Toda clase de niños

Poema de Victor Hugo Temas InfanciaÉpoca Siglo XIX

Toda clase de niños, rubios, luminosos, bermejos,
cuyos sueños visita el azul paraíso
cuando sus ojos se cierran de noche en las alcobas,
están ahí, agrupados ante la jaula de las fieras;
miran.

Tienen ante los ojos el elemento,
el abismo, la serpiente torcida como un tormento,
el horrible dragón, el onagro necio, la pantera,
el chacal aborrecido de los espectros, que desentierra,
el gorila, fantasma y tigre, y esos bandidos,
los lobos, y los grandes linces que antaño tuteaban
a los profetas sagrados recostados sobre biblias;
y, mientras ese montón de prisioneros terribles
ruge, uno vil forzado, otro arrogante proscrito,
¿qué hace el grupo rosado y encantador? Sonríe.

El abismo está ahí, rugiendo, y los niños sonríen.

Admiran. Las voces espantables gritan
mientras ese enjambre de frentes llenas de rayos,
casi alado, nos conmueve como si viéramos
el alba abrirse en una geórgica,
mientras esos niños cantan, un ruido trágico
va, cargado de cólera y de rebeliones,
del calabozo de los buitres al presidio de los leones.

Y la sonrisa fresca de los niños continúa.

Ante esa dulzura suprema, humilde, ingenua,
obstinada, uno se asombra, y el espíritu estupefacto
sueña, como en los viejos tiempos de Orfeo y de Jafet,
y uno se siente resbalar en la espiral oscura
del vértigo, donde cayeron Job, Tales, Epicuro,
donde se busca a tientas a alguien, tenebroso pozo
donde el alma dice: ¡Responde! donde Dios dice: ¡No puedo!

¡Oh! si la conjetura antigua estuviera fundada,
si el sueño inquieto de los magos de Caldea,
la hipótesis que hacen Hermes y Pitágoras,
si ese sueño feroz fuera lo verdadero y profundo;
¡la bestia entre nosotros, si fuera eso Tántalo!
Si la realidad temible y fatal
fuera esto: ¡los lobos, las boas, los mammones,
máscaras sombrías que ocultan invisibles demonios!
¡Oh! esos seres horribles cuyo cobijo es la sombra,
esos cráneos aplanados de tigre y de víbora,
esas viles frentes aplastadas por el talón divino,
el oso, soñador negro, el mono, espantoso silvano,
esas muecas convulsivas, esas caras insensatas,
esos estúpidos instintos que amenazan nuestros pensamientos,
unos llenos del horror nocturno de las selvas,
otros, huidizos aspectos, flotantes, confusos, secretos,
sobre los que la mar derrama sus muarés y sus nácaras,
esas larvas, esos transeúntes de los bosques, esos simulacros,
esos vivos en la tumba animal hundidos,
esos fantasmas que tienen por ley los apetitos,
¡cielo azul! si fuera verdad que eso es lo que se llama
los condenados, que expían antiguos crímenes en el hombre,
quienes, salidos de una vida anterior, teniendo
en los ojos el terror de un pasado fulminante,
vienen, balbuciendo de espanto y de odio, a decir
en medio de nosotros las palabras de la gehena,
y que intentan en vano expresar su tormento
en nuestro verbo con el sordo rugido;
montón de forzados que rechinan y rugen, ladran y mugen;
mudos aulladores a quienes ilumina un resplandor ciego;
¡oh! si estuvieran ahí, desnudos bajo el destino de hierro,
meditando vagamente sobre el eterno infierno;
si esos mustios vencidos de la naturaleza inmensa
se creyeran por siempre desterrados de la clemencia;
si vieran los soles apagarse por grados,
y si no fueran ya más que desesperados;
¡oh! en el abatimiento sin fondo, cuando todo se rompe,
cuando todo se va, rehúsa y huye, qué sorpresa,
para esos seres malvados y temblorosos a la vez,
oír de pronto llegar esas jóvenes voces!
¡Alguien está ahí! ¿Quién, pues? ¡Se habla! ¡Oh negro problema!
Una blancura aparece sobre la muralla lívida
donde vacila la oscura y mustia visión.
¡El leviatán ve acudir al alcíón!
¡Qué! ¡el diluvio ve llegar la paloma!
¡La claridad de las cunas filtra a través de la tumba
y penetra con un día clemente a los condenados!
¡Los espectros no son odiados por los recién nacidos!
¡Qué! ¡la araña inmensa abre sus sombrías telas!
¡Qué rayo es una mirada de niño, santas estrellas!
Pero puesto que se puede entrar, ¡se puede, pues, salir!
¡No todo está, pues, acabado! ¡El azur viene a hablarnos!
¡El cielo es más celeste en esas dulces pupilas!
¡Es cuando Dios, para venir de las bóvedas eternas
hasta la tierra, triste y funesto medio,
pasa a través del niño, cuando es del todo Dios!
¡Qué! ¿el techo deforme tendría una ventana?
¡Se vería renacer la imposible esperanza!
¡Qué! ¡se podría ya no morder, ya no rechinar!
¿Nos representamos lo que puede pasar
en los temerosos cerebros de las bestias formidables?
¡De la luz al fondo de los abismos insondables!
¡Una intervención de rostros divinos!
La torsión del mal en los ardientes barrancos
del infierno miserable se apacigua de pronto
por inocentes miradas puras como el rocío.
¡Qué! ¡se ven ojos lucir y se oyen pasos!
¿Acaso sabemos si no se ponen,
esos monstruos, a soñar, apenas llegada la noche,
llamándose, estupefactos de esa aurora desconocida
que se levanta sobre el áspero y severo horizonte?
Del perdón venerable tienen el santo escalofrío;
les parece sentir que las cadenas los abandonan;
las greñas de las crines meditan;
el infierno, esa ruina, está menos turbio y menos negro;
y el ojo casi enternecido de esos cautivos cree ver
en una pura penumbra que un cielo lejano azula
crecer la sombra de un templo en el umbral de la choza.
¡Qué! ¡el infierno acabaría! ¡La sombra entendería razón!
¡Oh clemencia! ¡Oh fulgor en la enorme prisión!
No se sabe qué espera conmueve esos corazones extraños.

¡Qué promesa en el fondo de la sonrisa de los ángeles!

Victor Hugo

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-toda-clase-de-ninos-victor-hugo/