sus martillos de ébano,
la ciudad a lo lejos se extiende y domina la llanura
como una nocturna y colosal esperanza;
surge: deseo, esplendor, obsesión;
su claridad se proyecta en resplandores hasta los cielos,
su gas miríada en arbustos de oro se aviva,
sus rieles son caminos audaces
hacia la felicidad falaz
que la fortuna y la fuerza acompañan;
sus muros se dibujan semejantes a un ejército
y lo que aún viene de ella de bruma y de humo
llega en claras llamadas hacia los campos.

Es la ciudad tentacular,
la pulpa ardiente y el osario
y la carroña solemne.

Y los caminos de aquí se van al infinito
hacia ella.

Emile Verhaeren

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-ciudad-emile-verhaeren/