La campiña, como antaño,
con el arcón y el cofre,
y el armario de vitral, nos ofrece
la cuna de ruecas de madera.
En el corazón de un cerezo silvestre,
el abuelo talló las piezas;
y la curva de las largas cunas
ilustra la ingenua gubia.
Que la madre acueste en ella a un niño,
o que una chiquilla en ella respire,
el orgullo no ve allí más que la sonrisa
y el vigor del lactante.
Sobre la paja de este lecho rústico,
los rapaces tendrán un sueño
que, como el aire puro y el sol,
hace más bello, más fresco, más robusto.
En los ángulos del salón cerrado,
el mobiliario polvoriento se marchita,
pero en el nicho campesino,
la cuna antigua no ha holgado.
Lo que ella mece con tanta alegría,
mece y mece, mal que bien,
dentro de su armazón todo bamboleante,
es el ser que el cielo envía.
Es el niño de la humilde casa,
nutrido por la tierra fecunda
donde toda buena semilla abunda,
y todo fructifica en abundancia.
Junto al lecho fúnebre donde el antepasado,
con Cristo entre las manos, fue expuesto,
en el corazón del último bautizado,
el viejo corazón francés va a renacer.
Y el techo natal, cada día,
bendice a la raza triunfante
cuyo linaje inmortal engendra
la virtud, la fuerza, el amor.
Charles-Nérée Beauchemin
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-cuna-charles-neree-beauchemin/
