– Tú que te vas allá lejos,
por todas las rutas de la tierra,
hombre tenaz y solitario,
¿hacia dónde vas, tú que te vas?
– Amo el viento, el aire y el espacio;
y me voy sin saber adónde,
con mi corazón ferviente y loco,
en el aire que luce y en el viento que pasa.
– El viento es claro en el sol,
el viento es fresco sobre las casas,
el viento inclina, con sus brazos bermejos,
de un extremo a otro de los horizontes,
las flores rojas y las rubias mieses.
– El Sur, el Oeste, el Este, el Norte,
con sus palmas de oro,
con sus puños de hielo,
se rechazan el viento que pasa.
– Helo aquí que viene de los mares de Nápoles y de Mesina,
cuyo gesto de los dioses iluminaba las olas;
ha cavado los viejos desiertos donde se dibujan
los blancos festones de arena en torno a los verdes islotes.
Su soplo está fatigado, su aliento tímido,
la hierba apenas se curva en las pendientes del foso;
ha tocado sin embargo la frente de las pirámides
y la gran esfinge lo ha visto pasar.
– La estación cambia, y lentamente el viento se exhuma
vestido de lluvia inmensa y de harapos de bruma.
– Helo aquí que viene hacia nosotros de horizontes lívidos,
Inglaterra, Jersey, Bretaña, Escocia, Irlanda,
donde noviembre suspende las tórpidas guirnaldas
de sus astros ahogados, en pálidas nieblas;
ha partido, el viento sin alegría y sin luz:
como un ciego, yerra a lo lejos sobre el océano
y, apenas toca un cabo o tropieza con una piedra,
el abismo erige un grito gigante.
– Primavera, cuando apareces sobre las llanuras desiertas,
el viento aún enfría y agrieta tu belleza verde.
– Helo aquí que viene de los largos países donde luce Moscú,
donde el Kremlin y sus cúpulas de oro que se mueven
reflejan y rechazan al cielo los soles rojos;
el viento se encabrita ardiente, rugoso, terrible y loco,
muerde la estepa, salta de Ucrania a Alemania,
rueda sobre el brezal con un ruido de bronce
y hace llorar las leyendas, bajo las montañas,
de gruta en gruta, a lo largo del Rin.
– El viento, el viento durante las noches de invierno lúcidas
palidece los cielos y los lejanos como un ácido.
– Helo aquí que viene del Polo donde altos glaciares blancos
alinean sus palacios de hielo y de silencio;
aspero, tranquilo y continuo en sus impulsos,
afila las rocas como un haz de lanzas;
su vuelo alcanza los Sunds y los Urales desiertos,
se detiene en los fiordos de las Suecias y las Noruegas
y sacude, a través de la inmensidad de los mares,
todas las plumas de la nieve.
– De dondequiera que venga el viento,
trae de sus viajes,
a través del infinito de los campos y de las aldeas,
no se sabe qué de sano, de claro y de ferviente.
Con sus labios de oro rozando el suelo de las llanuras,
ha besado la alegría y el dolor humanos
por doquier;
los bellos orgullos, las viejas esperanzas, los deseos locos,
todo lo que pone en el alma una espera inmortal,
lo atizó con sus cuatro alas;
lleva en sí como un gran corazón sagrado
que late, se estremece, exulta o llora
y que dispersa, al capricho de las estaciones y de las horas,
hacia las dichas enarboladas o los duelos ignorados.
– Si amo, admiro y canto con locura
el viento,
y si bebo su vino fluido y viviente
hasta las heces,
es porque engrandece mi ser entero y porque antes
de infiltrarse, por mis pulmones y por mis poros,
hasta la sangre que vive en mi cuerpo,
con su fuerza ruda o su dulzura profunda,
inmensamente ha estrechado el mundo.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-la-gloria-del-viento-emile-verhaeren/
