Sí, el Anio murmura todavía
el dulce nombre de Cintia en las rocas de Tíbur,
Vaucluse ha retenido el nombre querido de Laura,
y Ferrara en el siglo futuro
¡murmurará siempre el de Leonor!
¡Dichosa la belleza que el poeta adora!
¡Dichoso el nombre que ha cantado!
Tú, a quien en secreto su culto honra,
¡puedes, puedes morir! en la posteridad
lega a lo que ama una vida eterna,
y la amante y el amante sobre el ala del genio
¡suben, con vuelo igual, a la inmortalidad!
¡Ah! si mi frágil esquife, batido por la tempestad,
gracias a vientos más suaves, pudiera surgir al puerto,
si soles más hermosos se alzaran sobre mi cabeza,
si las lágrimas de una amante, enterneciendo al destino,
alejaran de mi frente las sombras de la muerte.
¿Acaso?… sí, perdona, ¡oh maestro de la lira!
¿Acaso me atrevería, y qué no osa un amante?,
a igualar mi audacia al amor que me inspira,
y, en cantos rivales celebrando mi delirio,
¡dejar también un monumento de nuestro amor!
Así el viajero que en su corto pasaje
se reposa un momento al abrigo del valle,
en el árbol hospitalario cuya sombra gustó
antes de partir, ¡gusta de grabar su nombre!
¿Ves cómo todo cambia o muere en la naturaleza?
La tierra pierde sus frutos, los bosques su adorno;
el río pierde su onda en el vasto seno de los mares;
por un soplo de los vientos la pradera se marchita,
y el carro del otoño, en la pendiente del año,
¡rueda, ya empujado por la mano de los inviernos!
Como un gigante armado de un glaive inevitable,
alcanzando al azar a todos los seres diversos,
el tiempo con la muerte, con vuelo infatigable
¡renueva al huir este universo móvil!
En el eterno olvido cae lo que siega:
¡tal un rápido estío ve caer su corona
en la cesta de los espigadores!
¡Tal un sarmiento amarillento ve al fecundo otoño
entregar sus frutos dorados al carro de los vendimiadores!
¡Caeréis así, cortas flores de la vida!
¡Juventud, amor, placer, fugitiva belleza!
Belleza, presente de un día que el cielo nos envidia,
así caeréis, si la mano del genio
¡no os devuelve la inmortalidad!
Mira con ojo de piedad a la vulgar juventud,
¡brillante de belleza, embriagándose de placer!
Cuando haya secado su copa encantadora,
¿qué quedará de ella? apenas un recuerdo:
la tumba que la espera la engulle por entero,
un silencio eterno sucede a sus amores;
pero los siglos habrán pasado sobre tu polvo,
Elvira, ¡y tú vivirás siempre!
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-elvira-alphonse-de-lamartine/
