Con sus largos coches fúnebres
Adornados de plumas mayúsculas,
Por las mañanas, en las nieblas,
La muerte circula.
Ataviada y negra y opulenta,
Tambores velados, músicas lentas,
Con sus largos coches fúnebres,
Flanqueados por cuatro lampadarios,
La Muerte se despliega y se exagera.
Semejantes a los tesoros nocturnos,
Los grandes ataúdes blasonados
– Lágrimas de plata y blasones de oro –
Escuchan la hora deslumbrante de los tañidos
Que las campanas lanzan, allá lejos:
La hora que cae, con saltos
Y sollozos, sobre las casas,
La hora que muere sobre las moradas,
Con saltos y sollozos de plomo.
Ataviada y negra y opulenta,
Al grito de los órganos violentos
Que la celebran,
La muerte toda en tinieblas
Reina, como un ídolo sentado,
Bajo la cúpula de las iglesias.
Fuegos, retorcidos como hidras,
Se erizan alrededor del catafalco inmenso
Donde ángeles, sosteniendo hoces y lágrimas,
Yerguen su vehemencia,
Clarines enhiestos, hacia la nada.
El vacío se agranda bajo el crucero abierto
Altas voces de niños
Lanzan hacia las misericordias
Gritos retorcidos como cuerdas,
Mientras que las viejas murallas
Suben, como sudarios blancos,
Alrededor del bloque formidable y tambaleante
De estas masivas exequias.
Envuelta en negro y familiar,
La Muerte se va por las calles
Largas y lineales.
Envuelta en negro, como la noche,
La vieja Muerte agresiva y huraña
Se va por los barrios
De las tiendas y los oficios,
En carroza que se realza
Con gruesos artesonados exorbitantes,
Color de desgaste y de antiguo tiempo.
Envuelta en negro, la Muerte
Quebrando, entre sus manos, la suerte
De las gentes meticulosas y reflexivas
Que se extenúan, en sus moradas,
Vanamente, por hacer fortuna,
La Muerte súbita e inoportuna
Los pone en orden en sus féretros
Como en casillas regulares.
Y las campanas suenan penosamente
Un desdichado entierro,
Sobre el difunto, al que se transporta,
Por las iglesias colosales,
Hacia un rincón de sombra, donde algunas velas
Pobres llamas, arden, ante la Virgen
Vestida de negro y menesterosa,
La Muerte llega hasta los arrabales,
En carro tambaleante y pesado,
Con viejas jamelgas
Que fustiga
Cada mañana, ¿hacia qué destinos?
Vestida de negro,
La Muerte salva la acera
Y la cloaca pálida, donde se miran los hitos,
Que van allá lejos, uno a uno, hacia los campos mustios;
Y ágil y ruda y desdeñosa
Llega a las escaleras y se detiene en los descansillos
Donde se oye llorar y sollozar,
Detrás de la puerta entreabierta,
A gentes que dejan caer la esperanza,
Inerte.
Y bajo la lluvia indefinida,
Una pequeña iglesia de suburbio,
Muy mezquinamente, tañe un adiós,
Sobre el féretro de abeto blanco
Que se acerca, con gentes dolientes,
Por las rutas, silenciosamente.
Tal la Muerte cotidiana y lógica
Que hace su obra y la marca de cruz
Y de adioses mustios y de voces
Gritando hacia lo desconocido las esperanzas litúrgicas.
Pero otras veces, es la Muerte grande y su
Con su ala a lo lejos remendando,
Hacia las ciudades del espanto.
Un cielo extraño y rojizo quema la tierra húmeda
Las torres negras se estiran rectas
Cual brazos, en el terror de las criaturas
Las noches caen como espesadas,
Las noches pesadas, las noches mohosas,
Donde, en el aire graso y el calor rancio,
Carretas llenas, la Muerte circula.
Amplia y gigante como la sombra,
De arriba abajo de las casas sombrías,
Se la escucha deslizarse, rápida y jadeante.
El miedo del día que viene, el miedo de toda espera,
El miedo de todo instante que se dispara,
Persigue los corazones, por doquier,
Y endereza, de pronto, en su sudor, de pie
A los que, hacia la medianoche, piensan en la mañana
Los hospitales hinchados de enfermedades,
Con los ojos febriles de sus ventanas rojas
Miran el cielo turbio, donde nada se mueve
Ni responde a las angustias crecidas.
Las cloacas arrastran el veneno
Y los ácidos y los cloros,
Color de nácar y de fósforo,
Vanamente matan su floración.
Graves bordones resuenan
Para todos, para nadie
Las iglesias barricadan su umbral,
Ante la masa de los féretros.
Y se oye, en galopes desesperados,
La muerte pasar y los ataúdes que se transportan
A las necrópolis, cuyas puertas,
Ni noche ni día, ya no cierran.
Trágica y negra y legendaria,
Los pies pegajosos, los gestos locos,
La Muerte barre en un gran hoyo
La ciudad entera hacia el cementerio.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-muerte-emile-verhaeren/
