Un joven caminaba a lo largo del bulevar
y sin pensar en nada, iba solo y deprisa,
sin rozar siquiera con su vaga mirada
a esas muchachas cuya risa al pasar te invita.
Pero un perfume tan dulce le hirió de repente
que alzó los ojos. Una mujer divina
pasaba. A decir verdad, solo vio su cuello;
Era flexible y redondo sobre una cintura fina.
La siguió – ¿por qué? – Por nada; como se sigue
un lindo pie arqueado que trota y que huye,
un trozo de enagua blanca que pasa y se contonea.
Se sigue; es un instinto de amor que nos empuja.
Buscaba su historia mirando sus medias.
¿Elegante? Muchas lo son. – El destino
¿la había hecho nacer arriba o abajo?
¿Pobre pero deshonesta, o sabia y afortunada?
Pero, como ella oyó un paso seguir el suyo,
se dio la vuelta. Era una maravilla.
Sintió en su corazón nacer como un lazo
y quiso hablarle, sabiendo bien que el oído
es el camino del alma. Fueron separados
por un gentío al doblar una calle.
Cuando hubo maldecido a los ociosos curiosos
y buscó a su dama, había desaparecido.
Sintió primero un verdadero aburrimiento,
luego, como un alma en pena, erró de lugar en lugar,
se refrescó la frente en las fuentes Wallace,
y volvió a acostarse muy entrada la noche.
Diréis que tenía el alma demasiado ingenua;
si uno no soñara, ¿qué haría a menudo?
Pero ¿no es encantador, cuando gime el viento,
soñar, junto al fuego, con una bella desconocida?
De ese momento tan breve, ocho días fue feliz.
En torno a él danzaba el brillante enjambre de los sueños
que sin cesar despertaba en su corazón enamorado
los pensamientos más dulces y las mentiras más dulces.
Sus sueños eran necios a dormir de pie;
construía sin fin grandes aventuras.
Cuando el alma es ingenua y hierve una sangre joven,
nuestra esperanza se alimenta de locas imposturas.
La seguía entonces por países extranjeros;
juntos visitaban las llanuras de la Hélade
y como un caballero de una vieja balada
siempre la arrancaba de extraños peligros.
A veces en el flanco de los montes, al borde de un precipicio,
iban intercambiando dulces palabras de amor;
a menudo incluso sabía captar el instante propicio
para robar un beso que siempre le devolvían.
Luego, las manos en las manos, e inclinados a las portezuelas
de una silla de posta llevada al galope,
permanecían allí soñadores durante noches enteras,
pues la luna brillaba y se miraba en el agua.
A veces la veía, soñadora castellana,
en los balaustres esculpidos de los balcones góticos;
a veces loca y ligera y siguiendo por la llanura
al lebrel rápido o el vuelo de los halcones.
Paje, tenía el ingenio de hacerse amar por ella;
la dama del viejo barón era pronto infiel.
La seguía a todas partes, y en los grandes bosques sordos
con su castellana se extraviaba siempre.
Durante ocho días enteros soñó de esta manera,
a sus mejores amigos les negaba su puerta;
no recibía a nadie, y a veces, por la noche,
sobre un viejo banco desierto, solo, iba a sentarse.
Una mañana, aún era temprano,
se despertaba, bostezando y frotándose los ojos;
una tropa de amigos invadió su morada
hablando todos a la vez, con gritos alegres.
El plan del día era ir al campo,
probar un canot y errar por los bosques,
escandalizar mucho a los honrados burgueses,
y cenar sobre la hierba con helado y champán.
Respondió primero, lleno de un perfecto desdén,
que su fiesta para él no era apenas atrayente;
pero cuando vio partir la ruidosa cohorte,
y se encontró solo, reflexionó de repente
que se está bien para soñar en las orillas floridas,
y que el agua que fluye y huye murmurando
eleva muellemente las tristes ensoñaciones
como ramas muertas que arrastra la corriente;
y que es una embriaguez arrastradora y profunda
correr al azar y beber a plenos pulmones
el gran aire libre y puro que va de los prados a los montes,
el áspero olor de los henores y la frescura de la onda;
que la ribera murmura y hace un ruido encantador,
que con las canciones de los remeros las penas se mecen,
y que el espíritu se extravía y flota dulcemente,
como en la corriente del río, en la corriente de los pensamientos.
Entonces llamó a su groom, saltó de la cama,
se vistió, desayunó, se fue a la estación,
partió tranquilamente fumando un cigarro,
y pronto encontró a toda su gente en Marly.
De las lágrimas de la noche la llanura estaba húmeda;
una bruma ligera a lo lejos flotaba aún;
los alegres pájaros cantaban; y el bello sol de oro
lanzaba muchas chispas al agua fresca y límpida.
Cuando la savia sube y el bosque reverdece,
que por todos lados la gran vida estalla,
cuando al sol naciente todo canta y resplandece,
el cuerpo está lleno de alegría y el alma se dilata.
Es verdad que había desayunado noblemente,
algunos vapores de vino le subían a la cabeza;
el aire del campo para colmo le puso el corazón de fiesta,
cuando en la corriente del río se vio arrastrado.
El canot lentamente iba a la deriva;
un viento ligero hacía murmurar los juncos,
pueblo frágil y cantor que crece en la ribera
y que saca su alma del seno calmo de las aguas.
Llegó el turno de los remeros, y, siguiendo la costumbre,
su canto rítmico golpeó el eco de los contornos;
y, conducidos por la voz, en el agua blanca de espuma
de momento en momento caían los remos.
En fin, como se pensaba en llegar a la cocina,
otros canots de repente pasaron junto a ellos;
una risa aguda partió de una barca vecina
y vino directa al corazón a golpear a mi enamorado.
¡Ella! ¡en una barca! Tendida en la popa,
¡tenía la caña y pasaba cantando!
Él quedó consternado, pálido y con el corazón latiendo,
mientras su Belleza huía por el río.
¡Estaba triste aún a la hora de la cena!
Se detuvieron ante una pequeña posada,
en un jardín encantador limitado por viñas,
sombreado de tilos, y que bordeaba la orilla.
Pero otros canotiers ya habían venido;
lanzaban juramentos con una voz formidable,
y, haciendo un gran ruido, preparaban la mesa
que a veces levantaban con sus brazos fuertes y desnudos.
¡Ella estaba con ellos y bebía un ajenjo!
Él permaneció mudo. La golfilla sonrió,
lo llamó. – Él seguía estupefacto. – Ella repitió:
«¿Conque me tomabas, pues, necio, por una Santa?»
Entonces se acercó a ella temblando; cenó
a su lado, y hasta en el postre se asombró
de haber podido soñar con una alta familia,
pues ella era encantadora, y alegre, y buena chica.
Decía: «mono mío», y «rata mía», y «gato mío»,
le daba de comer en la punta de su tenedor.
Partieron, por la noche, los dos a escondidas,
¡y nunca se supo en qué cama durmió él!
Poeta de corazón ingenuo buscaba una perla;
encontrando una joya falsa, la tomó e hizo bien.
Apruebo el buen sentido de este antiguo adagio:
«Cuando no se tiene un tordo, hay que comer un mirlo.»
Guy de Maupassant
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-una-conquista-guy-de-maupassant/
