Silvia

Poema de Alfred De Musset Colección Poesías nuevasÉpoca Siglo XIX

A Madame ***.

¿Es, pues, verdad que también os quejáis,
vos, cuyo ojo negro, alegre como un día de fiesta,
podría ahuyentar el aburrimiento del mundo entero?
¿Cuánto pesaba, pues, la preocupación
que os ha hecho bajar la cabeza?
Es, imagino, una carga tan pesada
como el reyezuelo de la fábula;
ese gran pesar que os abruma
me hace acordarme de la caña.
Estoy muy lejos de ser la encina,
pero, decidme, vos, a quien en otro tiempo
(cuando nuestros abuelos vivían como buenos hijos)
habría llamado Iris, o Filis, o Climene,
vos, que en este siglo burgués,
osáis aún permitirme a veces
que os llame mi madrina,
¿sois de verdad vos quien me escribe así,
y pensabais que hay que responderos?
¿Sabéis que, en vuestro aburrimiento,
sin pensarlo, señora y querida rubia,
me regañáis como a un amigo?
Pereza y falta de valor,
decís; si es así,
voy a ponerme de nuevo a la obra.
¡Ay! el pájaro vuelve al nido,
y a veces incluso a la jaula.
Sobre mis laureles me creen dormido;
es demasiado honor para un instante de olvido,
y en mi lecho los laureles no tienen nada que hacer;
no sería mi asunto.
Solo dormitaba a medias,
junto a una ramita de verbena
cuyo perfume apenas vivía,
y que soñando había cogido.
Lo confesaré, este culpable silencio,
este largo reposo, tan maltratado por vos,
pereza, amor, locura o indolencia,
todo ese tiempo perdido me fue dulce.
Diré más, me fue provechoso;
y, si alguna vez mi espíritu inconstante
sabe revestir de alguna fábula
lo que la verdad me enseñó,
os pareceré menos culpable.
El silencio es un consejero
que desvela más de un misterio;
y quien quiere un día hablar bien
debe primero aprender a callarse.
Y, aunque uno se callara siempre,
desde el momento en que se vive y se ama,
¿qué importa lo demás? y vos misma,
¿cuándo habéis contado los días?
Y puesto que todo ha de desvanecerse,
¿no es acaso una loca avaricia
conservar como un tesoro
lo que un golpe de viento nos arrebata?
Lo mejor de mi vida pasó como un sueño
tan ligero, que aún me es querido.
Pero volvamos a vos, mi encantadora madrina.
¿Creéis, pues, que os aburrís?
Y el invierno que se acerca, reencendiendo el hogar,
ha hecho soñar a la castellana.
Una novela, decís, podría alegraros;
¡triste cosa para enviaros!
¿Por qué no pedís un cuento a La Fontaine?
Con ese es bueno velar;
abridlo sobre vuestra almohada,
veréis levantarse el alba.
Molière lo predijo, y de ello estoy convencido,
muchas cosas habrán vivido
cuando nuestros hijos lean todavía
lo que el buen hombre contó,
flor de sabiduría y de alegría.
Pero ¡qué! la moda llega y mata una vieja costumbre.
Ya no se quiere el sobrio y franco lenguaje
con que él enseñaba la dulzura,
el único francés, y que viene del corazón;
pues, no le pese a Italia,
La Fontaine, sabedlo bien,
al tomarlo todo no imitó nada;
ha salido del suelo de la patria
el verde laurel que cubre su tumba;
como el antiguo, es nuevo.
Mi protectora bienamada,
cuando vuestra perfumada carta
llegó a vuestro niño mimado,
yo acababa de conversar con toda libertad
con el gran amigo Shakespeare.
Del tema, sin embargo, Boccaccio era el autor;
pues todo lo fecunda, ese encantador inventor;
incluso después del otro, había que releerlo.
Estaba, pues, solo, sus Novelas en la mano,
y el resplandor azulado de la noche,
jugando con la mañana,
centelleaba sobre el canto dorado
del pequeño libro florentino;
y yo cavilaba, digan lo que digan o hagan,
cuán cierto es que las Musas son hermanas;
que tuvo razón aquel pincel lleno de gracia
que nos las muestra en la cumbre del Parnaso,
como una guirnalda de flores.
La Fontaine se rio en Boccaccio,
donde Shakespeare se deshacía en llanto.
¿Será demasiado envalentonar mi musa
hasta intentar traducir a mi vez
en este libro amoroso una historia de amor?
Pero todo es bueno si os divierte.
No me atrevería, si no fuera por vos,
pues es mucho intentar este estilo
tan olvidado, que fue antaño tan dulce,
y que hoy se cree fácil.

Hubo, pues, en nuestra ciudad,
según lo que nos han contado
(Boccaccio habla así; la ciudad es Florencia),
un grueso mercader, rico, hombre de importancia,
que de su mujer tuvo un hijo;
después de lo cual, casi de inmediato,
habiendo puesto en orden sus asuntos,
pasó de este mundo a otro lugar.
La madre sobrevivió; se nombraron tutores,
gentes leales, prudentes y severas;
capaces de honrarse
custodiando los bienes de un menor.
El joven, recorriendo la vecindad,
sintió primero dulzura de corazón
por una muchacha de su edad,
cuyo padre era sastre;
y poco a poco, el niño haciéndose hombre,
el tiempo cambió la costumbre en amor,
de tal modo que Jerónimo
sin ver a Silvia no podía vivir un día.
A su vecino la muchacha, acostumbrada,
pronto amó como era amada.
De este peligro la madre se apercibió,
regañó a su hijo, largo tiempo moralizó,
sin ganar nada por fuerza ni por astucia.
Ella creía que la riqueza
en este mundo debe cambiarlo todo,
y de un arbusto puede hacer un naranjo.
Habiendo, pues, tomado a los tutores por testigos,
la madre dijo: «Este niño que aquí veis,
que no tiene catorce años, ¡gracias a Dios!
va a desolar el resto de mi vida.
Se ha encaprichado de tal modo
con la hija de un mercenario,
que uno de estos días, si no se le impide,
me voy a despertar abuela.
Ni noche ni mañana, no la deja.
Es, creo, Silvia como la llaman;
y, si ha de ver a otra en sus brazos,
se consumirá por ella.
Habría, pues, con vuestro consentimiento,
alejarlo con algún viaje;
es joven, la muchacha es sensata,
seguramente lo olvidará;
y lo casaremos con alguna mujer honrada.»
Los tutores dijeron que la dama
había hablado muy cuerdamente.
«Ya eres grande, dijeron a Jerónimo,
es bueno ver mundo.
Vete a pasar unos días a París,
ve lo que es un gentilhombre,
las bellas costumbres, y cómo se vive allí;
en poco tiempo volverás.»
A este consejo, el muchacho, como se piensa,
respondió que no haría tal cosa,
y que podía ver igual de bien
cómo se vivía en Florencia.
Ante esto, la madre, furiosa,
responde primero con un gran insulto;
luego toma al niño por las buenas;
se le razona, se le conjura,
a sus tutores ha de obedecer;
se le promete no retenerlo
más de un año. Tanto y tanto se le ruega,
que al fin cede. Abandona su patria;
parte, lleno de sus amores,
contando las noches, contando los días,
dejando tras de sí la mitad de su vida.
El exilio duró dos años; pasado este largo plazo,
Jerónimo volvió a Florencia,
del mal de amor más que nunca herido,
creyendo sin duda ser recompensado.
Pero es un gran error la ausencia.
Mientras en la distancia corría el joven,
la muchacha se había casado.
Al volver a ver las riberas del Arno,
no encontró más que la tumba
de su esperanza olvidada.
Al principio no murmuró,
sabiendo que el mundo, en este punto,
rara vez actúa de otra manera.
De la infiel conocía la puerta,
y todos los días pasaba por el umbral,
esperando una señal, una mirada,
una nada, como se hace cuando se ama.
Pero todos sus pasos fueron en vano
Silvia ya no lo conocía,
lo que le causó un dolor extremo.
Sin embargo, antes de morir de ello,
quiso de su recuerdo
intentar hablar él mismo.
El marido no estaba celoso,
ni la mujer muy vigilada.
Una tarde que los nuevos esposos
estaban de velada en casa de un vecino,
en la casa, al caer la noche,
Jerónimo entró, se escondió cerca de la cama,
tras una pieza de tela;
pues el esposo era tejedor,
y fabricaba esa especie de velo
que se pone en un balcón toscano.
Poco después los recién casados volvieron,
y casi en seguida se acostaron.
Apenas oye dormir al esposo,
en la sombra hacia Silvia Jerónimo se encamina,
y poniéndole la mano sobre el pecho,
le dice suavemente: «Alma mía, ¿dormís?
La pobre niña, creyendo ver un fantasma,
quiso gritar; el joven añadió
«No gritéis, soy vuestro Jerónimo.
— Por el amor de Dios, dice Silvia,
Idos, os lo ruego.
Ha pasado, ese tiempo de nuestra vida
en que nuestra infancia tuvo ocio para amarse,
veis, estoy casada.
En los deberes a los que estoy ligada,
ya no me corresponde pensar
en veros ni oíros.
Si mi marido llegara a sorprenderos,
pensad que el menor de los males
sería para mí perder la tranquilidad;
pensad que me ama y que soy su mujer.»
A este discurso, el desdichado amante
quedó desgarrado hasta el fondo del alma.
En vano pintó su tormento,
y su constancia y su miseria;
ni por promesa ni por ruego,
toda su pena pudo obtener nada.
Entonces, sintiendo venir la muerte,
pidió que, por gracia postrera,
ella lo dejara acostarse
durante un instante junto a ella,
sin moverse y sin tocarla,
solo para calentarse,
teniendo en el corazón un hielo mortal,
prometiéndole no decir una palabra,
y que partiría en seguida,
para no volver a verla en su vida.
La joven mujer, teniendo alguna compasión,
mediante la condición,
quiso contentar su deseo.
Jerónimo aprovechó un momento de piedad;
se acostó junto a Silvia.
Considerando entonces cuán larga amistad
por esta mujer había tenido,
y cuál era su crueldad,
y la esperanza para siempre perdida,
resolvió dejar de sufrir,
y reuniendo en un último suspiro
todas las fuerzas de su vida,
apretó la mano de su amada,
y entregó el alma a su lado.
Silvia, no sin alguna sorpresa,
admirando su tranquilidad,
quedó primero algún tiempo indecisa.
«Jerónimo, hay que salir de aquí,
dice al fin, la hora avanza.»
Y, como él guardaba silencio,
ella pensó que se había dormido.
Levantándose, pues, a medias,
y llamándolo suavemente en voz baja,
extendió la mano hacia él,
y lo encontró frío como el hielo.
Se asombró primero;
pronto, habiéndolo tocado más fuerte,
y viendo su pena inútil,
su amigo permaneciendo inmóvil,
comprendió que estaba muerto.
¿Qué hacer? no era fácil
saberlo en un momento semejante.
Se le ocurrió pedir consejo
a su marido, lo sacó de su sueño,
y le contó la historia de Jerónimo,
como una desgracia ocurrida poco ha,
sin decir a quién ni en qué lugar.
«En tal caso, respondió el buen hombre,
creo que lo mejor sería
llevar al muerto en secreto
a su casa, dejarlo allí sin rencor,
pues la mujer no ha faltado,
y el mal es de la fortuna.
— Es, pues, a nosotros hacer así,»
dice la mujer; y, tomando la mano de su marido
le hizo tocar junto a ella
el cuerpo extendido sobre su lecho.
Aunque turbado por este golpe imprevisto,
el esposo se levanta, enciende su vela;
y, sin entrar en más palabras,
sabiendo que su mujer es fiel,
carga el cuerpo sobre su espalda,
a su casa secretamente lo lleva,
lo deposita delante de la puerta,
y se vuelve sin haber sido visto.
Cuando se encontró, llegado el día,
al joven tendido por tierra,
fue un gran rumor;
y lo peor, en esta desgracia,
fue la desesperación de la madre.
El médico en seguida consultado,
y el cuerpo por todas partes examinado,
como no se le vio herida alguna,
cada uno hablaba a su manera
de esta siniestra aventura.
La opinión popular
fue que el amor de su amada
había arrojado a Jerónimo en esta adversidad,
y que había muerto de tristeza,
como era la verdad.
El cuerpo fue, pues, a la iglesia llevado,
y allí vino la desdichada madre,
en medio de los amigos en duelo,
a exhalar su dolor amargo.
Mientras se llevaba el féretro,
el tejedor que, en el fondo del alma,
no dejaba de estar inquieto:
«Es bueno, dice a su mujer,
que tomes tu capa,
y vayas a esa iglesia
donde entierran a este muchacho
que murió ayer en la casa.
Tengo algún miedo de que se murmure
sobre esta inesperada muerte,
y sería un mal paso,
aunque inocentes seamos de ello.
Yo me quedaré entre los hombres,
y rezaré a Dios, escuchándolos.
Por tu parte, cuida de hacer otro tanto
en el lugar que ocupan las mujeres.
Retendrás lo que estas buenas almas
digan de nosotros, y haremos
según lo que oigamos.»
La piedad demasiado tarde a Silvia
le había llegado, y este discurso le plugo.
Aquel a quien un beso habría conservado la vida,
queriendo verlo aún, ella se fue.
Es extraño, es casi increíble
cuán inexplicable es
el poder del amor.
Este corazón, tan casto y tan severo,
que parecía cerrado sin retorno
cuando la fortuna era próspera,
de repente se abrió a la desgracia.
Apenas en la iglesia entrada,
de compasión y de horror
Silvia se sintió penetrada;
el antiguo amor se despertó entero.
La frente baja, con su manto velada,
atravesando la triste asamblea,
hasta el féretro tuvo que ir;
y allí, bajo el paño mortuorio
en cuanto vio a su amigo,
desfallecida y lanzando un grito,
como una hermana abraza a un hermano,
sobre el ataúd cayó;
y, como el dolor había matado a Jerónimo,
de su dolor así murió Silvia.
Esta vez fue al joven
a ceder la mitad del lecho:
el uno junto al otro los sepultaron.
Así estos dos amantes, separados en la tierra,
quedaron unidos, y la muerte hizo
lo que el amor no había podido hacer.

Alfred De Musset

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-silvia-alfred-de-musset/