Las ranas, cansadas
del estado democrático,
con sus clamores hicieron tanto
que Júpiter las sometió al poder monárquico.
Les cayó del cielo un rey muy pacífico:
este rey, sin embargo, hizo tal ruido al caer
que la gente pantanosa,
gente muy necia y muy miedosa,
fue a esconderse bajo las aguas,
entre los juncos, entre las cañas,
en los agujeros del pantano,
sin atreverse por mucho tiempo a mirar el rostro
del que creían ser un gigante nuevo;
pero era un madero,
cuya gravedad dio miedo a la primera
que, al verle aventurarse,
se atrevió a salir de su guarida.
Se acercó, pero temblando.
Otra la siguió, otra hizo lo mismo,
llegó un hormiguero;
y su tropa al final se familiarizó
hasta saltar sobre el hombro del rey.
El buen señor lo soporta y se queda siempre quieto.
Júpiter pronto se harta.
Dadnos, dice ese pueblo, un rey que se mueva.
El monarca de los dioses les envía una grulla,
que los engulle, que los mata,
que los traga a su placer,
y las ranas se quejan;
y Júpiter les dice: ¡Eh! ¿vuestro deseo
cree poder imponernos sus leyes?
Debíais primeramente
conservar vuestro gobierno;
pero, no habiéndolo hecho, debía bastaros
que vuestro primer rey fuese bondadoso y dulce:
de este contentaos,
por miedo de encontrar uno peor.
Jean de La Fontaine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/fabula-las-ranas-que-piden-un-rey-jean-de-la-fontaine/
