Cuando del Creador la palabra fecunda,
en una hora fatal, hubo engendrado el mundo
de los gérmenes del caos,
de su obra imperfecta apartó su rostro,
y con pie desdeñoso lanzándola al espacio,
volvió a su reposo.
Ve, dijo, te entrego a tu propia miseria;
demasiado indigno a mis ojos de amor o de cólera,
nada eres ante mí.
Rueda al azar por los desiertos del vacío;
que por siempre lejos de mí el destino sea tu guía,
y la Desgracia tu rey.
Dijo. Como un buitre que se lanza sobre su presa,
la Desgracia, a estas palabras, lanza, en señal de alegría,
un largo gemido;
y apretando el universo en su garra cruel,
abraza para siempre con su rabia eterna
el eterno alimento.
El mal desde entonces reinó en su inmenso imperio;
desde entonces todo lo que piensa y todo lo que respira
comenzó a sufrir;
y la tierra, y el cielo, y el alma, y la materia,
todo gime: y la voz de la naturaleza entera
no fue más que un largo suspiro.
Alzad pues vuestras miradas hacia las llanuras celestes,
buscad a Dios en su obra, invocad en vuestras penas
a ese gran consolador,
desdichado! su bondad está ausente de su obra,
buscáis vuestro apoyo? el universo os presenta
a vuestro perseguidor.
Con qué nombre nombrarte, oh fatal potencia?
Que se te llame destino, naturaleza, providencia,
inconcebible ley!
Que se tiemble bajo tu mano, o bien que se la blasfeme,
sumiso o rebelde, que se te tema o que se te ame,
siempre, siempre eres tú!
Ay! así como vosotros invoqué la esperanza;
mi espíritu engañado bebió con complacencia
su filtro emponzoñador;
es ella la que, empujando nuestros pasos hacia los abismos,
de festones y de flores corona a las víctimas
que entrega a la Desgracia.
Si al menos al azar diezmara a los hombres,
o si su mano cayera sobre todos cuantos somos
con iguales leyes?
Pero los siglos han visto las almas magnánimas,
la belleza, el genio, o las virtudes sublimes,
víctimas de su elección.
Tal, cuando dioses de sangre querían en sacrificios
de rebaños inocentes las sangrientas primicias,
en sus templos crueles,
de cien toros escogidos se formaba la hecatombe,
y el cordero sin mancha, o la blanca paloma
engrasaban sus altares.
Creador, Todopoderoso, principio de todo ser!
Tú para quien lo posible existe antes de nacer:
Rey de la inmensidad,
podías sin embargo, al gusto de tu antojo,
saciar para tus hijos la felicidad y la vida
en tu eternidad?
Sin agotarte nunca, sobre toda la naturaleza
podías a largos flujos derramar sin medida
una felicidad absoluta.
El espacio, el poder, el tiempo, nada te cuesta.
Ah! mi razón se estremece; podías sin duda,
no lo has querido.
Qué crimen hemos cometido para merecer nacer?
La insensible nada te pidió el ser,
o lo aceptó?
Somos, oh azar, la obra de tus caprichos?
O más bien, Dios cruel, eran necesarios nuestros suplicios
para tu felicidad?
Subid pues hacia el cielo, subid, incienso que él ama,
suspiros, gemidos, lágrimas, sollozos, blasfemia,
placeres, conciertos divinos!
Gritos de sangre, voz de los muertos, quejas inextinguibles,
subid, id a golpear las bóvedas insensibles
del palacio de los destinos!
Tierra, eleva tu voz; cielos, responded; abismos,
negras moradas donde la muerte amontona sus víctimas,
no forméis más que un suspiro.
Que una queja eterna acuse a la naturaleza,
y que el dolor dé a toda criatura
una voz para gemir.
Desde el día en que la naturaleza, arrancada a la nada,
se escapó de tus manos como una obra esbozada,
qué has visto sin embargo?
A los desórdenes del mal la materia esclavizada,
toda carne gimiendo, ay! y toda vida
celosa de la nada.
De los elementos rivales las luchas intestinas;
el Tiempo, que marchita todo, sentado sobre las ruinas
que amontonaron sus manos,
esperando en el umbral tus obras efímeras;
y la muerte sofocando, desde el seno de sus madres,
los gérmenes de los humanos!
La virtud sucumbiendo bajo la audacia impune,
la impostura en honor, la verdad desterrada;
la errante libertad
a los dioses vivientes del mundo ofrecida en sacrificio;
y la fuerza, por doquier, fundando de la injusticia
el reino ilimitado.
El valor sin los dioses decidiendo de las batallas!
Un Catón libre aún desgarrándose las entrañas
sobre la fe de Platón!
Un Bruto que, muriendo por la virtud que ama,
duda en el último momento de esa virtud misma,
y dice: No eres más que un nombre!…
La fortuna siempre del partido de los grandes crímenes!
Los forfaits coronados vueltos legítimos!
La gloria al precio de la sangre!
Los hijos heredando la iniquidad de los padres!
Y el siglo que muere contando sus miserias
al siglo renaciente!
Y qué! tantos tormentos, de forfaits, de suplicios,
no han hecho humear de bastantes sacrificios
tus lúgubres altares?
Este sol, viejo testigo de las desgracias de la tierra,
no hará nacer un solo día que no ilumine
la angustia de los mortales?
Herederos de los dolores, víctimas de la vida,
no, no, no esperéis que su rabia saciada
adormezca a la Desgracia!
Hasta que la Muerte, abriendo su ala inmensa,
engulla para siempre en el eterno silencio
el eterno dolor!
Alphonse de Lamartine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-desesperacion-alphonse-de-lamartine/
