Homenaje

Poema de Emile Verhaeren Época Siglo XIX

I

Para estrujar en ti el peso de tus bellas pesadeces,
Tus dobles senos frugales y sabrosos que riega
Tu sangre, tus brazos combados que lustra la piel rosada,
Tu vientre donde los pelos rojos forman su espléndido vellón,

Trenzaré mis versos como, en el fondo de las aldeas,
Sentados, en el umbral de su casa, los viejos cesteros
Mezclan los mimbres pardos y blancos de sus cestas,
En dibujos nítidos, tomados del esmalte de los embaldosados.

Contendrán los oros fermentados de tu cuerpo;
Y los llevaré como flores de fiesta,
En montones macizos y rubios, al sol, sobre mi cabeza,
Orgullosamente claro, como conviene a los fuertes.

II

Tu gran carne me hace soñar con las centauresas
Cuyas crines al claro, los brazos en grasa,
Los senos apuntando a los ojos verdes de los leoncillos,
Incendiaba Paul Rubens con el fuego de sus pinceles.

Tu sangre era la suya, cuando al crepúsculo,
Bajo tal astro mordiendo de noche el cielo de bronce,
Su gran voz llamaba a algún fiero Hércules
Que la noche extraviaba en la niebla marina;

Y que los sentidos crispados de ardor hacia las caricias,
Y el vientre siempre abierto hacia lo desconocido,
Sus brazos torcían la llamada lasciva hacia las destrezas
De los monstruos negros, lamidores de celo, sobre un cuerpo desnudo.

III

Lo que yo elegiría para simbolizarlo,
No serían ni lirios, ni girasoles, ni rosas
Abriendo a los vientos rozadores su corola en beso,
Ni los grandes nenúfares cuyas pulpas melancólicas

Y los anchos ojos fríos, cargados de eternidad,
Bostezan sobre el estanque claro sus sueños inmóviles,
Ni el pueblo de las flores despótico y azotado
De cólera y de viento sobre las orillas hostiles,

No – Mas todo estremeciéndose de aurora y de sol,
Como chorros de sangre se confunden en haces,
En plena floración, en pleno fausto bermejo,
Sería un macizo de dalias soberbias,

Que, en el otoño en fuego de los días voluptuosos,
En la madurez cálida de la materia,
Como grandes tetas rojas y monstruosas,
Se erguirían bajo las manos de oro de la luz.

IV

Los fuertes suben la vida como una escalera,
Sin ver primero que las mujeres a su paso
Tienden hacia ellos sus senos, sus frentes y sus rostros
Y sus brazos ensanchados en ramas de espaldera.

Son los sedientos de cielo, nocturno matorral,
Donde se enmarañan fuegos en negros paisajes,
Y tan alto suben, seducidos por presagios,
Que llegan por fin al peldaño supremo.

Allí recogen frutos de astros y de cometas;
Luego descienden, cansados de gloria y de conquistas,
El espíritu decepcionado, los ojos en otra parte, los corazones quemados;

Y mirando entonces a las mujeres que los acechan,
Se inclinan ante ellas, de rodillas, y ponen
Entre sus manos de oro los grandes mundos robados.

Emile Verhaeren

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-homenaje-emile-verhaeren/