Llevo la muerte en mí, no la muerte lejana,
la que se supone y que ha de venir,
sino la muerte ya fijada y cercana,
y sé el punto del que voy a perecer.
Está ahí, siento su labor apacible
que hasta ahora no es dolorosa,
pero dentro de unos meses se volverá terrible;
he visto morir, ¡moriré como ellos!
Es un poco de peso, de tensión, de molestia,
una pena breve, un tirón,
un poco de dolor sordo y subterráneo,
seguido al instante de adormecimiento;
Es poco, no es nada, ni siquiera un estorbo,
sin embargo esa pena tiene no sé qué
de dominador, de vital, de grave,
en lo que se aprieta el gran desconsuelo;
Una herramienta mortal hace en mí su obra,
y sé el tiempo que tarda en acabar
la mano que la sostiene y la maneja;
tengo cuatro o cinco meses aún para morir;
tengo cuatro o cinco meses para poder todavía
oír la risa y las palabras humanas;
podría contar lo que cada aurora
me deja de días vivos en las manos.
Ya el Universo se aleja y retrocede,
lo veo confuso como un fondo de mar;
soy yo quien derrama el pesado crepúsculo
donde la inmensidad de las cosas se pierde.
Llevo en mí mismo una noche profunda,
que será sin fin, y dentro de poco tiempo
desbordando de mí cubrirá el mundo;
la siento llenar mi ser: ¡espero!
No sin rebelión y sin amargura
moriré; amaba la luz, el arte,
los hombres a los que el corazón se acostumbra,
las fiestas siempre nuevas de la mirada;
había intentado hacerme un alma
con un poco de bondad, un poco de saber;
era, lo quiero, una pobre llama
pero donde se depuraba el brillo del Deber.
¡Instante temible! ¡Caer de la cima
donde el Yo se sabe, y crea un querer
como un cristal, en el innoble abismo
de lo inconsciente y de la nada negra!
Sobre todo, siento la sombría cólera
del crimen por el que perece arrebatado
el ser que consagró el augusto misterio,
¡el sublime esfuerzo de haber existido!
Todavía no sufro sino por el pensamiento
del próximo adiós que va a cumplirse;
pero dentro de unos días habrá comenzado
la agonía horrible en que he de acabar.
Sé lo que es; es espantosa;
el suplicio más largo y más cruel
junto a ella es dulce; no soy culpable
sino de haber nacido hombre y de ser mortal.
Intentaré sin embargo tener valor,
apretar los dientes, guardar mis gritos,
seguiré a la muerte en su sombría tarea,
ocultando mi derrota con mi desprecio.
Si muero así como lo deseo,
tendré en mi labio un rictus de orgullo,
cuando el carpintero clave sobre mi cabeza
la tapa oscura y pesada del ataúd.
Auguste Angellier
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-morir-decentemente-auguste-angellier/
