Elegía a Janet, pintor del rey

Poema de Pierre De Ronsard Colección Primer Libro de los AmoresTemas AmorÉpoca Siglo XVI

Píntame, Janet, píntame, te lo suplico
En este cuadro las bellezas de mi amada
De la manera que yo te las diré.
Como importuno no te suplicaré
Que con arte mentiroso algún favor le hagas:
Basta con que sepas retratarla
Tal como es, sin querer disfrazar
Su natural para favorecerla,
Pues el favor solo es bueno para aquellas
Que se hacen pintar, y que no son bellas.

Hazle primero los cabellos ondulados,
Anudados, retorcidos, rizados, en anillos,
Que en color al cedro representan;
O desenréjalos, y que libres ellos despidan
En el cuadro, si con arte lo puedes,
El mismo olor de sus propios cabellos,
Pues sus cabellos como florecillas huelen,
Cuando los céfiros en primavera los abanican.

Que su bella frente no esté surcada
De ningún surco en profundidad extendido,
Sino que sea tal cual es la llanura marina,
Cuando un poco de viento no la alborota,
Y yaciendo en su lecho ella duerme,
Calmando sus olas surcadas en un sueño muerto.
En medio justo por la orilla descienda
Un bello rubí, cuyo resplandor se esparza
Por el cuadro, así como se ve de noche
Brillar los rayos de la Luna que luce
Sobre la nieve en el fondo de un valle caída,
De huella de hombre aún no hollada.

Después hazle su bella ceja arqueada
De ébano negro, y que su pliegue torcido
Semeje un creciente que muestra por la nube
En el primer mes su curvatura cornuda.
O si alguna vez has visto el arco de Amor,
Toma el retrato sobre el medio giro
De su curvatura a semicírculo dosis,
Pues el arco de Amor y él no son más que una cosa.
Pero ¡ay! Dios mío, Dios mío, no sé
Por qué medio, ni cómo, tú pintarás
(Aunque tuvieras el artificio de Apeles)
De sus bellos ojos la gracia natural,
Que causan vergüenza a las estrellas de los Cielos.
Que el uno sea dulce, el otro furioso,
Que el uno de Marte, el otro de Venus tenga;
Que del benigno toda esperanza venga,

Y del cruel venga toda desesperación;
El uno sea piadoso y lloroso de ver,
Como el de Ariadna abandonada
En las orillas de Día, cuando la insensata,
Cerca del mar, de llanto se consumía,
Y a su Teseo en vano llamaba;
El otro sea alegre, como bien es creíble
Que lo tuvo antaño Penélope loable
Cuando vio a su marido retornado,
Tras veinte años lejos de ella haber morado.

Después hazle su redondita oreja,
Pequeña, lisa, entre blanca y vermella,
Que bajo el velo aparezca igual
Que hace un lirio encerrado en un cristal,
O todo así como aparece una rosa
Muy fresca dentro de un vaso encerrada.

Pero en vano habrías hecho tan bello
Todo el ornamento de tu rico cuadro,
Si no hubieras de la lineatura
De su bella nariz bien retratado la pintura.
Píntamela pues delgada, larga, aguileña,
Pulida, bien trazada, donde el envidioso malvado,
Cuando quisiera, no sabría qué reprochar,
Tan propiamente la harás descender
Entre la faz, así como desciende
En una llanura un pequeño monte que pende.
Después al vivo píntame su bella mejilla
Semejante al tinte de la rosa que anuda
Sobre la leche, o al tinte blanqueciente
Del lirio que besa un clavel enrojeciente.
En el medio retrata una fosita,
Fosita, no, sino de Amor la escondite,
De donde ese muchacho con su pequeña mano
Lanza cien dardos, y jamás uno en vano,
Que por los ojos derecho al corazón no toque.
¡Ay! Janet, para bien pintar su boca,
Apenas Homero en sus versos te diría
Qué bermellón igualarla podría,
Pues para pintarla así como merece,
Pintar habría que pintar la de una Carite.
Píntamela pues, que parezca hablar,
Ya sonreír, ya perfumar el aire
De no sé qué ambrosíaco aliento.
Pero sobre todo haz que parezca llena
De la dulzura de persuasión.
Alrededor todo ata un millón
De risas, de atractivos, de juegos, de cortesías,
Y que dos filas de perlitas escogidas
De orden igual en el lugar de los dientes
Muy pulidamente sean arregladas dentro.
Pinta alrededor un labio besucón,
Que por sí mismo, al elevarse, invita,
A ser besado, teniendo el tinte parejo
O de la rosa, o del coral bermejo,
Ella flamígera en Primavera sobre la espina,
Él enrojeciente en el fondo de la marina.

Pinta su mentón en el medio hoyuelo,
Y que la punta en redondez pomeluda
Sea todo así como se ve aparecer
La punta de un membrillo que ya comienza a crecer.

Más blanco que leche cuajada sobre el junco
Píntale el cuello, pero píntalo un poco largo,
Delgado y carnoso, y su garganta tiernecita
Como el cuello sea un poco larguita.

Después hazle, por un justo compás,
Y de Juno los codos y los brazos,
Y los bellos dedos de Minerva, y aún
La mano parecida a la de la Aurora.

Ya no sé más, mi Janet, dónde estoy,
Estoy confuso y mudo: no puedo,
Como he hecho, declararte el resto
De sus bellezas, que no me es manifiesto.
¡Ay! pues jamás tantos favores tuve
Como el haber visto sus bellos pechos desnudos.
Pero si se puede juzgar por conjetura,
Persuadido de razones, me aseguro
Que la belleza que no se aparece, debe
Del todo responder a la que se ve.
Por tanto píntala, y que me sea hecha

Perfecta tanto como la otra es perfecta.
Así como en bulto elévame su seno,
Nítido, blanco, pulido, ancho, profundo y lleno,
Dentro del cual mil ramosas venas
De roja sangre palpiten todas llenas.
Luego, cuando al vivo hayas descubierto
Bajo la piel los músculos y los nervios,
Infla encima dos manzanas nuevecitas,
Como se ven dos manzanas verdositas
De un naranjo, que aún del todo
No hacen sino al momento enrojecerse en la punta.
Todo en lo alto de los hombros marmóreos,
Pinta la morada de las Carites divinas,
Y que el Amor sin cesar revoloteando
Siempre las cubra, y las vaya abanicando,
Pensando volar con el Juego su hermano
De rama en rama en los vergeles de Citera.

Un poco más abajo, en espejo redondeado,
Todo pulposo, gordito, rebosante,
Como el de Venus, pinta su vientre;
Pinta su ombligo así como un pequeño centro,
Cuyo fondo parezca más bermejo
Que un bello clavel entreabierto al Sol.

¿Qué esperas más? retrátame la otra cosa
Que es tan bella, y que decir no oso,
Y cuya esperanza impaciente me punza;
Pero te ruego, no me la sombrees,
Si no fuera con un velo hecho de seda,
Claro y sutil, a fin de que se entrevea.

Sus muslos sean como hechos al torno
De plena carne, redondos todo alrededor,
Así como un Término redondeado con artificio
Que sostiene firme un real edificio.

Como dos montes eleva sus rodillas,
Tiernecitas, carnosas, redondas, delicadas y mullidas,
Debajo de las cuales hazle la orilla llena,
Tal como la tienen las vírgenes de Lacena,
Yendo a luchar a la ribera conocida
Del río Eurotas, teniendo el cuerpo todo desnudo,
O bien cazando con jaurías desatadas
Algún gran ciervo en los bosques Amicleas.
Luego, para terminar, retrátale de Tetis
Los pies estrechos, y los talones pequeños.

¡Ha, la veo! casi está retratada,
¡Aún un trazo, aún uno, está hecha!
¡Levanta tus manos, ha Dios mío! ¡La veo!
Poco falta para que ella no me hable.

Pierre de Ronsard

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-elegia-a-janet-pintor-del-rey-pierre-de-ronsard/