(Al Marqués de L.M.F)
¡Oh! ¿quién me llevará hacia las tibias riberas,
donde el Arno, coronado de sus pálidas sombras,
detenido en su curso ante los muros de los Médicis,
refleja el palacio habitado por un sabio,
y parece, al ruido halagador de su onda más lenta,
murmurar los grandes nombres de Petrarca y de Dante?
O más bien, ¿por qué no puedo, al dulce caer del día,
cuando la frente aliviada del peso de la corte,
tú vas bajo tus bosquecillos a buscar tu Egeria,
seguir, soñando, tus pasos de pradera en pradera;
hasta el modesto techo embellecido por tus manos,
donde corres a adorar el silencio y el olvido!
Yo adoro también a esos dioses: desde que la sabiduría
con los rayos de la desgracia ha madurado mi juventud,
para nutrir mi razón con los únicos frutos inmortales,
busco allí suspirando la sombra de sus altares;
y, si en la cumbre de la verde colina,
si en la pendiente del collado que se inclina,
si en las orillas desiertas del torrente ignorado
hay algún rústico abrigo, rodeado de verdor,
cuyo pámpano redondeado sobre el umbral doméstico
dibuja serpenteando el flexible pórtico;
semejante a la paloma errante sobre las aguas,
que, descubriendo desde los cedros de Ararat las ramas,
voló a posar sus pies de rosa en su cima,
¡de pronto mi alma errante allí vuela y allí reposa!
Así, mientras que admitido en los consejos de los reyes,
representante de un maestro honrado por su elección,
tú sostienes uno de los grandes hilos de la trama del mundo;
yo, entre los pastores, sentado a orillas de la onda,
sigo con ojo soñador las barcas sobre las aguas;
escucho los suspiros del viento en los cañaverales;
indolentemente recostado junto al lecho de las fuentes,
sigo la sombra que gira alrededor del tronco de las encinas,
o grabo un vano nombre en la corteza de los bosques,
o hablo al eco que responde a mi voz,
o en el vago azur contemplando las nubes,
dejo errar como ellas mis flotantes imágenes;
cae la noche, y el Tiempo, con su dedo temible,
me marca un día más que no he contado!
Solo algunas veces, cuando mi alma oprimida
siente en numerosos ritmos desbordarse mi pensamiento;
al soplo inspirador de la tarde en los desiertos,
¡mi lira abandonada exhala aún versos!
Amo sentir esos frutos de una savia más madura,
caer, sin que se los recoja, al gusto de la naturaleza,
como el silvestre sacudido por los vientos,
sobre los céspedes marchitos, de sus ramas movientes
deja caer esos frutos que la rama abandona,
y que mueren al pie del árbol que los da!
Hubo un tiempo, quizá, en que mis días mejor colmados,
por la gloria iluminados, por el amor embellecidos,
y huyendo lejos de mí sobre alas rápidas,
en la noche del pasado no caían tan vacíos.
A las dudosas claridades de la humana razón,
extraviado en los cielos tras los pasos de Platón,
por mi propia virtud procuraba conocer
si el alma es en efecto un soplo del gran ser;
si ese rayo diverso, encerrado en la arcilla,
debe ser por la muerte extinguido o reavivado;
si debe tras mil años revivir sobre la tierra;
o si, cambiando siete veces de destinos y de esfera,
y subiendo de astro en astro a su centro divino,
de un fin que siempre huye se acerca sin fin?
¿Si en esos cambios nuestros recuerdos sobreviven?
¿Si nuestros cuidados, nuestros amores, si nuestras virtudes nos siguen?
¿Si hay un juez sentado a las puertas de los infiernos,
que separa para siempre a los justos de los perversos?
¿Si hay santas leyes que, emanadas del cielo,
de los imperios mortales prolongan los años,
lanzan un freno al pueblo indócil a su voz,
y colocan la equidad bajo la guarda de los reyes?
O si de un dios que duerme la ciega negligencia
deja al gusto del destino tambalearse su balanza,
y entrega, apartando sus ojos indiferentes,
la naturaleza al azar, y la tierra a los tiranos?
Pero así como de los cielos, donde su vuelo se despliega,
el águila a menudo engañada desciende sin su presa,
en esas vastas alturas donde mi ojo se ha posado
¡no he descubierto nada sino duda y vanidad!
Y cansado de errar sin fin en campos sin límite,
al solo día en que vivo, a la sola orilla que habito,
he limitado en adelante mi pensamiento y mis cuidados:
¡con tal de que un dios oculto provea a mis necesidades!
¡Con tal de que en los brazos de una esposa querida
guste oscuramente los dulces frutos de mi vida!
¡Que el rústico cercado plantado por mis padres
me dé un techo en invierno, y sombra en verano;
y que de felices niños mi mesa coronada
¡de un convidado más se pueble cada año!
¡Amigo! ya no iré a arrebatar tan lejos de mí,
en los secretos de Dios esos cómos, esos porqués,
ni con el risible esfuerzo de mi débil genio,
¡ayudar penosamente a la sabiduría infinita!
Vivir es bastante para nosotros; un más sabio lo dijo:
el cuidado de cada día a cada día basta.
Humilde, y del santo de los santos respetando los misterios,
heredé la inocencia y el dios de mis padres;
inclinando mi frente elevo a él mis brazos,
pues la tierra lo adora y no lo comprende:
semejante al Alción, que la mar duerma o ruja,
que en su nido flotante se duerme en paz sobre la onda,
descansando en Dios del cuidado de guiarme
a ese puerto invisible donde todo debe abordar,
dejo mi espíritu, libre de inquietud,
haciendo de una fácil felicidad su único estudio,
y prestando sin orgullo la vela a todos los vientos,
los ojos vueltos hacia él, seguir el curso del tiempo.
Tú, que largo tiempo batido por los vientos y la tormenta,
gozando hoy de ese cielo sin nube,
desde el seno de tu reposo contemplas con el mismo ojo
nuestros reveses sin desdén, nuestros errores sin orgullo;
cuya razón fácil, y casta sin rudeza,
de los sabios de tu tiempo no ha tomado sino la sabiduría,
y que recibiste de lo alto ese don misterioso
de hablar a los mortales en la lengua de los dioses;
desde esas orillas encantadoras donde tu voz me convida,
donde fluye a chorros puros el otoño de tu vida,
donde las aguas y las flores, y la sombra, y la amistad,
de tus días indolentes usurpan la mitad,
en esos versos desiguales que tu musa entrelaza,
dinos, como antaño nos lo habría dicho Horacio,
¿si el hombre debe combatir o seguir su destino?
¿Si me he equivocado de fin o de camino?
¿Si hay hacia la sabiduría otra ruta que seguir?
Y si el arte de ser feliz no es todo el arte de vivir.
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-filosofia-alphonse-de-lamartine/
