Kato

Poema de Emile Verhaeren Época Siglo XIX

Después de lavar los poderosos hocicos rojizos
de sus vacas, limpiar el desagüe y la cuadra,
remangarse el delantal suelto hasta las rodillas,
abrir, al alba, una puerta con gatera,

Kato, la niña gorda, la torpe, se sienta,
un gran pañuelo usado cubriéndole la nuca,
sobre el viejo taburete que apenas se tiene de un pie,
en la sombra densa, donde aún luce un noctiluco.

El delantal de cuero rugoso sirve de mandil;
los pies desnudos en zuecos. He aquí su pose:
el cubo en el regazo, las piernas en abertura,
los cinco dedos rapaces estirando la ubre rosa.

Es su tarea al alba, al atardecer, en pleno día,
venir a ordeñar y empujar alegremente a sus bestias,
soñando con ojo vago en las francachelas de amor,
en los besos de su mozo en las carnales fiestas,

de su mozo, el molinero, un rústico robusto y rechoncho,
con bloques de carne abultando su osamenta,
que la acecha en el molino mientras vela por el trigo,
y la colma de besos grasientos en cuanto pasa.

Pero su establo con sus vacas la retiene;
están ahí, diez, veinte, treinta, pesadas de grasa,
su grupa alzándose en tiesa apostura,
su larga cola, al ras de los flancos, ondulando a placer.

¿Limpias? Nada brilla tanto como el pelo de su piel;
¿Fuertes? Su enorme muslo está hinchado de músculos;
su gran resuello, en el pesebre colmado, alborota el agua,
su golpe de cuerno hunde de un embate un tabique.

Mastican todo con apetito glotón:
bellotas, zanahorias, nabos, tréboles, pipirigallos, harinas,
el cuello alargado recto y el hocico velludo,
con resoplidos satisfechos de narices,

con mordiscos dados hacia el cesto
donde Kato deja caer los nabos que descuaja,
con miradas dulces fijas en el granero
donde el heno, por los agujeros, deja flotar su barba.

La cuadra está construida de puro adobe. El techo,
muy viejo, muy pesado, cubierto de paja y de ramaje,
sobre su alta armadura extrañamente se asienta
y hasta los muros extiende sus alas desplumadas.

Las lucernas del fondo permiten al sol
brillar a través de sus telarañas,
y, por la noche, golpear con un restallido bermejo
los mármoles blancos y rojizos de las grupas alineadas.

Pero, en el interior, se aviva un calor de horno
que sube de las cubas, de los vientres y de las capas
de boñiga amontonada, mientras todo alrededor
zumba el enjambre negro y sonoro de las moscas.

Y allí es donde ella vive, la torpe, muy lejos
del cura que sermonea y del granjero que rabia,
donde tiene su rincón de amor en el granero de heno,
donde su mozo molinero la revuelca y la saquea

cuando el establo profundo está cerrado prudentemente,
que la noche a su alrededor esparce su somnolencia,
que no se oye nada, sino el pesado masticar
de una bestia despierta en el fondo del gran silencio.

Emile Verhaeren

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-kato-emile-verhaeren/