Con cólera, con desamparo,
con sus estribillos de cuadrillas,
que saltan sobre sus muletas,
el órgano canalla y pesado,
en el fondo del burgo,
muele la kermés.
Algunos puestos en la esquina de los mojones,
y algunas viejas gentes,
en el umbral de un portal lúgubre.
Con cólera, con desamparo, con blasfemia,
pero, hacia la fiesta,
aun así,
el órgano se obstina.
Su música de estrépitos
se rompe, en refriegas
de cobre verde y de hojalata,
y grita y chirría en el vacío,
obstinadamente,
su nota ácida.
En la plaza, la iglesia,
bajo el féretro de sus grandes tejados
y los sudarios de sus muros rectos,
calla los reproches
solemnes de sus campanas;
un charlatán, sobre un tablado,
pantalón rojo y manto verde,
vende, a grandes gritos, la vida;
luego cambia, por unos cuartos,
su remedio para hombres lobo
y la historia punto por punto seguida,
sobre su cartel,
de un jorobado negro al que libró de fiebre cuartana.
Y el órgano enfurece
su cuadrilla salvaje.
Y nadie, de las aldeas cercanas,
ha acudido;
vacías las cuadras, vacíos los bolsillos,
y nada más que la muerte y el hambre
con que se puebla la alacena del pan;
en la miseria que los suelda
se siente que las aldeas se rehúyen,
que entre mozas y mozos de amor
la pobreza descosa las alianzas
y que los días siguiendo a los días
cada uno de los burgos
hace su silencio con sus recelos.
El órgano chirriante y falso,
desde el fondo de su armario
de arquitectura ostentosa,
grita un ruido de guadañas
y de tijeras.
En la sala de yeso crudo,
donde sus gritos torcidos y discordes, espesos,
contra muros de listones
estallan,
columnas de vidrio y de bastones giratorios
– oropel y oro – decoran su frontón;
y los triturantes ruidos de los cuernos y las trompetas
y los pífanos, como bosques,
azotan y agujerean el figón
con sus tempestades
y van allá abajo
contra un hastial, con estruendo,
a moler el eco de la calle mayor.
Y el órgano con su rabia
se amotina una última vez y cocea
con las cuatro herraduras de su estruendo
hasta los cercados y hasta los campos,
hasta las rutas, hasta los estanques,
hasta los montones de meteil,
hasta el sol;
y solo danzan en las encrucijadas,
faldas infladas y zuecos pesados,
dos pobres locos con dos locas.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-kermesse-emile-verhaeren/
