Vivían labradores pacíficos y contentos
en un rico y populoso lugar;
desde el alba iban a trabajar a sus campos,
por la tarde volvían cantando
al seno de un tranquilo hogar;
y la naturaleza, buena y sabia,
como premio de sus trabajos, les daba cada año
hermosos trigos y hermosos niños.
Pero hay que sufrir, ese es nuestro destino.
Sucedió, pues, que un año,
en el mes en que el rubio Febo
va a visitar al ardiente Sirio,
la tierra, agotada de sus jugos,
abriendo por todas partes su seno,
jadeaba bajo un cielo de bronce.
Ni lluvia ni rocío.
Sobre un suelo agrietado se ve ennegrecer el grano,
las espigas están quemadas, y sus cabezas inclinadas
caen sobre sus tallos secos.
Se temió morir de hambre;
la comunidad se reúne. Aprisa se delibera;
y cada cual, como de costumbre,
habla mucho y no dice nada.
En fin, algunos ancianos, gente de sentido y de ingenio,
propusieron una sabia medida:
amigos míos, dijeron, desde aquí podéis ver
esa montaña poco distante del lugar;
allí hay un gran lago, inmenso depósito
de las aguas subterráneas que se abren paso hasta él.
Id a sangrar ese lago; pero sabed dosificar
un pequeño número de sangrías,
a fin de que, a voluntad, podáis dirigir
esas benéficas aguas a vuestras tierras bañadas.
Justo cuando sea necesario las detendremos.
Guardaos bien al menos… sí, sí, corramos,
corramos,
exclama al punto la asamblea.
Y he aquí a mil jóvenes
armados de azadas, de picos y de otros instrumentos,
que vuelan hacia el lago: la tierra es trabajada
alrededor de sus bordes; se perfora en cien sitios
a la vez;
de un trozo de terreno cada obrero se encarga:
¡ánimo! ¡Vamos! ¡Nada de reposo!
La abertura nunca puede ser bastante ancha.
Aquello quedó pronto hecho. Antes de la noche, las aguas,
cayendo con todo su peso sobre su dique debilitado,
ruedan por doquier a grandes olas.
Transportes y cumplidos de la tropa asombrada,
que se admira en sus trabajos.
A la mañana siguiente no fue lo mismo:
se ven flotar los trigos sobre un océano de agua;
para salir del lugar hay que tomar una barca;
todo está perdido, anegado. El dolor es extremo,
se culpa a los ancianos: vosotros, les
decían,
nos costáis nuestra cosecha;
vuestro maldito consejo… era saludable,
respondió uno de ellos; pero lo que acaba de hacerse
está muy lejos del consejo como de la razón.
Queríamos un poco de agua, y nos soltáis la compuerta;
el exceso de un gran bien se vuelve un mal muy grande:
el sabio riega suavemente,
el insensato de golpe inunda.
Florian
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/fabula-la-inundacion-jean-pierre-claris-de-florian/
