El pastor y el pescador

Poema de Alphonse De Lamartine Colección Meditaciones poéticasÉpoca Siglo XIX

Era la hora cantora en que, más dulce que la aurora,

el día al expirar parece sonreír aún,

y deja al céfiro dormido bajo los ramajes

descender con la sombra y flotar sobre las aguas;

la campana en la torre, lentamente agitada,

hacía rodar sus largos suspiros de valle en valle,

como una voz del atardecer que, muriendo sobre las olas,

llama antes de la noche a la naturaleza al reposo.

Los aldeanos, dispersos en torno a sus cabañas,

acompasaban a sus sonidos sus rústicas plegarias,

reencendían cantando la llama de los hogares,

suspendían las redes en los troncos de los álamos,

o, desatando el yugo de sus soberbios toros,

esparcían ante ellos el oro sabroso de las gavillas;

luego, sentados en silencio al umbral de sus moradas,

esperaban el sueño, ese dulce premio de sus días.

Dos niños de la aldea, uno pastor del bosquecillo,

el otro joven pescador de la tormentosa playa,

consagrando al amor la hora ociosa de la tarde,

a la sombra del mismo árbol habían venido a sentarse;

allí, para gozar del fresco al pie del sicomoro,

cada uno había conducido a la virgen que adora:

Neaera y Naela, dos jóvenes hermanas, dos lirios

que en el mismo tallo un solo soplo ha cortado.

Los dos amantes, recostados a las rodillas de las pastoras,

las miraban trenzar los tallos de los helechos.

Un montículo de césped, sembrado de anémonas,

extendía bajo la pendiente una alfombra perfumada;

el mar lo acariciaba con sus olas plañideras;

doce robles, doblando sus viejos troncos sobre sus orillas,

no dejaban bajo sus hojas entrever sino a medias

el azul del firmamento en su oleaje dormido.

Un árbol cuya vid enlazaba el follaje

les vertía la frescura de su móvil sombra;

y no lejos tras ellos, en un campo ya maduro,

donde el pámpano y el arce entrelazaban su muro,

oían el ruido de la brisa desigual

caer, levantarse, gemir por intervalos,

y, reanimando los aires adormecidos por el día,

deslizarse susurrando entre el oro de las espigas.

Disputaban entre sí sobre los dulces cuidados de su vida;

cada uno hallaba su suerte la más digna de envidia:

el humilde pastor alababa los dulces cuidados de los rebaños,

el pescador su barca y el encanto de las aguas;

cuando un anciano les dijo con una dulce sonrisa:

– ¡Cantad lo que los campos o la onda os inspiren!

¡Cantad! Aquel de los dos cuya conmovedora voz

sepa mejor hacer amar las olas o los bosques,

de manos de la amada a quien su voz es querida

recibirá el dulce premio de sus acordes: Neaera,

ofreciendo a su amante el premio de los segadores,

a su última gavilla atará flores;

y Naela, trenzando las rosas que anuda,

del esquife del pescador coronará la proa,

y su mástil todo el día, a los ojos de los marineros,

con sus ramilletes flotantes perfumará las olas.

Así dijo el anciano. Se consiente en silencio:

el bello pescador medita, y el pastor comienza.

EL PASTOR.

Cuando el astro de la primavera, en la cuna de un día puro,

levanta a medias su frente en el cambiante azur;

cuando la aurora, exhalando su aliento matinal,

esparce los dulces perfumes de que el valle está lleno,

y, haciendo inclinar el cáliz de las flores,

deja que la noche derrame sus llantos sobre los prados,

cuando la viva mensajera de la mañana,

la alondra, que deja su lecho en el helecho,

y modulando aires alegres como el despertar,

sube, planea y gorjea ante el sol:

agarrando mis toros por su resbaladizo cuerno,

doblo bajo el yugo su cabeza mugiente,

con nudos doce veces redoblados sobre sus frentes,

ato al yugo pulido sus miembros acoplados;

el anillo brillante de acero al timón los encadena,

entrelazo a su yugo largos festones de roble,

cuya hoja móvil y cuyos flotantes ramajes

del ardor del mediodía protegen sus narices.

Alphonse de Lamartine

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-pastor-y-el-pescador-alphonse-de-lamartine/