Así, cuando el águila del trueno
arrebataba a Ganimedes a los cielos,
el niño, aferrándose a la tierra,
luchaba contra el ave de los dioses;
pero entre sus rápidas garras
el águila, oprimiendo sus tímidos flancos,
lo arrancaba de los campos paternales;
y, sordo a la voz que lo implora,
lo arrojaba, temblando aún,
hasta los pies de los inmortales.
Así, cuando tú te precipitas sobre mi alma,
Entusiasmo, águila vencedora,
al ruido de tus alas de llama
me estremezco de un santo horror;
me debato bajo tu poder,
huyo, temo que tu presencia
no aniquile un corazón mortal,
como un fuego que el rayo enciende,
que ya no se apaga, y consume
la pira, el templo y el altar.
Mas al vuelo del pensamiento
el instinto de los sentidos se opone en vano;
bajo el dios, mi alma oprimida
salta, se lanza, y golpea mi pecho.
El rayo circula por mis venas
asombrado del fuego que me quema.
Lo irrito al combatirlo,
y la lava de mi genio
desborda en torrentes de armonía,
y me consume al escaparse.
Musa, ¡contempla a tu víctima!
Ya no es esta frente inspirada,
ya no es esta mirada sublime
que lanzaba un rayo sagrado:
bajo tu devoradora influencia,
apenas un resto de existencia
de mi juventud ha escapado.
Mi frente, que la palidez borra,
ya no conserva más que la huella
del rayo que me ha herido.
¡Dichoso el poeta insensible!
Su laúd no está bañada en llanto,
su entusiasmo apacible
no tiene esas trágicas furias.
De su vena fecunda y pura
fluyen, con número y medida,
arroyos de leche y de miel;
y ese pusilánime Ícaro,
traicionado por el ala de Píndaro,
nunca vuelve a caer del cielo.
Pero nosotros, para inflamar las almas,
hemos de arder, hemos de arrebatar
al celoso cielo sus triples llamas.
Para pintarlo todo, hay que sentirlo todo.
Hogares ardientes de la luz,
nuestros corazones de la naturaleza entera
deben concentrar los rayos;
y ¡se acusa nuestra vida!
Pero esta antorcha que se nos envidia
se enciende en el fuego de las pasiones.
No, jamás un pecho pacífico
engendró esos divinos arrebatos,
ni ese desorden simpático
que somete el mundo a nuestros cantos.
No, no, cuando el Apolo de Homero,
para lanzar sus flechas sobre la tierra,
descendía de las cumbres del Érix,
volando a las riberas infernales,
mojaba sus armas fatales
en las aguas hirvientes del Estigia.
¡Descended de la augusta cima
que indignan los cobardes transportes!
No es sino de un laúd magnánimo
de donde parten los divinos acordes.
El corazón de los hijos de la lira
se asemeja al mármol que suspira
sobre el sepulcro de Memnón;
para darle la voz y el alma,
es preciso que de su casta llama
el ojo del día le lance un rayo.
¡Y quieres que, despertando aún
fuegos bajo la ceniza cubiertos,
mi resto de alma se evapore
en acentos perdidos en los aires!
La gloria es el sueño de una sombra;
ha cercenado demasiado el número
de los días que debía encantar.
¡Quieres que le sacrifique
este último soplo de mi vida!
¡Quiero guardarlo para amar!
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-entusiasmo-alphonse-de-lamartine/
