Decid, gentes, viejas gentes,
que se exalten los corazones en vuestras aldeas;
decid, gentes, viejas gentes,
que la claridad despierte en vuestros cristales
que miran al camino,
pues los magos con sus blancos mantos,
pues los pastores con sus blancos rebaños,
están ahí que desembocan y que escuchan
y que avanzan por el camino.
He aquí el príncipe Carlomagno;
y Federico, cuya barba batalla
en las guerras, en Alemania;
y luego he aquí Luis, que hizo Versalles;
he aquí al triste hijo pródigo
que regresa, con puercos y perros,
de los países cargados de fatiga;
he aquí los carneros negros que un patriarca,
en tiempos remotos, amansaba en el arca;
he aquí los pastores de Caldea
que contemplaban la noche con los ojos de su idea,
y los de Flandes y Zelanda
que se difuminan en la leyenda
y la niebla, al fondo de los páramos.
El extraño y solemne cortejo
y las colas de los largos mantos
y los ruidos de tabas que hacen las patas del rebaño
rozan y animan la nieve.
Allá arriba, el hielo se escalona en paseos
que motean fuegos, semejantes a ácidos,
y de donde los ángeles claros y translúcidos
parecen surgir y llamear en espejos.
Se divisa a San Gabriel, que fue esculpido,
en la aldea, antaño, en el oro del tabernáculo;
San Rafael vestido de relámpagos y de belleza;
y San Miguel, cuyo oráculo oyó la pastora.
Entonces, de pronto, sobre la tierra, al final de las llanuras,
bajo una estrella inmensa de fuegos movedizos,
un establo se ilumina y los alientos
de un asno y de un buey humean en el aire de plata,
a la claridad que sale
mística y dulce de su cuerpo,
una Virgen repara y dispone pañales,
y, junto al umbral, donde dormita un cordero,
un carpintero hace una cuna,
con unas tablas.
Sin que vean la aureola que los corona,
trabajan, ambos, silenciosamente
y pronuncian de vez en cuando
un nombre divino que los asombra.
Alrededor de los muros y bajo el techo,
la atmósfera se expande tan pura y tan ferviente
que se siente que rodillas invisibles se doblan
y que la vida entera está en la espera.
¡Oh! vosotros, las gentes, las viejas gentes,
que miráis pasar por vuestras aldeas
a los emperadores y los pastores y los reyes magos
y a sus bestias, cuyo rebaño los sigue,
inclinaos todos a vuestras ventanas,
para ver por fin, en el fondo de la noche,
lo que, desde hace mil y mil años,
se esfuerza por nacer.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-eterno-fulgor-emile-verhaeren/
