A la Malibran

Poema de Alfred De Musset Colección Poesías nuevasÉpoca Siglo XIX

Estancias

I

Sin duda es demasiado tarde para hablar aún de ella;
Desde que ya no está, quince días han pasado,
Y en este país, quince días, lo sé,
Hacen de una muerte reciente una vieja noticia.
Con cualquier nombre que el pesar se llame,
El hombre, en cualquier país, pronto se cansa.

II

¡Oh Maria-Felicia! el pintor y el poeta
Dejan, al expirar, inmortales herederos;
Jamás la horrible noche los toma por entero.
A falta de acción, su gran alma inquieta
De la muerte y del tiempo emprende la conquista,
Y, golpeados en la lucha, caen como guerreros.

III

Aquel sobre el bronce ha grabado su pensamiento;
En un ritmo dorado el otro lo ha cadencido;
Desde que se le escucha, se le vuelve amigo.
Sobre su tela, al morir, Rafael la ha dejado,
Y para que la nada no lo toque,
Basta un niño sobre su madre dormida.

IV

Como en una lámpara una llama fiel,
En el fondo del Partenón el mármol inhabitado
Guarda de Fidias la memoria eterna,
Y la joven Venus, hija de Praxíteles,
Sonríe aún, de pie en su divinidad,
A los siglos impotentes que su belleza ha vencido.

V

Recibiendo de edad en edad una nueva vida,
Así van a Dios las glorias de antaño;
Así el vasto eco de la voz del genio
Se vuelve del género humano la voz universal…
¡Y de ti, muerta ayer, de ti, pobre Marie,
En el fondo de una capilla nos queda una cruz!

VI

¡Una cruz! ¡Y el olvido, la noche y el silencio!
¡Escuchad! Es el viento, es el océano inmenso;
Es un pescador que canta al borde del gran camino.
Y de tanta belleza, de gloria y de esperanza,
De tantos acordes tan dulces de un instrumento divino,
¡Ni un débil suspiro, ni un eco lejano!

VII

¡Una cruz! Y tu nombre escrito sobre una piedra,
Ni siquiera el tuyo, sino el de un esposo,
He ahí lo que tras de ti dejas en la tierra;
Y los que vayan a verte a tu última morada,
No encontrando allí ese nombre que nos fue amado,
No sabrán para rezar dónde poner las rodillas.

VIII

¡Oh Ninette! ¿Dónde están, bella musa adorada,
Esos acentos llenos de amor, de encanto y de terror,
Que revoloteaban por la noche en tu labio inspirado,
Como un perfume ligero sobre el espino en flor?
¿Dónde vibra ahora esa voz plañidera,
Esa arpa viviente atada a tu corazón?

IX

¿No era ayer, muchacha alegre y loca,
Que tu vena burlona animaba a Corilla,
Y que nos lanzabas con la Rosina
La roulade amorosa y la mirada española?
Esas lágrimas sobre tus brazos desnudos, cuando cantabas el Sauce,
¿No era ayer, pálida Desdémona?

X

¿No era ayer que en la flor de tu edad
Recorrías Europa, una lira en la mano;
En el mar, riendo, echándote a nadar,
Cantando la tarantela bajo el cielo napolitano,
Corazón de ángel y de león, libre pájaro de paso,
Traviesa niña esta noche, santa artista mañana?

XI

¿No era ayer que embriagada y bendecida
Arrastrabas tras tu carro a un pueblo transportado,
Y que Londres y Madrid, Francia e Italia,
Traían a tus pies ese oro tan codiciado,
Ese oro dos veces sagrado que pagaba tu genio,
Y que a tus pies a menudo dejaba tu caridad?

XII

¿Qué has hecho para morir, oh noble criatura,
Bella imagen de Dios, que dabas en el camino
Al rico un poco de alegría, al desdichado pan?
¡Ah! ¿Quién golpea así en la madre naturaleza,
Y qué segador ciego, hambriento de pasto,
Sobre los mejores de nosotros osa poner la mano?

XIII

¿No le basta, pues, al ángel de las tinieblas
Que apenas de este tiempo nos quede un gran nombre?
Que Géricault, Cuvier, Schiller, Goethe y Byron
Duerman desde ayer bajo las losas funerarias,
Y que hayamos visto a tantos otros muertos célebres
En el abismo entreabierto seguir a Napoleón?

XIV

¿Hemos de perder aún nuestras cabezas más queridas,
Y venir llorando a cerrarles los párpados,
En cuanto un rayo de esperanza ha brillado en sus ojos?
¿Se vuelve el cielo envidioso de sus elegidos?
¿O hay que creer, ay, lo que decían nuestros padres,
Que cuando se muere tan joven se es amado de los dioses?

XV

¡Ah! ¡Cuántos, desde hace poco, se han ido llenos de vida!
¡Bajo los viejos cipreses, cuántos nuevos sauces!
Apenas enfriada la ceniza de Robert,
¡Bellini cae y muere! – Una lenta agonía
Arrastra a Carrel sangrante al eterno reposo.
El umbral de nuestro siglo está pavimentado de tumbas.

XVI

¿Qué nos quedará si la sombra insaciable,
En cuanto construimos, viene a sepultarlo todo?
Nosotros, que ya sentimos el suelo tan variable,
Y, sobre tantos escombros, caminamos hacia el porvenir,
Si el viento, bajo nuestros pasos, barre así la arena,
¿De qué luto quiere el Señor vestirnos?

XVII

¡Ay! Marietta, aún nos quedabas.
Cuando, sobre el surco, el pájaro canta al alba,
El labrador se detiene, y, con la frente sudorosa,
Aspira en el aire puro un soplo de felicidad.
Así nos consolaba tu voz fresca y sonora,
Y tus cantos en los cielos se llevaban el dolor.

XVIII

Lo que hemos de llorar sobre tu tumba prematura,
No es el arte divino, ni sus sabios secretos:
Algún otro estudiará ese arte que tú creabas;
Es tu alma, Ninette, y tu grandeza ingenua,
Es esa voz del corazón que solo al corazón llega,
Que ningún otro, después de ti, nos devolverá jamás.

XIX

¡Ah! Aún vivirías sin esa alma indomable.
Ese fue tu único mal, y la secreta carga
Bajo la cual tu bello cuerpo se dobló como un junco.
Soportó largo tiempo la lucha inexorable.
Es el Dios todopoderoso, es la Musa implacable
Quien en sus brazos de fuego te ha llevado al sepulcro.

XX

¡Por qué no ahogabas esa llama ardiente
Que tu pecho palpitante no podía contener!
Vivirías, verías seguirte y aplaudirte
De ese público hastiado la muchedumbre indiferente,
Que prodiga hoy su favor inconstante
A gentes de las que ni una, ciertamente, ha de morir por ello.

XXI

¿Conocías tan poco la ingratitud humana?
¿Qué sueño hiciste, pues, para matarte por ellos?
¿Unos ramos de flores te volvían tan vana,
Para venir a derramar verdaderas lágrimas en la escena,
Cuando tantos histriones y artistas famosos,
Coronados mil veces, no las tienen en los ojos?

XXII

¿Por qué no apartabas la cabeza para sonreír,
Como se acostumbra aquí cuando se finge estar conmovido?
Ay, se te amaba tanto, que no se habría visto nada.
Cuando cantabas el Sauce, en lugar de ese delirio,
¿Por qué no te ocupabas en llevar bien tu lira?
La Pasta hace así: ¿por qué no la imitabas?

XXIII

¿No sabías, pues, comediante imprudente,
Que esos gritos insensatos que te salían del corazón
De tu mejilla enflaquecida aumentaban la palidez?
¿No sabías, pues, que, sobre tu sien ardiente,
Tu mano de día en día se posaba más temblorosa,
Y que es tentar a Dios amar el dolor?

XXIV

¿No sentías, pues, que tu bella juventud
De tus ojos fatigados se escapaba en arroyos,
Y de tu noble corazón se exhalaba en sollozos?
Cuando de los que te amaban veías la tristeza,
¿No sentías, pues, que una fatal embriaguez
Mecía tu vida errante en sus últimas ramas?

XXV

Sí, sí, lo sabías, que al salir del teatro,
Una noche en tu sudario habrías de acostarte.
Cuando te traían más fría que el alabastro,
Cuando el médico, de tu vena azulada,
Miraba gota a gota una sangre negra derramarse,
Sabías qué mano acababa de tocarte.

XXVI

Sí, sí, lo sabías, y que, en esta vida,
Nada es bueno sino amar, nada es verdad sino sufrir.
Cada noche en tus cantos te sentías palidecer.
Conocías el mundo, y la muchedumbre, y la envidia,
Y, en ese cuerpo roto concentrando tu genio,
Miradas también a la Malibran morir.

XXVII

¡Muere, pues! Tu muerte es dulce, y tu tarea está cumplida.
Lo que el hombre aquí abajo llama el genio,
Es la necesidad de amar; fuera de ahí todo es vano.
Y, puesto que tarde o temprano el amor humano se olvida,
Es propio de una gran alma y de un feliz destino
¡Expirar como tú por un amor divino!

Alfred De Musset

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-la-malibran-alfred-de-musset/