Sobre tres escalones de mármol rosa

Poema de Alfred De Musset Colección Poesías nuevasÉpoca Siglo XIX

Desde que Adán, ese hombre cruel,
perdió su famoso jardín,
donde su mujer, alrededor de una manzana,
gambeteaba sin verdugado,
no creo que sobre la tierra
haya un lugar plantado de árboles
más celebrado, más visitado,
mejor hecho, más bonito, más frecuentado,
más ejercitado en el arte de agradar,
más examinado, más alabado,
más descrito, más leído, más cantado,
que el aburrido parque de Versalles.
¡Oh dioses! ¡oh pastores! ¡oh rocallas!
Viejos Sátiros, Términos gruñones,
Viejos tejos pequeños en filas de cebollas,
¡Oh estanques, bosquecillos, espalderas!
Boulings llenos de majestad,
¡donde los domingos, todo el verano,
bostezan tantas familias honradas!
Fantamas de emperadores romanos,
pálidas ninfas inanimadas
que tendéis a los transeúntes las manos,
¡por surtidores de agua totalmente acatarradas!
Torniquetes de amables arbustos,
Bosquecillos podados donde las currucas
buscan llorando sus canciones,
¡donde los dioses hacen tantos remilgos
para vivir en seco en sus palanganas!
¡Oh castaños de Indias! no tengáis miedo;
que vuestro follaje inmóvil,
sabiéndome versificador,
no por ello permanezca menos tranquilo.
No, lo juro por Apolo
y por todo el sagrado valle,
por vosotras, Náyades desportilladas,
sobre tres guijarros tan mal acostadas,
por vosotros, viejos maestros de ballet,
Faunos que danzáis sobre la verdura,
por ti mismo, augusto palacio,
que ya solo se habita en pintura,
por Neptuno, su horca en el puño,
no, no os describiré.
Sé demasiado lo que os disgusta;
de Febo veo los efectos:
son los versos que os han hecho
los que os dan tan triste aspecto.
Tantos sonetos, de madrigales,
tantas baladas, de rondós,
donde se celebraban vuestras maravillas,
os han ensordecido las orejas,
y bien se ve que dormís
por haber sido demasiado rimados.

En estos lugares donde el aburrimiento reposa,
por respeto también he dormido.
No era, creo, más que a medias:
soñaba con alguna otra cosa.
Pero, ¿os acordáis, amigo mío,
de esos escalones de mármol rosa,
yendo hacia el estanque
del lado de la Orangerie,
a la izquierda, al salir del castillo?
Era por allí, lo apuesto,
por donde venía el rey sin par,
por la tarde, al ponerse el sol,
a ver en el bosque, en silencio,
el día huir y esconderse
(si es que en su presencia
el sol osaba acostarse).
¡Qué bonitos son esos tres escalones!
¡Cuán noble y dulce es este mármol!
¡Maldito sea del cielo, decíamos,
el pie que los hubiera ensuciado!
¿No es verdad? Acordaos.
– ¡Con qué encanto está matizada
esta losa a medias rota!
¿Veis esas venas de azur,
ligeras, finas y pulidas,
corriendo, bajo las rosas palidecidas,
en la blancura de un mármol puro?
Tal, en el seno robusto y duro
de la Diana cazadora,
debía correr una sangre divina;
tal, y más fría, es una mano
que me llevaba antaño con correa.
No vayáis, por lo demás, a olvidar
que esos escalones que recuerdo
no están en esa escalera
siempre desierta y llena de gloria,
donde ese rey, que no esperaba,
esperó un día, paso a paso,
a Condé, cansado por la victoria.
Están cerca de un jarrón blanco,
limpiamente hecho y muy galante.
¿Es moderno? ¿es antiguo?
Otros que yo saben eso;
pero me gusta bastante verlo allí,
estando seguro de que no es gótico.
Es un buen jarrón, un buen vecino;
lo creo de buen grado primo
de mis escalones color de rosa;
los abriga con orgullo.
¡Oh Dios mío! ¡en tan poca cosa
cuánta gracia y cuánta belleza!

Decidnos, escalones graciosos,
los reyes, los príncipes, los prelados,
y los marqueses de grandes estruendos,
y las bellas ambiciosas,
cuyos pasos habéis contado;
aquellas sobre todo, imagino,
al tocaros no pesaban.
Cuando el terciopelo o el armiño
rozaban vuestros contornos delicados,
¿cuál era la más ligera?
¿Es la reina Montespan?
¿Es Hortensia con una novela,
Maintenon con su breviario,
o Fontanges con su cinta?
Bello mármol, ¿has visto a la Vallière?
De Parabère o de Sabran
¿cuál sabía mejor gustarte?
Entre Sabran y Parabère
el Regente mismo, después de cenar,
se tambaleaba hasta confundirse.
¿Has visto al poderoso Voltaire,
ese gran rebelde de los prejuicios,
abogado de la gente mal juzgada,
de Cristo ese terrible adversario,
bedel del templo de Citeres,
presentando a la Pompadour
su vieja agua bendita de corte?
¿Has visto, como en la ermita,
a la regordeta Dubarry
correr, bebiendo leche,
descalza, sobre el césped florido?
Escalones que sabéis nuestra historia,
en los días pomposos de vuestra gloria,
¡qué mundo tan feliz en estos bosquecillos!
Cuántos grandes señores, lacayos,
cuántas duquesas, coquetas,
de tacones rojos, de lentejuelas,
cuántos suspiros y cuchicheos,
cuántos penachos y casquetes,
de faldones y de calzones,
cuánto polvo bajo estos emparrados,
¡cuánta gente, sin contar a los necios!
Augusto reinado de la peluca,
el burgués que te desconoce
merece sobre su nuca plana
tener un gorro eterno.
Y tú, siglo de humor burlón,
siglo todo cubierto de almidón,
¡quienes desprecian tu harina
son horrorosos a Cupido!…
¿Es esa tu opinión, mármol rosa?
A pesar mío, sin embargo, supongo
que el azar que te puso ahí
no te había hecho para eso.
En los países donde el sol brilla,
cerca de un templo griego o latino,
los bellos pies de una joven,
oliendo a brezo y a tomillo,
al golpearte con sus sandalias,
habrían alegrado mejor tus losas
que una pantufla de satén.
¿Es además para ese uso
que la naturaleza había formado
tu bloque antaño virgen y salvaje
que el genio habría animado?
Cuando el pico y la paleta
te sellaron en este parque fangoso,
al plantarte en él a pesar de los dioses,
Mansart insultaba a Praxíteles.
Sí, si tus flancos debían abrirse,
había que hacer salir de ellos
alguna divinidad nueva.
Cuando sobre ti su sierra ha chirriado,
los talladores de piedra han herido
alguna Venus que dormía aún,
y la púrpura que te colorea
te viene de la sangre que ella ha derramado.

¿Es pues verdad que toda cosa
puede ser así pisoteada,
la roca donde se posa el águila,
como la hoja de la rosa
que cae y muere en nuestros senderos?
¿Es que la común madre,
una vez su obra cumplida,
al azar entrega la materia,
como el pensamiento al olvido?
¿Es que la tormenta amarga
arroja la perla al lapidario
para que la aplaste sin más?
¿Es que el absurdo vulgar
puede todo deshonrar sobre la tierra
al gusto de un pedante o de un albañil?

Alfred De Musset

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-sobre-tres-escalones-de-marmol-rosa-alfred-de-musset/