La locura

Poema de Emile Verhaeren Época Siglo XIX

Caminos de hierro hacia el horizonte:
Bloques de ceniza, taludes de esquisto,
donde en los bordes un cordero triste
pasta los pelos de un viejo césped;
salidas bruscas hacia los suburbios,
rieles que suenan, señales que se mueven,
y de pronto el paso de los ojos
crudos y sangrientos de un convoy rojo;
llamadas estridentes, huracanes negros,
país de brasas rojizas y de fábricas trágicas,
donde sollozan, cuando llega la tarde,
todas las voces del viento

golpeando, con un gemido contenido,
los hilos infinitos de las crines telegráficas,
es entre vosotros
que rodeáis las ciudades,
donde vienen a buscar asilo
los cerebros reventados de los soñadores y los locos.

Marcados cada uno con una señal,
tras un muro ciego y sordo
de viejo arrabal,
se alinean las casetas;
y la ciudad ardiente y terrible, allá abajo,
que los puebla de arriba abajo,
con los ojos agudos de esos cristales huraños
se inquieta y los mira.

¡Oh la locura y sus soles, de pronto blancos!
¡Oh la locura y sus soles que desploman
con rayos lentos,
con rayos apagados,
siniestramente,
la fiebre y el trabajo modernos!

antiguamente todo lo desconocido estaba poblado de dioses,
ellos eran la respuesta a las preguntas cuya suma el hombre
alzaba en su alma pueril;
eran fuertes puesto que eran silenciosos;
y la plegaria y la blasfemia
que no resolvían nada
decidían sin embargo, en nombre del mal, en nombre del bien,
los problemas supremos.

Mas hoy es la realidad
secreta aún, pero no obstante encerrada
en el curso perpetuo y rítmico de las cosas,
la que se quiere, con tenacidad,
asir, para ordenar la vida y su belleza,
según las causas.

El hombre se levanta por fin para este deber tardío,
venido para eclipsar los fuegos de todos los demás;
se afirma ya no el rey, el valiente, el apóstol,
sino el pensador testarudo, ardiente y enfermizo
que se quema los nervios al asir, al paso,
toda enigma que brilla y huye – momento de relámpago.

Dudas, certezas, esfuerzos, excavaciones, viajes,
la tierra entera es sonora de su paso claro
y la noche atenta escucha arder sus vigilias;
el orden nuevo se crea con tal cuidado
de fijar bien su cúspide y sus espigas y sus mortajas
que ya no hay nada bajo los grandes techos de sus síntesis
que no sea sostenido y no sostenga también.
Y todo lo que trabaja en los cuatro rincones del mundo
lucha, los ojos fijos en esta obra profunda
que lleva la investigación – y la tierra y los cielos,
y los que trafican en nombre del oro y los que
devastan en nombre de la sangre, todos colaboran,
con su odio o su amor, en el fin sagrado.
De cada hora del siglo un prodigio se destila
y vosotros los provocáis, ¡investigadores! Todo está apretado,
mallas de vida o de materia entre vuestros dedos sutiles;
vuestros milagros humanos iluminan las ciudades
y lo desconocido sería domado y el saber,
a grandes pasos gigantes, habría alcanzado la esperanza,
si vuestros cerebros batidos por el viento de la conquista
no desgastaran a fuerza de pensar vuestros flacos cuerpos de asceta
y si vuestros nervios tensos siempre y siempre cansados,
un día, como cuerdas, no estallaran.

Emile Verhaeren

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-locura-emile-verhaeren/