A M. A. de V***.
¡Detengámonos sobre la colina
a la hora en que, repartiendo los días,
el astro de la mañana que declina
parece precipitar su curso!
Al avanzar en su carrera,
más débil rechaza hacia atrás
la sombra terrestre que le sigue,
y del horizonte que colorea
una mitad le ve todavía,
¡es la hora en que, bajo la sombra inclinada,
el labrador en el valle
suspende un momento su jornada,
y se sienta al borde del surco!
¡Es la hora en que, junto a la fuente,
el viajero recobra el aliento
tras su carrera matinal
y es la hora en que el alma que piensa
que le abandona en su camino!
Así nuestra estrella palidecida,
lanzando moribundos resplandores
sobre el mediodía de nuestra vida,
de nuestra rápida existencia
la sombra de la muerte que avanza
¡oscurece ya la mitad!
Y, cerca de ese término funesto,
como en la aurora, no nos queda
¡sino la esperanza y la amistad!
Amigo a quien un mismo día vio nacer,
compañero desde la cuna,
y a quien un mismo día debe quizá
¡dormir en la misma tumba!
He aquí el mojón que reparte
¡que un mismo destino nos ha trazado!
Desde esta cumbre que nos reúne,
¡ven, echemos una mirada juntos
sobre el porvenir y el pasado!
¡Repasemos nuestros días, si te atreves!
¿Jamás la esperanza de los marineros
el navío que se lanza a las olas?
¿Jamás con un tinte más bello
la aurora riendo coloreó
la frente radiante de la mañana?
¿Jamás, con un ojo penetrante de audacia,
abrazó el águila más espacio
que el que nos abría el destino?
En vano sobre la ruta fatal,
cuyo borde trazan los cipreses,
algunas tumbas por intervalos
¡nos advertían de la muerte!
Esos monumentos melancólicos
nos parecían, como en los días antiguos,
¡un vano ornamento del camino!
Nos sentábamos bajo su sombra,
y soñábamos días sin número,
¡ay! ¡entre ayer y mañana!
Cuántas veces, junto a la ribera
donde Nisida duerme sobre los mares,
la belleza crédula o voluble
¡acudió a nuestros dulces conciertos!
Cuántas veces la barca errante
meció sobre la onda transparente
a dos parejas por el Amor conducidas,
mientras que una diosa amiga
extendía sobre la ola dormida
¡el velo perfumado de las noches!
Cuántas veces, en el delirio
que sucedía a nuestros festines,
al son antiguo de la lira,
¡evoqué sueños divinos!
A los perfumes de las rosas moribundas,
a los vapores de las copas humeantes,
¡volaban hacia nosotros uno tras otro!
Y sobre sus alas matizadas,
¡en los laberintos del Amor!
Pero en su pendiente insensible,
los días que sucedían a los días
arrastraban como un agua corriente
y nuestros sueños y nuestros amores;
semejante a la flor fugitiva
que de la frente gozosa de un convidado
cae antes de la hora del festín,
esa felicidad que la ebriedad coge,
de nuestras frentes cayendo hoja a hoja,
Y ahora, sobre ese espacio
que nuestros pasos ya han dejado,
¡vuélvete! ¡busquemos la huella
del amor, de la voluptuosidad!
Al pisar sus orillas marchitas,
remontemos el curso de los años,
mientras que un recuerdo helado,
como el astro suavizado de las sombras,
alumbra aún con tintes sombríos
¡la escena vacía del pasado!
Aquí, sobre la escena del mundo,
¡se levantó tu primer sol!
¡Mira! qué noche profunda
¡ha reemplazado a ese día bermejo!
Todo bajo los cielos parecía sonreír,
la hoja, la onda, el céfiro
¡murmuraban acordes encantadores!
¡Escucha! ¡la hoja está marchita!
Y los vientos sobre la onda secada
¡emiten sordos gemidos!
Ese mar de flotantes plateados,
¿qué no hace sino mecer la imagen
de las orillas en su seno repetidas?
¡Un nombre querido vuela sobre la onda!…
Pero ni una voz que responda,
¡sino la ola que ruge sobre el escollo!
¡Infeliz! ¡qué nombre pronuncias!
¿No ves entre esas zarzas
esa lápida con un nombre grabado?…
Más lejos, en la ribera donde se derrama
¿ves ese palacio que se inclina
y arroja una sombra en el seno de las aguas?
Allí, bajo una forma extranjera,
un ángel exiliado de su esfera
¡de un amor celestial te inflamó!
¿Por qué temblar? ¿qué ruido te asombra?
No es más que una sombra que se estremece
a los pasos del mortal que amó.
¡Ay! por dondequiera que pasas,
es el duelo, el vacío o la muerte,
y nada ha germinado sobre nuestras huellas
¡sino el dolor o el remordimiento!
He aquí ese corazón donde tu ternura
sembró frutos que tu vejez,
¡ay! no recogerá:
¡allí, el olvido perdió tu memoria!
¡allí, la envidia ahogó tu gloria!
¡allí, tu virtud hizo ingratos!
Allí, la ilusión eclipsada
¡huye bajo una nube oscura!
Aquí, la esperanza fatigada
¡plegó sus alas de azul!
Allí, bajo el dolor que le hiela,
tu sonrisa perdió su gracia,
¡tu voz olvidó sus conciertos!
Tus sentidos agotados se quejaron,
y tus rubios cabellos se tiñeron
¡al soplo plateado de los inviernos!
Así de las riberas extranjeras,
cuando el hombre, sin saberlo los tiranos,
hacia la morada de sus padres
lleva en secreto sus pasos errantes,
la cizaña ha cubierto sus colinas,
su techo sagrado pende en ruinas,
en sus jardines el agua se ha secado;
y en el umbral que fue su alegría,
en la sombra un perro feroz ladra
¡contra las manos que le alimentaron!
Pero esos sentidos que se vuelven pesados
y del tiempo sufren la ley,
esos ojos, ese corazón que se empañan,
esa sombra en fin, ¡no eres tú!
Sin pesar, al flujo de los años,
entrega esos despojos marchitos
que arrebata el soplo de los días,
la hoja árida y vagabunda
que la onda arrastra en su curso.
Ya no es tiempo de sonreír
a esas rosas de pocos días,
de mezclar a los sonidos de la lira
¡los tiernos suspiros de los amores!
de sembrar en fondos estériles
esos votos, esos proyectos inútiles,
por los vientos del cielo llevados,
a los que el tiempo que nos devora
no da la hora de brotar
¡durante nuestros rápidos veranos!
Levantemos los ojos hacia la colina
donde luce la estrella de la mañana.
¡Saludemos el esplendor divino
que se levanta en la lejanía!
Esa claridad pura y fecunda
a los ojos del alma ilumina un mundo
donde la fe sube sin esfuerzo.
De una santa esperanza tu corazón palpita;
¡amigo! para volar más rápido,
¡tomemos las alas de la muerte!
En vano, en ese desierto árido,
bajo nuestros pasos todo se ha borrado.
¡Ven! donde reside la eternidad,
se encuentra hasta el pasado.
Allí están nuestros sueños llenos de encantos,
y nuestras despedidas bañadas en lágrimas,
¡nuestros votos y nuestras esperanzas perdidas!
Allí, reverdecerán nuestras juventudes;
y los objetos de nuestras tristezas
a nuestros pesares serán devueltos.
Así, cuando los vientos del otoño
han barrido la sombra de los bosques,
la golondrina ágil abandona
¡la cima del palacio de los reyes!
Siguiendo al sol en su carrera,
remonta hacia la fuente
de donde el astro nos derrama los días;
y sobre sus pasos encuentra todavía
otro cielo, otra aurora,
¡otro nido para sus amores!
Ese rey, cuya santa tristeza
inmortalizó los dolores,
vio así su verde juventud
¡renovarse bajo sus lágrimas!
Su arpa, a la sombra de la tumba,
suspiraba como la paloma
¡bajo los verdes cipreses del Carmelo!
Y su corazón, que una lámpara ilumina,
resonaba como un santuario
donde retumba el himno eterno.
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-pasado-alphonse-de-lamartine/
