El poeta
El mal que he sufrido huyó como un sueño.
No puedo comparar su lejano recuerdo
sino a esas nieblas ligeras que el alba levanta
y que con el rocío se ven desvanecerse.
La musa
¿Qué teníais, oh mi poeta!
y cuál es la pena secreta
que de mí os ha separado?
¡Ay! yo la siento todavía.
¿Cuál es, pues, ese mal que ignoro
y por el que tanto tiempo he llorado?
El poeta
Era un mal vulgar y bien conocido de los hombres;
pero, cuando tenemos alguna congoja en el corazón,
nos imaginamos, pobres locos que somos,
que nadie antes que nosotros ha sentido el dolor.
La musa
No hay vulgar pesadumbre
sino la de un alma vulgar.
Amigo, que ese triste misterio
escape hoy de tu pecho.
Cree en mí, habla con confianza;
el severo dios del silencio
es uno de los hermanos de la Muerte;
quejándose uno se consuela,
y a veces una palabra
nos ha librado de un remordimiento.
El poeta
Si ahora hubiera que hablar de mi sufrimiento,
no sé muy bien qué nombre debería llevar,
si es amor, locura, orgullo, experiencia,
ni si alguien en el mundo podría aprovecharlo.
Quiero, sin embargo, contarte su historia,
puesto que estamos solos, sentados junto al hogar.
Toma esta lira, acércate, y deja que mi memoria
al son de tus acordes dulcemente despierte.
La musa
Antes de decirme tu pena,
¡oh poeta!, ¿estás curado de ella?
Piensa que hoy has de hablar
sin amor y sin odio.
Si te acuerdas de que he recibido
el dulce nombre de consoladora,
no hagas de mí la cómplice
de las pasiones que te han perdido.
El poeta
Estoy tan curado de esta enfermedad,
que a veces dudo cuando quiero pensarlo;
y cuando pienso en los lugares donde arriesgué mi vida,
creo ver en mi lugar un rostro extranjero.
Musa, pues, no temas; al soplo que te inspira
podemos ambos confiarnos sin peligro.
Es dulce llorar, es dulce sonreír
al recuerdo de los males que podríamos olvidar.
La musa
Como una madre vigilante
en la cuna de un hijo bien amado,
así me inclino temblorosa
sobre este corazón que me estaba cerrado.
Habla, amigo, – mi lira atenta
con una nota débil y quejumbrosa
sigue ya el acento de tu voz,
y en un rayo de luz,
como una visión ligera,
pasan las sombras de antaño.
El poeta
¡Días de trabajo! ¡únicos días en que he vivido!
¡Oh, tres veces querida soledad!
¡Dios sea loado, pues he vuelto a ella,
a este viejo gabinete de estudio!
Pobre rincón, muros tantas veces desiertos,
butacas polvorientas, lámpara fiel,
oh mi palacio, mi pequeño universo,
y tú, Musa, oh joven inmortal,
¡Dios sea loado, vamos, pues, a cantar!
Sí, quiero abriros mi alma,
lo sabréis todo, y os voy a contar
el mal que puede hacer una mujer;
pues es una, oh mis pobres amigos
(¡ay!, quizá lo sabíais),
es una mujer a la que estuve sometido,
como el siervo lo está a su señor.
¡Yugo detestable! por él mi corazón
perdió su fuerza y su juventud;
y sin embargo, junto a mi amante,
había entreviso la felicidad.
Junto al arroyo, cuando caminábamos juntos,
por la tarde, sobre la arena argentina,
cuando ante nosotros el blanco espectro del álamo temblón
de lejos nos mostraba el camino;
veo todavía, a los rayos de la luna,
aquel bello cuerpo plegarse en mis brazos…
No hablemos más de ello… – no preveía
adonde me conduciría la Fortuna.
Sin duda entonces la cólera de los dioses
necesitaba una víctima;
pues me ha castigado como por un crimen
por haber intentado ser feliz.
La musa
La imagen de un dulce recuerdo
acaba de ofrecerse a tu pensamiento.
Sobre la huella que ha dejado
¿por qué temes volver?
¿Es acaso hacer un relato fiel
renegar de tus hermosos días?
Si tu fortuna fue cruel,
joven, al menos haz como ella,
sonríe a tus primeros amores.
El poeta
No, – es a mis desdichas a las que pretendo sonreír.
Musa, te lo he dicho: quiero, sin pasión,
contarte mis congojas, mis sueños, mi delirio,
y decirte el tiempo, la hora y la ocasión.
Era, me acuerdo, una noche de otoño,
triste y fría, poco más o menos como esta;
el murmullo del viento, con su ruido monótono,
en mi cerebro cansado arrullaba mi negro cuidado.
Estaba en la ventana, esperando a mi amante;
y, mientras escuchaba en aquella oscuridad,
sentía en el alma tal desamparo
que me vino la sospecha de una infidelidad.
La calle donde vivía era sombría y desierta;
algunas sombras pasaban, un farol en la mano;
cuando la brisa silbaba en la puerta entreabierta,
se oía de lejos como un suspiro humano.
No sé, a decir verdad, a qué funesto presagio
mi espíritu inquieto entonces se abandonó.
En vano recordaba un resto de valor,
y sentí estremecerme cuando la hora sonó.
Ella no venía. Solo, la cabeza baja,
miré largo tiempo los muros y el camino,
y no te he dicho qué ardor insensato
esa mujer inconstante encendía en mi pecho;
no amaba en el mundo más que a ella, y vivir un día sin ella
me parecía un destino más horrible que la muerte.
Recuerdo, sin embargo, que en aquella noche cruel
para romper mi lazo hice un largo esfuerzo.
La llamé cien veces pérfida y desleal,
conté todos los males que me había causado.
¡Ay! al recuerdo de su belleza fatal,
¡qué males y qué penas no quedaban apaciguados!
El día apareció por fin. – Cansado de una vana espera,
en el borde del balcón me había dormido;
volví a abrir los párpados al alba naciente,
y dejé flotar mi mirada deslumbrada.
De pronto, al doblar de la estrecha callejuela,
oigo sobre el grava caminar con pequeño ruido…
¡Gran Dios! ¡preservadme! la veo, es ella;
entra. – ¿De dónde vienes? ¿Qué has hecho esta noche?
Responde, ¿qué quieres de mí? ¿quién te trae a esta hora?
Ese bello cuerpo, hasta el día, ¿dónde se ha tendido?
Mientras que en este balcón, solo, yo velo y lloro,
¿en qué lugar, en qué lecho, a quién sonreías?
¡Pérfida! ¡audaz! ¿es aún posible
que vengas a ofrecer tu boca a mis besos?
¿Qué pides, pues? ¿con qué sed horrible
osas atraerme a tus brazos exhaustos?
¡Vete, retírate, espectro de mi amante!
¡Vuelve a tu tumba, si de ella te has levantado;
déjame para siempre olvidar mi juventud,
y, cuando piense en ti, creer que he soñado!
La musa
Apacíguate, te lo suplico;
tus palabras me han hecho temblar.
¡Oh mi bien amado! tu herida
está aún pronta a abrirse.
¡Ay! ¿es, pues, tan profunda?
¡Y las miserias de este mundo
son tan lentas en borrarse!
Olvida, niño, y de tu alma
expulsa el nombre de esa mujer,
que yo no quiero pronunciar.
El poeta
¡Vergüenza para ti, que la primera
me enseñaste la traición,
y de horror y de cólera
me hiciste perder la razón!
¡Vergüenza para ti, mujer de mirada sombría,
cuyos funestos amores
han sepultado en la sombra
mi primavera y mis bellos días!
Es tu voz, es tu sonrisa,
es tu mirada corruptora,
las que me han enseñado a maldecir
hasta la apariencia de la felicidad;
es tu juventud y tus encantos
los que me han hecho desesperar,
y si dudo de las lágrimas,
es porque te he visto llorar.
¡Vergüenza para ti, yo era aún
tan simple como un niño;
como una flor en la aurora,
mi corazón se abría al amarte.
Cierto, ese corazón sin defensa
pudo sin pena ser engañado;
pero dejarle la inocencia
era aún más fácil.
¡Vergüenza para ti! fuiste la madre
de mis primeros dolores,
¡y de mis párpados
hiciste brotar la fuente de las lágrimas!
Ella corre, tenlo por seguro,
y nada la secará;
sale de una herida
que jamás sanará;
pero en esta fuente amarga
al menos me lavaré,
y allí dejaré, espero,
tu recuerdo aborrecido.
La musa
Poeta, basta ya. Junto a una infiel,
cuando tu ilusión no hubiera durado más que un día,
no ultrajes ese día cuando hablas de ella;
si quieres ser amado, respeta tu amor.
Si el esfuerzo es demasiado grande para la debilidad humana
de perdonar los males que nos vienen de otros,
evítate al menos el tormento del odio;
a falta de perdón, deja venir el olvido.
Los muertos duermen en paz en el seno de la tierra:
así deben dormir nuestros sentimientos apagados.
Esas reliquias del corazón tienen también su polvo;
sobre sus restos sagrados no pongamos las manos.
¿Por qué, en este relato de un vivo sufrimiento,
no quieres ver más que un sueño y un amor engañado?
¿Es acaso sin motivo que actúa la Providencia
y crees, pues, distraído al Dios que te ha golpeado?
El golpe del que te quejas te ha preservado quizá,
niño; pues por él tu corazón se ha abierto.
El hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro,
y nadie se conoce mientras no ha sufrido.
Es una dura ley, pero una ley suprema,
vieja como el mundo y la fatalidad,
que hemos de recibir de la desgracia el bautismo,
y que a ese triste precio todo debe ser comprado.
Las mieses para madurar necesitan rocío;
para vivir y para sentir el hombre necesita lágrimas;
la alegría tiene por símbolo una planta quebrada,
húmeda aún de lluvia y cubierta de flores.
¿No te decías curado de tu locura?
¿No eres joven, feliz, bienvenido en todas partes?
Y esos placeres ligeros que hacen amar la vida,
si no hubieras llorado, ¿qué caso les harías?
Cuando al declinar del día, sentado en el brezal,
con un viejo amigo bebes en libertad,
dime, ¿con tan buen corazón levantarías tu vaso,
si no hubieras sentido el precio de la alegría?
¿Amarías las flores, los prados y la verdura,
los sonetos de Petrarca y el canto de los pájaros,
Miguel Ángel y las artes, Shakespeare y la naturaleza,
si no encontraras en ellos algunos antiguos sollozos?
¿Comprenderías de los cielos la inefable armonía,
el silencio de las noches, el murmullo de las olas,
si en algún lugar allá abajo la fiebre y el insomnio
no te hubieran hecho soñar con el eterno reposo?
¿No tienes ahora una bella amante?
Y, cuando al dormirte le aprietas la mano,
el lejano recuerdo de los males de tu juventud
¿no hace más dulce su sonrisa divina?
¿No vais también a pasear juntos
en el fondo de los bosques floridos, sobre la arena argentina?
Y, en ese palacio verde, el blanco espectro del álamo temblón
¿no sabe ya, por la tarde, mostraros el camino?
¿No ves entonces, a los rayos de la luna,
plegarse como antaño un bello cuerpo en tus brazos,
y si en el sendero encontraras la Fortuna,
detrás de ella, cantando, ¿no caminarías?
¿De qué te quejas, pues? La inmortal esperanza
se ha templado de nuevo en ti bajo la mano de la desgracia.
¿Por qué quieres odiar tu joven experiencia,
y detestar un mal que te ha hecho mejor?
¡Oh mi niño! apiádate de ella, esa bella infiel,
que hizo correr antaño las lágrimas de tus ojos;
¡apiádate de ella! es una mujer, y Dios te ha hecho, junto a ella,
adivinar, sufriendo, el secreto de los felices.
Su tarea fue penosa; ella te amaba quizá;
pero el destino quería que rompiera tu corazón.
Ella sabía la vida, y te la ha hecho conocer;
otra ha recogido el fruto de tu dolor.
¡Apiádate de ella! su triste amor pasó como un sueño;
vio tu herida y no pudo cerrarla.
En sus lágrimas, créeme, no todo era mentira.
Aunque todo lo hubiera sido, ¡apiádate de ella! tú sabes amar.
El poeta
Dices verdad: el odio es impío,
y es un estremecimiento lleno de horror
cuando esa víbora adormecida
se desenrolla en nuestro corazón.
Escúchame, pues, ¡oh diosa!
y sé testigo de mi juramento:
por los ojos azules de mi amante,
y por el azul del firmamento;
por esa chispa brillante
que lleva el nombre de Venus,
y, como una perla temblorosa,
centellea a lo lejos en el horizonte;
por la grandeza de la naturaleza,
por la bondad del Creador,
por la claridad tranquila y pura
del astro querido del viajero.
Por las hierbas de la pradera,
por los bosques, por los prados verdes,
por la potencia de la vida,
por la savia del universo,
te destierro de mi memoria,
resto de un amor insensato,
misteriosa y sombría historia
¡que dormirás en el pasado!
Y tú que, antaño, de una amiga
llevaste la forma y el dulce nombre,
el instante supremo en que te olvide
debe ser el del perdón.
Perdonémonos; – rompo el encanto
que nos unía ante Dios.
Con una última lágrima
recibe un eterno adiós.
– Y ahora, rubia soñadora,
ahora, Musa, ¡a nuestros amores!
Dime alguna canción alegre,
como en el primer tiempo de los bellos días.
Ya la pradera perfumada
siente la aproximación de la mañana;
ven a despertar a mi bien amada,
y a coger las flores del jardín.
Ven a ver la naturaleza inmortal
salir de los velos del sueño;
¡vamos a renacer con ella
al primer rayo del sol!
Alfred De Musset
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-noche-de-octubre-alfred-de-musset/
