A más altos grados de la escala del ser
en rasgos más brillantes Jehová va a aparecer,
¡la noche que lo velaba aquí se desvanece!
¡Ved a los puros rayos del amor que va a nacer
a la virgen que se abre!
Ella no deslumbra aún
el ojo fascinado que suspende,
se ve que ella misma ignora
la voluptuosidad que derrama;
semejante, en su flor virginal,
a la hora pura y matinal
que sigue a la sombra y que el día sigue,
doblemente bella al párpado,
y de los esplendores de la luz
y de los misterios de la noche.
Su frente ligera se eleva y planea
sobre un cuello flexible, esbelto,
como sobre la ola diáfana
un cisne suavemente mecido;
bajo la bóveda apenas descrita
de este templo donde su alma habita,
se ve la ceja esbozarse,
arco onduloso de oro o de ébano
que teme borrar un aliento,
o el pincel retocar.
Allí brotan dos chispas
que vela y cubre a cada instante,
como un pájaro que bate las alas,
¡el párpado de pestaña palpitante!
Sobre la nariz transparente
las venas donde la sangre serpentea
se entrelazan como a propósito,
y de su labio que respira
se derrama con la sonrisa
¡el aliento perfumado de su pecho!
Como un melodioso genio
de sonidos dispersos hace conciertos,
una simpática armonía
acuerda entre sí estos rasgos diversos;
de este acuerdo, encanto de encantos,
en la sonrisa o en las lágrimas
nacen la gracia y la belleza;
¡la belleza, misterio supremo
que no se revela a sí mismo
más que por deseo y voluptuosidad!
Sobre sus rasgos cuyo dulce óvalo
limita el conjunto gracioso,
los colores que la nube despliega
se funden para encantar los ojos;
a la púrpura que tiñe su mejilla,
se diría que el alba juega en ella,
o que ha fijado para siempre,
en el momento que la ve nacer,
un rayo deslizante de la aurora
¡sobre un mármol de divinos contornos!
Su cabellera que se derrama
al gusto del viento toma su vuelo,
resbala en ondas hasta su cadera,
y allí se afila en flecos de oro;
alrededor del cuello blanco que abraza,
como un collar se enlaza,
desciende, serpentea, y viene a rodar
sobre un pecho donde apenas se hinchan
dos fuentes de donde la vida humana
¡en arroyos de amor debe fluir!
Noble y ligera, ella retoza,
y la hierba que hollan sus pasos
bajo el peso de su pie de alabastro
¡se curva y no se rompe!
Su talle al andar se balancea
como la barquilla, que danza
cuando la vela se redondea
bajo su mástil que mece la aurora,
balancea su flanco vacío aún
¡sobre la ola que rebota!
Su alma no es nada más que ternura,
su cuerpo más que harmonioso contorno,
todo su ser que el ojo acaricia
¡no es más que un presentimiento de amor!
Ella se apiada de todo lo que suspira,
ama el aire que respira,
sueña o llora, o canta aparte,
y, sin saber lo que implora
de una voluptuosidad que ignora,
¡se ruboriza bajo una mirada!
Pero ya su belleza más madura
florece en su decimoquinto verano;
¡a sus ojos toda la naturaleza
no es más que inocencia y voluptuosidad!
A los fuegos de las estrellas brillantes,
al dulce ruido de las aguas que fluyen,
su pensamiento erra con amor;
y todas las flores de las praderas
vienen entre sus dedos marchitas
¡sobre su corazón a secarse una a una!
El pájaro, para cualquier otro salvaje,
bajo sus ventanas viene a anidar,
o, encantado de su esclavitud,
a posarse sobre sus hombros;
ella alimenta a las tórtolas,
sobre el blanco satén de sus alas
pasea sus dedos acariciantes,
o, en un amoroso capricho,
ama que su cuello tiemble
¡bajo sus besos resonantes!
Ella aparece, y todo suspira,
todo se turba sin su mirada;
su belleza difunde un delirio
¡que da una embriaguez al anciano!
Y como se ve el humilde polvo
arremolinarse a la luz
¡que lo fascina sin que él lo sepa!
Dondequiera que esta bella frente irradia,
un soplo de amor rodea
a aquella por quien el hombre es concebido.
¡Un hombre! ¡un hijo, un rey de la naturaleza entera!
¡Insecto nacido del lodo y que vive de luz!
¡Que no ocupa más que un punto, que no tiene más que dos instantes,
pero que del Infinito por el pensamiento es dueño,
y retrocediendo sin fin los límites de su ser,
se extiende en todo el espacio y vive en todos los tiempos!
Nace, y de un vistazo se apodera del mundo,
cada una de sus necesidades somete un elemento,
para él germina la espiga, para él se derrama la onda,
¡y el fuego, hijo del día, desciende del firmamento!
El instinto de su debilidad es su omnipotencia;
para él el insecto mismo es un objeto de espanto,
pero el cetro del globo está en la inteligencia;
¡el hombre se une al hombre, y la tierra tiene su rey!
Mira, y el día se pinta en su párpado;
¡piensa, y el universo en su alma aparece!
Habla, y su acento, como otra luz,
¡va en el alma de otro a pintarse rasgo por rasgo!
Se da sentidos que olvidó la naturaleza,
echa un freno sobre la ola de viento caprichoso.
Lanza la muerte al blanco que su cálculo mide,
¡sondea con un cristal los abismos de los cielos!
Escribe, y los vientos se llevan su pensamiento
¡que va en todos los cielos a vivir y a conversar!
Y su alma invisible en rasgos vivos trazada
¡escucha al pasado que habla al porvenir!
Funda las ciudades, familias inmortales;
y para sostenerlas eleva las leyes,
que, de estos monumentos columnas eternas,
del templo social se dividen el peso.
Después de haber conquistado la naturaleza, suspira;
por un premio más noble su vida ha combatido;
y su corazón vacío aún, desdeñando su imperio,
¡para igualarse a los dioses inventó la virtud!
Ofrece sonriendo su vida en sacrificio,
se confía al Dios que su ojo no ve;
culpable, tiene el remordimiento que venga la justicia,
¡virtuoso, una voz que lo aplaude en voz baja!
Más grande que su destino, más grande que la naturaleza,
sus necesidades satisfechas no le bastan,
su alma tiene destinos que ningún ojo mide,
¡y miradas que llevan más lejos que la muerte!
Le hacen falta la esperanza, y el imperio y la gloria,
el porvenir a su nombre, a su fe altares,
dioses a quienes suplicar, verdades que creer,
¡cielos e infiernos, y días inmortales!
Pero el tiempo de repente falta a su vida usada,
el horizonte acortado se abaja ante él,
siente agotarse sus días como una onda agotada,
¡y su último sol ha brillado!
¡Miradlo morir!… Sentado en la ribera
que viene a batir la ola donde su nave debe partir,
el piloto que sabe el fin de su viaje
¡con un corazón más tranquilo no espera al céfiro!
Se diría que su ojo, que ilumina la esperanza,
ve la inmortalidad lucir en la otra orilla,
más allá de la tumba su virtud lo precede,
¡y, cierto del despertar, el día baja, se duerme!
Y los astros ya no tienen luz bastante pura,
y el Infinito ya no tiene morada bastante vasta,
y los siglos divinos carrera bastante larga
para el alma de aquel que no era más que polvo
y que no tenía más que un día.
He ahí ese instinto que lo anuncia
más alto que la aurora y la noche.
He ahí la eterna respuesta
¡a la duda que se reproduce!
Del gran libro de la naturaleza,
si la letra, a vuestros ojos oscura,
no lo traiciona en todo lugar,
¡ah! el hombre es el libro supremo:
en las fibras de su corazón mismo
leed, mortales: ¡Hay un Dios!
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-humanidad-continuacion-de-jehova-alphonse-de-lamartine/
