Toda morada es exilio; las aldeas campestres,
sin puertas ni suelos, sin puertas ni ventanas,
presentan un aspecto horrible, como el cuerpo muerto
muestra, al mostrar los huesos, que alguien le hace daño.
Los lobos y los zorros y las bestias salvajes
ocupan el lugar de los humanos, poseen las aldeas,
de modo que en el mismo lugar donde, en paz, se tuvo cuidado
de guardar el pan, se recoge el heno.
Si el campesino puede robarse a sí mismo
algún grano escondido con extremo esfuerzo,
esperando sin esperanza el fin de sus desgracias,
entonces se puede ver acoplar tropa de labradores,
y con una reja atada abrir paso en la tierra
para sembrar allí el trigo, el sustento de la guerra;
y luego, el año siguiente, los miserables ojos
que del sudor de la frente goteaban, laboriosos,
cuando, sometidos al yugo de las más serviles bestias,
atados como bueyes, se acoplaban por cabezas,
viendo de un extranjero la rapaz mano
que les quita la vida y la esperanza y el grano.
Entonces, bañados en llanto, a los bosques vuelven;
en los ciegos peñascos los afligidos moran;
van sufriendo el hambre, que llevan dulcemente,
en comparación del displacer y tormento infernal
que sintieron antaño, cuando sus casas llenas
de demonios encarnizados, sepulcros de sus vidas,
les servían de grilletes, o colgados por los dedos
a cordeles cortantes, o atados al madero
y echados en el fuego, o con grasas llameantes
los cuerpos desnudos atenazados, o las quejas urgentes
de sus hijos colgados por los pies, arrancados
del pecho que asían, de los pezones secos;
o bien, cuando del soldado la dieta enloquecida
quitaba en lugar de pan de su huésped la vida,
vengado, pero no saciado, padre y madre heridos
dejaban en las cunas a niños tan pequeños
que encerrados en pañales, prisioneros en su lecho,
morían por el hambre: de la inocente boca
el alma quejumbrosa iba a un lugar más dichoso
a hacer estallar su clamor en el gran trono de Dios,
mientras que los Reyes, adornados con su sustancia,
en pompas y festines engañaban su conciencia,
engrosaban su grandeza con las ruinas ajenas,
gordos del jugo inocente, divirtiéndose con la aflicción,
estúpidos, sin gustar ni piedad ni maravillas,
para los llantos y los gritos sin ojos y sin oídos…
Théodore Agrippa d’Aubigné
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-miserias-theodore-agrippa-d-aubigne/
