¿Quién no corre tras la Fortuna?
Yo quisiera estar en un lugar desde donde pudiese fácilmente
contemplar la molesta multitud
de los que buscan en vano
a esa hija del destino de reino en reino,
fieles cortesanos de un fantasma voluble.
Cuando están cerca del buen momento,
la inconstante escapa al punto a sus deseos:
pobre gente, los compadezco, pues se tiene por los locos
más piedad que cólera.
Ese hombre, dicen, era plantador de coles,
y hétele aquí convertido en papa:
¿no valemos nosotros tanto como él? – Valéis cien veces más;
pero ¿de qué os sirve vuestro mérito?
¿Tiene ojos la Fortuna?
Y además, ¿vale el papado lo que se deja,
el reposo, el reposo, tesoro tan precioso
que antaño se hacía el reparto de los Dioses?
Rara vez la Fortuna lo deja a sus huéspedes.
No busquéis a esa Diosa,
ella os buscará; su sexo hace así.
Cierta pareja de amigos establecida en una aldea
poseía algún bien: uno suspiraba sin cesar
por la Fortuna; dijo al otro un día:
¿Y si dejáramos nuestra morada?
Sabéis que nadie es profeta
en su tierra: busquemos nuestra aventura en otra parte.
– Buscad, dijo el otro amigo, por mí no deseo
ni climas ni destinos mejores.
Contentaos; seguid vuestro humor inquieto;
pronto volveréis. Yo hago voto, entretanto,
de dormir mientras os espero.
El ambicioso, o, si se quiere, el avaro,
se va por vías y caminos.
Llegó al día siguiente
a un lugar que la Diosa caprichosa debía
frecuentar sobre todo otro; y ese lugar es la corte.
Allí, pues, por algún tiempo fija su estancia,
hallándose en el acostarse, en el levantarse, a esas horas
que se sabe son las mejores;Bref, hallándose en todo, y no llegando a nada.
¿Qué es esto? se dice, busquemos en otra parte el bien.
La Fortuna, sin embargo, habita esas moradas.
La veo todos los días entrar en casa de este,
en casa de aquel; ¿de dónde viene que también
yo no pueda hospedar a esa caprichosa?
Bien me lo habían dicho, que de la gente de ese lugar
no siempre se ama el humor ambicioso.
Adiós señores de corte; señores de corte adiós:
seguid hasta el fin una sombra que os halaga.
La Fortuna tiene, dicen, templos en Surate;
vamos allá. Fue decir esto y embarcarse.
Almas de bronce, humanos, aquel sin duda
estaba armado de diamante, que tentó esa ruta,
y el primero osó desafiar el abismo.
Este, durante su viaje,
volvió los ojos hacia su aldea
más de una vez, enjugando los peligros
de los piratas, de los vientos, de la calma y de las rocas,
ministros de la muerte. Con muchas penas
se va a buscarla a lejanas riberas,
teniéndola bastante pronto sin salir de casa.
El hombre llega al Mogol; le dicen que en el Japón
la Fortuna por entonces distribuía sus gracias.
Allá corre; los mares estaban cansados
de llevarlo; y todo el fruto
que sacó de sus largos viajes,fue esta lección que dan los salvajes:
Permanece en tu país, por la naturaleza instruido.
El Japón no fue más dichoso para ese hombre
que lo había sido el Mogol;
lo que le hizo concluir en suma
que había dejado su aldea con gran error.
Renuncia a las ingratas correrías,
vuelve a su país, ve de lejos sus penates,
llora de alegría, y dice: Dichoso quien vive en su casa;
haciendo todo su empleo de regular sus deseos.
No sabe sino por oídas
qué es la corte, el mar, y tu imperio,
Fortuna, que nos haces pasar ante los ojos
dignidades, bienes, que hasta el fin del mundo
se siguen, sin que el efecto responda a las promesas.
En adelante no me muevo, y haré cien veces mejor.
Razonando de esta suerte,
y habiendo tomado contra la Fortuna este consejo,
la encuentra sentada a la puerta
de su amigo sumido en un profundo sueño.
Jean de La Fontaine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/fabula-el-hombre-que-corre-tras-la-fortuna-y-el-hombre-que-la-espera-jean-de-la-fontaine/
