Cumpliste, pues, ayer un año, mi bien amada.
Contento, balbuceas, como, bajo el ramaje,
al fondo del nido más tibio abriendo vagos ojos,
los pájaros recién nacidos gorjean, muy alegres
de sentir que empiezan a salirles las plumas.
Juana, tu boca es rosa; y en los gruesos volúmenes
cuyas imágenes son tu alegría, y que yo debo,
para complacerte, dejar que tus dedos arruguen,
se encuentran bellos versos; pero ni uno que valga lo que tú
cuando todo tu pequeño cuerpo al verme se estremece;
los más famosos autores nada escribieron mejor
que el pensamiento entreabierto en tus ojos,
y que tu ensoñación oscura, dispersa, extraña,
que mira al hombre con la ignorancia del ángel.
Juana, Dios no está lejos puesto que vos estáis aquí.
¡Ah! tenéis un año, ¡ya es una edad!
Estáis por momentos grave, aunque encantada;
estáis en el instante celestial de la vida
en que el hombre no tiene sombra, en que en sus brazos abiertos,
cuando sostiene a sus padres, el niño sostiene el universo;
vuestra joven alma vive, sueña, ríe, llora, espera
de Alicia vuestra madre a Carlos vuestro padre;
todo el horizonte que puede contener vuestro espíritu
va de ella que os mece a él que os sonríe;
esos dos seres para vosotras en esta hora primera
son toda la caricia y toda la luz; Ellos dos, ellos solos, ¡oh Juana!; y es justo; y yo estoy,
y existo, humilde abuelo, porque os sigo;
y vos venís, y yo me voy; y adoro,
no teniendo derecho más que a la noche, vuestro derecho al alba.
Vuestro rubio hermano Jorge y vosotras, os bastáis
a mi alma, y veo vuestros juegos, y es bastante;
y no quiero, después de mis pruebas sin número,
sino una tumba sobre la cual se recorte la sombra
de vuestras cunas doradas por el sol naciente.
¡Ah! recién llegada inocente, y soñando,
habéis tomado para nacer una hora singular;
estáis, Juana, familiarizada con los terrores;
sonreís ante todo un mundo en agonía;
hacéis vuestro ruido de abeja en los bosques,
¡oh Juana!, y mezcláis vuestro encantador murmullo
al gran París haciendo sonar su gran armadura.
¡Ah! cuando os oigo, Juana, y cuando os veo
cantar, y, hablándome con vuestra humilde voz,
tender vuestras dulces manos sobre nuestras cabezas,
me parece que la sombra donde rugen las tempestades
tiembla y se aleja con sordos rugidos,
y que Dios hace dar a la ciudad de las cien torres
desamparada como un navío que se hunde,
a los enormes cañones que guardan el baluarte sombrío,
al universo que se inclina y que París defiende,
su bendición por un niño pequeño.
Victor Hugo
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-petite-jeanne-victor-hugo/
