Fiero de una falsa libertad,
sexo que os creéis el dueño,
sed al menos digno de serlo.
Justificad vuestro orgullo;
y luego será cosa nuestra,
cuando lo hayáis bien merecido,
superaros para agradaros.
Perdonadme esta candidez,
que puede pareceros un ultraje,
pero que cuadra a mi humor.
Viva, independiente y voluble,
mi pluma obedece a mi corazón.
Disertar es vuestro lote:
es muy noble, sin duda;
el nuestro es el entretenimiento,
que, probando menos, vale más
que vuestro más grave argumento;
respondemos jugando,
con una palabra de zumba.
Nuestro frívolo Areópago
da leyes a vuestros Héroes,
y ocultamos vuestros negros despachos
bajo los pompones de la burla.
Vosotros lucháis mucho mejor que nosotras;
sabéis manejar las armas:
un gran sable tiene para vosotros encantos,
en vosotros la fuerza ayuda a la ira.
Sí, señores, me atreveré a decirlo,
desde hace mucho se sabe;
de ella viene vuestro imperio;
el nuestro, es verdad, no está ahí.
El cielo también nos compensa.
Si la fuerza falta a nuestros deseos,
en nuestros corazones pone el valor;
¡cuán horribles son nuestros combates!
En esas llanuras que Marte asuela,
los vuestros son menos dolorosos;
y el enemigo que debéis temer,
sin saber ni agradar ni fingir,
menos querido, es mucho menos peligroso.
¿Os hace falta devorar lágrimas,
resistir a vuestro vencedor?
Sin vergüenza, rendís las armas.
Pero, bajo una dulzura fingida,
cuando el Amor hiere nuestro corazón,
demasiado sinceras para no creer,
llorando la pena o la dicha,
y la derrota y la victoria,
y el triunfo del honor,
o la pérdida de nuestra gloria,
encontramos en todas partes la desdicha.
¿Sabéis vencer a la Naturaleza?
¿Conocéis todos esos tormentos,
vosotros, esclavos de vuestras inclinaciones,
vosotros, a quienes la impunidad tranquiliza?
Me equivoco, os condeno en vano;
todos mis reproches son crímenes:
¿no tenéis vuestro latín,
que os convierte en seres sublimes?
Sí, señores; el sexo charlatán
todo se lo debe al sexo razonador.
Muy dichosas, soy sincera,
de que semidioses como vosotros
se dignen descender hasta nosotras
y humanizarse para agradarnos.
¡Filósofos, pensadores,
geómetras, doctores,
cuyos discursos son admirables
y cuyos escritos son inexplicables,
ocuparse de lindos niños!
¡Perder a veces el juicio por ellos!
¡Girar sin cesar en torno nuestro,
rebajarse a nuestra flaqueza…!
Tal es, sin embargo, nuestro poder.
Que la Naturaleza forme a un sabio,
y si el sabio viene a vernos,
¿reconoce ella su obra?
En fin, todo adora nuestros hierros;
todo sigue el instinto que nos guía:
por nuestras gracias, por nuestros extravíos,
si se quiere, por nuestro vértigo,
encadenamos este universo.
Le probamos, gracias al prestigio,
que al bosquejaros antes que a nosotras,
el Cielo, celoso de nuestro honor,
para el final guardó su prodigio,
y que la mano del Creador
empezó aprisa por el tallo,
para dedicar sus cuidados a la flor.
fanny-de-beauharnais
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-los-hombres-fanny-de-beauharnais/
