Conocía muy poco a vuestro marido, señora;
Era gordo y feo, no sabía más.
Pero a nadie le molesta, cuando se ama a una mujer,
que el marido sea tuerto o patituerto o tullido.
Sentía que ese ser inofensivo y necio
resultaba demasiado pequeño para ser peligroso,
que podía permanecer de pie entre nosotros dos,
que nos amaríamos por encima de su cabeza.
Y además, ¿qué me importaba? Pero hoy
se os ocurre no sé qué capricho.
¡Habláis de juramentos, deber y sacrificio
y remordimientos eternos!… ¿Y todo eso por él?
¿Lo pensáis, señora? ¿Y creéis que habéis nacido,
vos, joven, bella, con el corazón henchido de esperanza,
para vivir cada día y dormir cada noche
junto a ese monigote que os ha profanado?
¡Qué! ¿Podríais tener un instante de remordimiento?
¿Acaso se puede engañar a ese aborto bonachón,
eunuco, supongo, de espíritu y de cuerpo,
a quien me sorprendería mucho que dejara descendencia?
Miradlo, señora, tiene los ojos agujereados
como dos pequeños hoyos en una cuba de resina.
Sus miembros son demasiado cortos y parecen mal formados,
y su vientre asombroso, en el que se hunde su pecho,
en toda ocasión ha de molestarle mucho.
Cuando cena, se cuelga la servilleta al cuello
para no manchar el pechera de su camisa
que además ha salpicado de tabaco, pues aspira rapé.
Una vez en el salón se sienta aparte,
solo en un rincón oscuro, o bien se va sin pompa
a la cocina junto al fogón bien caliente, pues
sabe que al digerir ronca como un órgano.
Hace juegos de palabras con serenidad;
os llama: «»mi gatita»» y: «»mi palomita amada»»,
y quiere, por toda gloria y toda fama,
ser, en sus diferencias, consultado por los vecinos.
Todos dicen de él que es un buen hombre.
Es ordenado, cuidadoso, sensato, ahorrador,
vigila a la criada y le pellizca la pantorrilla,
pero no va más allá… Ella lo encuentra feo.
Esconde la vela y lleva cuenta del azúcar,
con gusto se pondría a remendar sus calcetines
y, aunque tenga muy fuerte en el corazón el amor al lucro,
es posible que también os ame. En todo caso
no os comprende más que un asno un poema.
Vive a vuestro lado, y no con vosotros,
y si de pronto le dijera que os amo,
tal vez estaría más halagado que celoso.
Soplad, henchid de viento a ese gendarme de cartón,
espantajo grotesco que sobre el amor se encarama,
como se pone en un árbol un muñeco de madera
del que los pájaros solo tienen miedo la primera vez.
Pronto os tendré entre mis brazos, apresada;
vamos el uno hacia el otro irresistiblemente.
Que quede entre nosotros dos, ese buen hombre vejiga,
lo haremos reventar en un abrazo.
Guy de Maupassant
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-conminacion-sin-respeto-guy-de-maupassant/
