Poema de la intimidad feliz, «Citera» de Verlaine despliega cuatro cuartetos de alejandrinos con rima abrazada, pero con una irregularidad voluntaria que da a la estrofa un aire de confidencia suspendida. Desde la apertura, el «pabellón de celosías» cobija «nuestras dichas»: el espacio es menos un decorado que un estuche, un refugio donde la pareja se mantiene al margen del mundo.
El segundo cuarteto hace entrar el exterior por lo más tenue: el olor de las rosas, «leve», se mezcla a los perfumes ya presentes. El viento de verano no turba la intimidad, la prolonga. Verlaine sugiere así que la felicidad no necesita brillo; se compone de sensaciones ligeras, casi impalpables, donde el perfume se vuelve memoria y promesa.
Con el tercer cuarteto, el poema pasa del lugar a los cuerpos. «Como sus ojos lo habían prometido», el valor de la amada se verifica en lo real, y su labio «comunica una exquisita fiebre». La pasión no es aquí trágica: es contagio suave, intercambio, transmisión. El verso hace de la mujer no un objeto de contemplación, sino una fuente activa de vida.
El último cuarteto introduce una pizca de ironía: el Amor colma todo «salvo / el Hambre». Los sorbetes y confituras preservan de los entumecimientos. El registro galante se tiñe de un realismo sonriente: el ideal amoroso no suprime las necesidades del cuerpo, convive con ellas. Citera, isla mítica de Venus, se convierte aquí en un lugar doméstico y goloso, donde el hambre misma tiene su sitio.
En este poema, Verlaine hace del amor una experiencia de ligereza y de compartir, donde el lirismo se aligera por el humor. La forma breve, las rimas abrazadas y el ritmo flexible acompañan esta intimidad sin énfasis: el paraíso no está perdido, está habitado, con sus perfumes, sus fiebres y sus confituras.
Análisis redactado con ayuda de la inteligencia artificial, según el método de análisis establecido por Arthur.