A M. Ernest Legouvé
Cautivado por los claros recuerdos del agua que abreva
la tierra, he compuesto esta canción del Río.
Detrás del horizonte sin fin, más lejos, más lejos,
las montañas, en sus cumbres que ningún testigo
ha visto, condensan el agua que el viento les envía.
De ahí el glaciar, sin cesar crecido, pero que se tritura
por su base y que se funde royendo la dura roca.
Más abajo, no lejos de los verdes abetos, la risa pura
de las fuentes corre entre los musgos irisados
y sobre la fina arena arrancada a las rocas desgastadas.
Del barranco de allá abajo sale otra corriente,
y mil más. Así crece el torrente
que desciende hacia la llanura y comienza el Río.
Pero el agua corre demasiado brutal y con un ardor demasiado nuevo
para fecundar el suelo. En esas orillas desgarradas,
solo el espino, la lavanda y el tomillo, las retamas doradas
encuentran abrigo en las grietas de las piedras.
He aquí que el torrente golpea abajo las barreras
de arena y de rocas que él mismo ha arrastrado.
Es la llanura. Se pierde en caminos tortuosos
que calman su furia. Y algunos arbolillos
siguen el agua que murmura sobre las areniscas y los mármoles.
Esas colinas, últimos remolinos de las montañas gigantes,
olas congeladas del granito que fluye en océanos,
esas lomas, ahora verdes, se salpican de manchas
blancas y rojizas que caminan. Son las vacas
o más cerca, el ganado menor. El tintineo
de las esquilas se mezcla al murmullo adormecedor
del agua.
Los álamos puntiagudos aman las riberas
planas. He aquí que ya sus filas pasivas
escoltan acá y allá el Río calmado y fuerte.
Los campos son poseídos por los poderosos. En la orilla
quienes no tienen la esperanza de las cosechas van en tropel
a esperar lo imprevisto que trae el agua que corre:
partículas de oro, zafiros, diamantes y rubíes,
que las rocas, tras tantas tormentas sufridas,
abandonan del fondo de su masa minada,
bajo el influjo acariciante del agua fría, obstinada.
¡Cuánta arena lavada, cuántos sueños prometidos,
para que un poco de oro, por fin, quede en el fondo del tamiz!
¡Toma tu bastón, buscador! La ciudad no está cerca,
y miradas oblicuas han pesado tu saco.
Otros, duros en el trabajo siembran en redondo los plomos
de las grandes redes; la plata vibrante de los peces
hincha la trama gris, aportando el olor fresco
y soso que se adhiere a los aparejos de la pesca.
Pero la ganancia es precaria, y más de un espumeador
desciende, cadáver hinchado, en el flujo adormecedor.
El río lo arrastra todo, por lo demás. Pues con su hacha
el leñador, esquilador de montañas, arranca
los abetos de las alturas, que confía a la corriente;
y, más abajo, la serrería industriosa toma
esos árboles, y, siendo el Río cómplice aún,
los descuartiza, a pesar de su revuelta sonora.
Luego la llanura con sus cosechas, luego las aldeas
de donde vienen a abrevar, en la orilla, los animales:
bueyes, caballos; mientras que aguas arriba, las lavanderas
hacen chasquear sus palas sobre la ropa y las piedras.
O bien hunden sus brazos nacarados en el agua que corre,
y, mostrando sus pies desnudos, la falda recogida corriendo,
cantan una canción donde el rey se casa con ellas.
Canción, pies desnudos, brazos blancos, hacen que ese mozo de blusa
distraído, deje ir solo su caballo fatigado,
humoso, el pecho en el agua, por las curvas del vado.
Esos follajes, en plena corriente, cubren alguna isla
que uno querría poseer, para soñar tranquilo allí.
Luego colinas de cuadros irregulares,
pequeños bosques; más cerca del agua, los álamos
y los sauces. El Río ensanchado, menos rápido,
se llena de nenúfares, de juncos. En el oro fluido
de la tarde, los mosquitos bailan.
Pero, acercados,
ahora las lomas se elevan. Rocas
interrumpen a menudo los cultivos en pendiente.
Todo el país pedregoso, donde el Río serpentea
nutre, pobre y musgoso, la zarza y al bandido.
La corriente estrangulada en los barrancos, salta
sobre las rocas, o bien duerme en los hoyos que cava.
Pero el agua no interrumpe su curso aventurero
a pesar de tantas labores y de sueños. He aquí
la brecha abierta en el horizonte oscurecido
por el polvo de agua. El lecho de piedra plana
termina brusco, y el flujo, pesada sábana, estalla
en un rugido perpetuo. Abajo,
las rocas esparcidas como tras combates
de titanes, rompen el agua en sus duras aristas.
A lo lejos, todo está mojado. La audacia de las verduras
opulentas enmarca y rompe a menudo el resplandor
de la cascada espumosa.
Aquí el país llano
despliega aún sus prados, sus cosechas. Ríos,
viniendo no se sabe de dónde, caprichosos, orgullosos
corren los campos, creyendo que vivirán siempre
en el atavío florido de su joven recorrido.
Pero el Río vencedor los detiene al pasar,
y hace callar esa risa en su curso vasto y sabio.
En las orillas las aldeas se suceden parecidas.
Luego, he aquí la industria de discordantes despertares.
Los ruiseñores, turbados por el ruido y el hollín
de las fábricas, se van hacia los bosques frescos que enjuga
la lluvia y que por la mañana perfuma el lirio.
El sol brilla siempre pero el hombre hace la guardia.
He aquí que ha construido muelles y esclusas;
y los sauces cenicientos, recelosos de esas astucias,
y los álamos orgullosos no llegan hasta allí.
Esas lomas profanadas, de donde el lobo se marchó,
se incrustan de casas blancas y de fábricas
que yerguen gravemente sus altas chimeneas de ladrillo.
Sobre el Río tranquilo, alegrando el cuadro,
los jóvenes, fuertes y hermosos, que doman el agua,
olvidados, al remar, de la intriga servil,
se van, alegres, con mujeres.
Es la ciudad,
la ciudad inmensa con sus gritos hospitalarios,
el agua corre entre los muelles correctos. Escaleras
llevan a las profundidades glaucas del suicidio.
En la pared musgosa un grueso anillo se oxida,
para quien se ahoga inalcanzable esperanza.
Línea caprichosa y negra en la tarde
verdosa, las casas, los palacios en pisos
se constelan. En el puerto, las ventas, las corredurías
han terminado. El día baja, y los murciélagos
revolotean pesadamente, lanzando pequeños gritos.
Esos viejos muelles olvidados sobre sus piedras desencajadas
sostienen casas grises de tejados en punta.
Allí, secan trapos que con sus brazos flacos
las mujeres pobres han enjuagado. Abajo, ratas.
El flujo profundo, apretado por las pilas masivas
del puente, corre más feroz, y las piedras pasivas
se dejan desmenuzar por el agua, tranquilamente.
Se ven encenderse menos astros en el firmamento
que luces en los muelles y en las calles
llenas del ruido de las voces, de bailes alegres, recorridas
por los carruajes.
Solo, el Río no ríe
bajo las barcazas ventrudas y pesadas. Por lo demás, abajo,
la cloaca vomita el agua negra de espumas horribles,
fila por fila, todas esas olas, hijas de los lejanos picos.
Perros, gatos podridos que arrastra la corriente,
mancha sin efecto en el Río tan grande
cuya luna, ojo de plata, salpica la superficie.
Pero, ¿qué importa la vida humana al agua que pasa,
las basuras, la multitud inmensa y los bailes alegres?
El agua no se detiene en esas cosas.
Los vados
están rotos, ahora, aguas abajo de la ciudad.
El hombre ha dragado el lecho del Río, más dócil
desde que es tan ancho y tan profundo.
El mar
a los barcos alquitranados deja un perfume amargo
que habla de países lejanos donde el viento lleva.
El Río, despreocupado de la industria humana,
continúa a través del campo. La noche
avanza triunfante y constelada, al ruido
de las hojas que el aire fresco perliza de rocío.
Luego, por la mañana, aún una ciudad posada
en la llanura, joya de perla sobre terciopelo
verde, cuyas lomas imitan los pliegues pesados;
granjas de grandes tejados, bajos y musgosos, agazapadas
al borde de los prados sin fin donde revolotean las urracas,
riquezas que a media voz ese campesino pensativo
evalúa fustigando su viejo mulo perezoso.
El Río se ensancha siempre, tanto, que las orillas
pierden hacia el horizonte sus líneas fugitivas.
Las lomas bajadas, el cielo agitado, el aire
murmurante y salado, proclaman que el mar
está allí, término implacable a la loca expedición
del agua, que hacia el cielo cálido se había escapado.
El mar pide todo caprichoso, y luego, a veces
rechaza los tributos del Río, limo, madera,
cadáveres, rocas rotas, que a las montañas lejanas,
a las tierras grasas, a las aldeas, a las vastas llanuras,
él ha robado, queriendo saciar al mar.
Y todo se amontona, obstáculo al Río. El hombre orgulloso
encuentra aquí los despojos distintos de cada año,
en tiempos oscuros en que su raza no había nacido.
Todo el país es alegre. De lejos el canto de los gallos
hiende la bruma. He aquí las dársenas y los docks,
los gritos de los cabrestantes, las barcas amarradas
de donde mil mozos de cuerda retiran las mercancías,
fardos, toneles, metales en barras, montones de trigo.
En las tabernas humosas, los marinos sentados a la mesa
se amenazan, con juramentos exóticos.
Se encuentran todas las frutas lejanas en las tiendas.
El agua del Río se detiene, un poco turbada, antes
de perderse, sin nombre, en el infinito movedizo.
Es como una batalla en línea regular:
escuadrones al galope, levantando el polvo,
las olas del mar llegan con grandes ruidos,
blancas de espuma, con aires vencedores, y luego
se vuelven, esfuerzos que el Río rechaza
con sus pequeñas olas audaces de agua dulce.
El mar huye, pero arrastra y dispersa para siempre,
fila por fila, todas esas olas, hijas de los lejanos picos.
*
Musa altiva. ¡Musa de ojos claros, sé bendita!
A pesar de tus largos desdenes, mi canción ha terminado;
pues me has consolado de todos los ruidos burlones;
me has mostrado, entre mis mejores recuerdos,
resplandores para teñir el agua que corre y gorjea,
el agua fresca donde, hacia la tarde, la golondrina se moja.
Y he seguido sus olas hasta el gran mar.
Que se lea entre amigos este canto tranquilo y orgulloso,
en los momentos de fiebre y en los días de prueba,
que se adormezca el corazón con los murmullos del Río.
Charles Cros
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-rio-charles-cros/
