La curée

Poema de Auguste Barbier Colección Lambes y PoemasÉpoca Siglo XIX

I

¡Oh! cuando un sol pesado calentaba las grandes losas
De los puentes y de nuestros muelles desiertos,
cuando las campanas aullaban, cuando el granizo de las balas
silbaba y llovía por los aires;
cuando en París entero, como la mar que sube,
el pueblo sublevado rugía,
y al acento lúgubre de los viejos cañones de fundición
respondía la Marsellesa,
ciertamente, no se veían, como en el día en que estamos,
tantos uniformes a la vez;
era bajo harapos donde latían corazones de hombre,
eran entonces sucios dedos
los que cargaban los mosquetes y devolvían el rayo;
era la boca de viles juramentos
la que masticaba el cartucho, y que, negra de pólvora,
gritaba a los ciudadanos: ¡Muramos!

II

En cuanto a todos esos petimetres de tricolores llamas,
de blanca ropa, de levita elegante,
esos hombres en corsé, esos rostros de mujeres,
héroes del bulevar de Gante,
¿qué hacían, mientras entre la metralla,
y bajo el sable detestado,
la gran plebe y la santa canalla
se lanzaban a la inmortalidad?
Mientras todo París se cubría de maravillas,
esos señores temblaban en su pellejo,
pálidos, sudando miedo, y la mano en las orejas,
agachados detrás de una cortina.

III

Es que la Libertad no es una condesa
del noble arrabal de Saint-Germain,
una mujer a la que un grito hace caer desmayada,
que usa blanco y carmín;
es una mujer fuerte de poderosas mamas,
de voz ronca, de duros atractivos,
que, morena de piel, fuego en las pupilas,
ágil y andando a grandes pasos,
se complace en los gritos del pueblo, en las sangrientas refriegas,
en los largos redobles de los tambores,
en el olor de la pólvora, en las lejanas descargas
de las campanas y de los sordos cañones;
que no toma sus amores sino en la plebe,
que no presta su ancho costado
sino a gente fuerte como ella, y que quiere que se la abrace
con brazos rojos de sangre.

IV

Es la virgen fogosa, hija de la Bastilla,
que antaño, cuando apareció
con su aire audaz, sus modales de muchacha,
durante cinco años puso a todo el pueblo en celo;
que, más tarde, entonando una marcha guerrera,
cansada de sus primeros amantes,
arrojó su gorro, y se hizo cantinera
de un capitán de veinte años.
Es esta mujer, en fin, que, siempre bella y desnuda,
con la banda de tres colores,
de nuevo aparecida en nuestras murallas ametralladas,
acaba de secar nuestros ojos en llanto,
de poner en tres días una alta corona
en las manos de los franceses sublevados,
de aplastar un ejército y de triturar un trono
con algunos montones de adoquines.

V

Pero, ¡oh vergüenza! París, tan bello en su cólera,
París, tan lleno de majestad
en aquel día de tempestad en que el viento popular
desarraigó la realeza,
París, tan magnífico con sus funerales,
sus despojos de hombres, sus tumbas,
sus caminos desempedrados y sus paños de murallas
agujereados como viejos estandartes;
París, esta ciudad ceñida toda de laureles,
de la que el mundo entero está celoso,
a la que los pueblos conmovidos llaman todos la santa,
y a la que no nombran sino de rodillas,
París no es ahora más que una cloaca impura,
un albañal sórdido y fangoso,
donde mil negras corrientes de limo y de inmundicia
vienen a arrastrarse en sus olas vergonzosas;
una zahúrda rebosante de lacayos sin coraje,
de desvergonzados correveidiles de salones,
que van de puerta en puerta, y de piso en piso,
mendigando algún trozo de galones;
una lonja cínica de insolentes clamores,
donde cada uno busca desgarrar
un mísero trozo de guiñapos sangrientos
del poder que acaba de expirar.

VI

Así, cuando, abandonando su solitaria guarida,
el jabalí, herido de muerte,
está ahí, todo palpitante, tendido sobre la tierra,
y bajo el sol que lo muerde;
cuando, blanco de espuma y la lengua fuera,
sin moverse ya en sus ligaduras,
muere, y la trompa ha tocado la curée
a toda la jauría de perros,
toda la jauría, entonces, como una ola inmensa,
salta; entonces cada mastín
aúlla en señal de alegría, y prepara de antemano
sus anchos colmillos para el festín;
y luego llega la muchedumbre, y los ladridos feroces
ruedan de valle en valle;
perros corrientes y sabuesos, y dogos, y molosos,
todo se lanza, y todo grita: ¡Vamos!
Cuando el jabalí cae y rueda por la arena,
¡vamos, vamos! ¡los perros son reyes!
El cadáver es nuestro; paguémonos nuestro esfuerzo,
nuestros mordiscos y nuestros ladridos.
¡Vamos! ya no tenemos lacayo que nos azote
y que se cuelgue de nuestro cuello:
sangre caliente, carne, vamos, hagamos comilona,
y hartémonos hasta saciarnos.
Y todos, como obreros a los que se pone a la tarea,
escudriñan sus flancos a hocico lleno,
y con la uña y los dientes trabajan sin descanso,
pues cada uno quiere un pedazo;
pues es preciso que al perrero cada uno de ellos vuelva
con un hueso a medio roer,
y que, encontrando en el umbral a su orgullosa perra,
celosa y el pelo erizado,
le muestre su hocico aún rojo, y que gruñe,
su hueso detenido en los dientes,
y le grite, arrojando su trozo de carroña:
«He aquí mi parte de realeza».

Agosto de 1830.

Auguste Barbier

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/la-curee-auguste-barbier/