La cuba

Poema de Auguste Barbier Colección Lambes y PoemasÉpoca Siglo XIX

Hay, hay sobre la tierra una cuba infernal,
Se la llama París; es una vasta estufa,
Una fosa de piedra de inmensos contornos
Que un agua amarilla y terrosa encierra a triples vueltas
Es un volcán humeante y siempre en aliento
Que remueve en largos flujos la materia humana;
Un precipicio abierto a la corrupción,
Donde el fango desciende de toda nación,
Y que de tiempo en tiempo, lleno de un cieno inmundo,
Levantando sus hervores, desborda sobre el mundo.

Allí, en ese hoyo cenagoso, el tímido sol
Viene rara vez a posar un pie blanco y bermejo;
Allí, los zumbidos noche y día en la bruma
Suben sobre la ciudad como una vasta espuma;
Allí, nadie duerme, allí, siempre el cerebro
Trabaja, y, como el arco, tensa su ruda cuerda.
Se vive uno de cada tres, se muere de libertinaje;
Jamás, la frente untada, la muerte te siega allí,
Pues los santos monumentos no quedan en ese lugar
Sino para decir: Antaño existía un Dios.

Allí, tantos altares en pie han rodado de sus bases,
Tantos astros han palidecido sin acabar sus fases,
Tantos cultos nacientes han caído sin madurar,
Tantas grandes virtudes, allí, vinieron a podrirse,
Tantos carros mortíferos cavaron su surco,
Tantos poderes vergonzosos enrojecieron el polvo,
De revoluciones de vuelo sombrío y potente
Reventaron golpe tras golpe sus nubes de sangre,
Que el hombre, sin saber a qué atar su vida,
Al solo amor del oro se entrega con furia.

¡Miseria! Después de mil años de trastornos,
De sacudidas sin número y de vanos extravíos,
De cultos abolidos y de tronos soberbios
En las arenas perdidos y tendidos entre las hierbas,
El Tiempo, ese viejo corredor, ese anciano sin piedad,
Que va por toda tierra aplastando bajo el pie
Las inmensas ciudades rebosantes de vicios,
El Tiempo, que barrió Roma y sus inmundicias,
Encuentra todavía, después de dos mil años de camino,
Un abismo tan negro como la cuba romana.

Siempre el mismo estruendo, siempre el mismo delirio,
Misma multitud de manos para repartirse el imperio;
Siempre el mismo rebaño de pálidos senadores,
Mismos flujos de intrigantes y de viles corruptores,
Misma burla del sacerdote y de los oráculos,
Mismo apetito de juegos, misma sed de espectáculos;
Siempre mismo impudor, mismo lujo descarado,
En lo alto y lo bajo misma inmoralidad,
Mismos desbordamientos, mismos crímenes enormes,
Menos el aire de Italia y la belleza de las formas.

La raza de París es el pálido golfo
De cuerpo raquítico, de tez amarilla como un viejo sueldo;
Es ese niño chillón que se ve a toda hora
Perezoso y callejeando, y lejos de su morada
Golpeando a los flacos perros, o a lo largo de los grandes muros
Embadiendo silbando mil croquis impuros;
Ese niño no cree, escupe sobre su madre,
El nombre del cielo para él no es más que una farsa amarga;
Es el libertinaje en fin en resumen;
Sobre una frente de quince años es el vicio endurecido.

Y sin embargo es valiente, afronta el rayo,
Como un viejo granadero come pólvora,
Se lanza al cañón gritando: ¡Libertad!
Bajo la bala y el hierro cae con belleza.
Pero que el Motín también pase ante su puerta,
De repente el instinto del mal lo agarra y lo arrastra,
Helo ahí engrosando las bandas de bribones,
Molestando el reposo de los temblorosos ciudadanos,
Y aullando, y la frente embadurnada de polvo,
Dispuesto a lanzar a Dios la blasfemia y la piedra.

¡Oh raza de París, raza de corazón depravado,
Raza ardiente en mover hierro o adoquín!
¡Mar, cuya gran voz hace temblar sobre los tronos,
Como a febricitantes, a todos los portadores de coronas!
¡Ola audaz que tres días va a batir los cielos,
Y que recae después, plana y silenciosa!
¡Raza única en este mundo! espantoso ensamblaje
De los impulsos del joven y de los crímenes de la edad;
Raza que juega con el mal y la muerte,
¡El mundo entero te admira y no te comprende!

Hay, hay sobre la tierra una cuba infernal,
Se la llama París; es una vasta estufa,
Una fosa de piedra de inmensos contornos
Que un agua amarilla y terrosa encierra a triples vueltas
Es un volcán humeante y siempre en aliento
Que remueve en largos flujos la materia humana;
Un precipicio abierto a la corrupción,
Donde el fango desciende de toda nación,
Y que de tiempo en tiempo, lleno de un cieno inmundo,
Levantando sus hervores, desborda sobre el mundo.

Auguste Barbier

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-cuba-auguste-barbier/