¡Oh! Los ojos adorados no son los que vieron
que se los amaba, ¡mientras en silencio se moría por ellos!
Los sueños más dulces no son los que hicieron
dos seres, corazón con corazón y los brazos en los brazos.
Las dichas más queridas a nuestra alma saciada
no son las que se lloran después de que se han ido;
mas los más bellos amores que se tuvieron en la vida
del corazón jamás han salido.
Están ahí, viven ahí, duran ahí. Los años
caen sobre ellos en vano. Se los cree desaparecidos,
¡perdidos, aniquilados, en el fondo de los destinos!…
¡Y el Destino son ellos, que parecían ya no ser!
Se ha amado diez veces desde ellos. La juventud
ha corrido, fastuosa y ardiente, y el Tiempo
trae una tarde de invierno, de la mano, a la Vejez,
¡que nos toma, ella, por los flancos!
Mas esos flancos derribados que se creían sin herida
tienen una desde que respiran, ¡ay!
de un trazo mal apoyado, ligero arañazo,
¡que nunca ha curado, pero que no sangraba!
No era nada… el pliegue de esas primeras rosas
que se estruja en primavera sobre el corazón, cuando él hierve…
¡Ah! ¡cuántas cosas han pasado por ese corazón!
Mas ese nada que quedó… ¡era todo!
Nunca se hablaba de ello… Nunca, nunca nadie
ha sabido que bajo un pliegue de nuestros corazones se ocultaba,
como una cantárida en el fondo de una anémona,
¡un sentimiento sin nombre que nada de allí arrancaba!
No era el amor expresado que se acaba
en unos brazos que se adoran y se odian por turnos.
No era el amor, no era más que un sueño…
¡mas era mucho mejor que el amor!
Y bajo todos esos amores que florecen la vida,
y bajo todas las dichas que pueden embriagarla,
hemos encontrado siempre esa locura,
¡con la que el corazón no tiene nada que comparar!
Y hemos sufrido en todas partes el extraño imperio
de ese sueño tenaz, y vago, pero vencedor,
y hasta en tus brazos, Clara, ese dulce Vampiro
ha venido a sentarse sobre mi corazón.
No adivinaste lo que tenía en el alma…
Coronabas mi frente con tu brazo,
y con tu otra mano que me vertía su llama
tanteabas ese corazón donde tú no estabas.
Buscabas verte en él, querida niña extraviada,
decías: «Callas, bien mío; ¿qué tienes?…»
Yo no tenía nada, Clara, mas, mi pobre adorada,
¡ese nada era lo que yo había visto!
Se alzaba muy erguido, ese nada, en mi pensamiento.
No era más que un fantasma… un rostro incierto…
Mas de los queridos recuerdos de nuestra alma engañada
¡el más fuerte es siempre, siempre el más lejano!
Perspectiva del corazón ardiente que se devora,
el pasado que retrocede brilla más a nuestros ojos…
¡y el día más hermoso no es más que un espectro de aurora,
que vuelve a rondar por los cielos!
Y tú lo has sido, ese espectro de una aurora
¡cuyo rayo para mí jamás se apagó!
Mas tú, día de mis ojos, mi Clara que adoro,
¡no has borrado a esa otra que yo amaba!
Una estrella que planea sobre los mares desbordados
se mira en sus olas y se ríe de sus combates…
¿Cuántas mujeres poseídas nos hacen falta, pues,
para valer la que no tuvimos?…
Jules Barbey d’Aurevilly
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-oh-les-yeux-adores-jules-barbey-d-aurevilly/
