A Mme de P***.
Hay para el pensamiento una hora… una hora santa,
cuando, huyendo del recinto celeste,
para consolar a los cielos de la ausencia del día,
el crepúsculo en los montes prolonga sus adioses.
Se ve en el horizonte su incierta claridad,
como los bordes flotantes de una túnica que arrastra,
barrer lentamente el firmamento oscuro,
donde los astros empañados reviven en el azul.
Entonces esos globos de oro, esas islas de luz,
que busca por instinto el soñoliento párpado,
brotan a millares de la sombra que huye
como un polvo de oro sobre las huellas de la noche;
y el soplo de la tarde que vuela sobre su rastro,
los siembra en torbellinos en el brillante espacio.
El ojo deslumbrado los busca y los pierde a la vez;
unos parecen planear sobre las cimas de los bosques,
cual celeste ave cuyas rápidas alas
hacen brotar al abrirse haces de chispas.
Otros en brillantes olas se extienden por los aires,
como una roca blanqueada por la espuma de los mares;
aquellos, como un corcel que vuela en la carrera,
despliegan a largos pliegues su flotante crinera;
estos, sobre el horizonte inclinándose a medias,
parecen ojos abiertos sobre el mundo dormido,
mientras que en los bordes del cielo ligeras estrellas
navegan en ese azul como blancas velas
que, volviendo al puerto, de una ribera lejana,
brillan sobre el Océano a los rayos de la mañana.
De esos astros brillantes, su más sublime obra,
solo Dios conoce el número, la distancia y la edad;
unos, ya envejecidos, palidecen a nuestros ojos,
otros se han perdido en las rutas de los cielos,
otros, como flores que su aliento acaricia,
levantan una frente riente de gracia y juventud,
y, encantando al Oriente con sus frescas claridades,
asombran de pronto al ojo que los había contado.
En la danza celeste se lanzan… y el hombre,
cual un recién nacido, los saluda y los nombra.
¿Qué mortal, embriagado por su casta mirada,
dejando sus ojos flotantes fijarlos al azar,
y buscando el más puro entre ese coro supremo,
no lo ha consagrado con el nombre de lo que ama?
Yo mismo… hay uno, solitario, aislado,
que, en mis largas noches, a menudo me ha consolado,
y cuyo resplandor, velado por las sombras del misterio,
me recuerda una mirada que brillaba sobre la tierra.
¿Acaso?… ¡ah! ¡que pueda al celeste lugar
llevar al menos ese nombre que le dio el Amor!
Entretanto la noche avanza, y sobre el abismo inmenso
todos esos mundos flotantes gravitan en silencio,
y nosotros mismos, con ellos arrastrados en su curso
hacia un puerto desconocido, ¡avanzamos siempre!
A menudo, durante la noche, al soplo del céfiro,
se siente la tierra también flotar como un navío.
De una espuma brillante se ven los montes cubiertos
hendir con curso igual la ola rugiente de los aires;
sobre esas olas de azul donde el globo se mece,
se oye el aquilón romperse bajo la proa,
y del viento en los mástiles los tristes silbidos,
y de sus flancos golpeados los sordos gemidos;
y el hombre, sobre el abismo donde su morada flota,
¡navega con voluptuosidad confiado en el piloto!
¡Soles! mundos flotantes que navegáis con nosotros,
decid, si os lo ha dicho, ¿adónde vamos todos?
¿Cuál es el puerto celeste adonde su aliento nos guía?
¿Qué término asignó a nuestro vuelo rápido?
¿Vamos hacia riberas de silencio y de duelo,
encallando en la noche sobre algún vasto escollo,
a sembrar la inmensidad de los despojos del naufragio?
¿O, conducidos por su mano a una brillante ribera,
y sobre el ancla eterna para siempre afirmados,
en un golfo del cielo abordar dormidos?
Vosotros que nadáis más cerca de la bóveda celeste,
mundos centelleantes, ¡lo sabéis sin duda!
Ese Océano más puro, ese cielo donde flotáis,
deja llegar hasta vosotros más vivas claridades;
más brillantes que nosotros, sabéis más;
¡pues de la verdad la luz es la imagen!
Sí: si creo el resplandor con que vuestros orbes errantes
platean de los bosques las cúpulas transparentes,
que deslizándose de pronto sobre mares irritados,
calma iluminando las olas agitadas;
si creo esos rayos cuyo sensible día
inspira la virtud, la plegaria, el amor,
y cuando el ojo enternecido se entreabre a su luz,
atraen una lágrima al borde del párpado;
si creo esos instintos, esos dulces presentimientos
que dirigen hacia nosotros los suspiros de los amantes,
los ojos de la belleza, los sueños que se añoran,
y el vuelo inflamado del águila y del poeta,
¡Tiendas del cielo, Edenes! ¡templos! ¡brillantes palacios!
¡Sois una morada de inocencia y de paz!
En la calma de las noches, a través de la distancia,
¡derramáis sobre nosotros vuestra lejana influencia!
Todo lo que buscamos, el amor, la verdad,
esos frutos caídos del cielo que la tierra ha gustado,
en vuestros brillantes climas que la mirada envidia
alimentan para siempre a los hijos de la vida,
y el hombre, un día quizá a sus destinos devuelto,
¿reencontrará en vosotros todo lo que ha perdido?
¡Ay! cuántas veces solo, velando sobre esas cimas
donde nuestra alma más libre tiene deseos más sublimes,
¡bellos astros! flores del cielo de que el lirio está celoso,
he murmurado en voz baja: ¿Por qué no soy uno de vosotros?
¿Por qué no puedo, escapando a este globo de lodo,
en la esfera deslumbrante donde mi mirada se recrea,
alfombrando con un fuego más el atrio del santo lugar,
brotar de pronto bajo los pasos de mi Dios,
o brillar sobre la frente de la belleza suprema,
como un pálido florón de su santa diadema?
En el límpido azul de esas olas de cristal,
recordando aún mi globo natal,
vendría cada noche, tardío y solitario,
sobre los montes que amaba a brillar cerca de la tierra;
me gustaría deslizarme bajo la noche de los ramajes,
dormir sobre los prados, flotar sobre las aguas;
atravesar suavemente el velo de una nube,
como una mirada de amor que el pudor sombrea:
visitaría al hombre; y si hay aquí abajo
una frente pensativa, unos ojos que no se cierran,
un alma de luto, un corazón que un peso sublime oprime,
derramando ante Dios su piadosa tristeza;
un desdichado que al día roba sus dolores
y en el seno de las noches deja correr sus lágrimas,
un genio inquieto, un pensamiento activo
por un instinto demasiado fuerte lanzado al infinito;
mi rayo, penetrado de una santa amistad,
para males demasiado conocidos prodigando su piedad,
como un secreto de amor vertido en un corazón tierno,
¡sobre esas frentes inclinadas se complacería en descender!
Mi luz fraternal, al fluir sobre ellos,
dormiría sobre su pecho, sonreiría a sus ojos:
les revelaría en la lengua divina
una palabra del gran secreto que la desgracia adivina;
secaría sus lágrimas; y cuando el ojo de la mañana
hiciera palidecer mi disco en el horizonte lejano,
mi rayo, al dejar su párpado enternecido,
les dejaría aún la vaga ensoñación,
y la paz y la esperanza; y, cansados de gemir,
¡al menos antes del alba podrían dormirse!
Y vosotras, ¡brillantes hermanas! estrellas, mis compañeras,
que del azul firmamento esmaltáis las campiñas,
y que marcáis vuestros pasos al son de la lira de los cielos,
¡anudad y desanudad vuestros coros armoniosos!
Introducido tras vuestros pasos en la celeste cadena,
seguiría en el azul el instinto que os arrastra,
vosotras guiaríais mi ojo en ese brillante desierto,
¡laberinto de fuegos donde la mirada se pierde!
Vuestros rayos me enseñarían a alabar, a conocer
a Aquel que buscamos, ¡que vosotras veis quizá!
Y anegando en su seno mis temblorosas claridades,
¡sentiría en él…, todo lo que vosotras sentís!
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-las-estrellas-alphonse-de-lamartine/
