El barco ebrio

Poema de Arthur Rimbaud Colección PoesíasTemas ArteÉpoca Siglo XIX

Como descendía por los ríos impasibles,
me sentí ya sin guía de los sirgadores:
unos pieles rojas gritones los habían tomado por blancos,
clavándolos desnudos en postes de colores.

Me tenía sin cuidado toda tripulación,
portador de trigos flamencos o de algodones ingleses.
Cuando con mis sirgadores acabaron esos alborotos,
los ríos me dejaron descender adonde quería.

En los chapoteos furiosos de las mareas,
yo, el otro invierno, más sordo que cerebros de niños,
¡corrí! Y las penínsulas desamarradas
no sufrieron alborotos más triunfantes.

La tempestad bendijo mis despertares marítimos.
Más ligero que un corcho bailé sobre las olas
que llaman rodadoras eternas de víctimas,
¡diez noches, sin echar de menos el ojo necio de los faroles!

Más dulce que a los niños la carne de manzanas agrias,
el agua verde penetró mi casco de abeto
y manchas de vinos azules y vómitos
me lavó, dispersando timón y rezón.

Y desde entonces, me he bañado en el Poema
Del Mar, infundido de astros, y lactescente,
devorando los azules verdes; donde, flotación lívida
y arrobada, un ahogado pensativo a veces desciende;

donde, tiñendo de pronto las azulidades, delirios
y ritmos lentos bajo los rutilamientos del día,
más fuertes que el alcohol, más vastos que nuestras liras,
¡fermentan los rojizos amargos del amor!
Sé los cielos que revientan en relámpagos, y los torbellinos
y los reflujos y las corrientes: sé la tarde,
La Aurora exaltada como un pueblo de palomas,
¡y he visto a veces lo que el hombre ha creído ver!

He visto el sol bajo, manchado de horrores místicos,
iluminando largos espesamientos violáceos,
parecidos a actores de dramas muy antiguos
¡las olas rodando a lo lejos sus escalofríos de volantes!

He soñado la noche verde de nieves deslumbradas,
beso que sube a los ojos de los mares con lentitud,
la circulación de savias inauditas,
¡y el despertar amarillo y azul de los fósforos cantores!

He seguido, meses enteros, semejante a las vacadas
histéricas, el oleaje al asalto de los arrecifes,
sin pensar que los pies luminosos de las Marías
¡pudieran forzar el hocico a los Océanos pesados!

He chocado, ¿sabéis?, con increíbles Floridas
mezclando a las flores ojos de panteras con pieles
de hombres! ¡Arcos iris tendidos como bridas
bajo el horizonte de los mares, a glaucos rebaños!

He visto fermentar los pantanos enormes, nasas
donde se pudre entre los juncos todo un Leviatán.
¡Derrumbamientos de aguas en medio de las bonanzas,
y las lejanías hacia los abismos cataractando!

¡Glaciares, soles de plata, olas nacaradas, cielos de brasas!
Encallamientos hediondos en el fondo de golfos pardos
donde las serpientes gigantes devoradas por chinches
caen, de árboles torcidos, ¡con negros perfumes!

Habría querido mostrar a los niños esos dorados
del oleaje azul, esos peces de oro, esos peces cantantes.
– Espumas de flores han mecido mis derrotas
y vientos inefables me han alado por instantes.
A veces, mártir cansado de los polos y las zonas,
el mar cuyo sollozo hacía mi balanceo dulce
alzaba hacia mí sus flores de sombra con ventosas amarillas
y yo permanecía, igual que una mujer de rodillas…

Casi isla, balanceando en mis bordes las querellas
y los excrementos de aves graznadoras de ojos rubios.
Y yo navegaba, cuando a través de mis frágiles amarras
¡unos ahogados descendían a dormir, hacia atrás!

Ahora bien, yo, barco perdido bajo los cabellos de las ensenadas,
arrojado por el huracán al éter sin pájaro,
yo cuyos Monitores y los veleros de las Hansas
no habrían reflotado el casco ebrio de agua;

libre, humeante, montado de brumas violetas,
yo que horadaba el cielo rojeante como un muro
que lleva, confitura exquisita para los buenos poetas,
líquenes de sol y mocos de azur;

que corría, manchado de lúnulas eléctricas,
tabla loca, escoltado por hipocampos negros,
cuando los julios hacían derrumbar a golpes de fustas
los cielos ultramarinos de ardientes embudos;

yo que temblaba, sintiendo gemir a cincuenta leguas
el celo de los Behemots y los Maelstroms espesos,
hilandero eterno de las inmovilidades azules,
¡echo de menos Europa de los antiguos parapetos!

He visto archipiélagos siderales! y islas
cuyos cielos delirantes están abiertos al navegante:
– ¿Es en esas noches sin fondo donde duermes y te exilias,
millón de pájaros de oro, oh futura Vigor?

Pero, en verdad, ¡he llorado demasiado! Las Auroras son desgarradoras.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
El acre amor me ha henchido de torpeces embriagadoras.
¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Oh, que vaya al mar!

Si deseo un agua de Europa, es el charco
negro y frío donde hacia el crepúsculo embalsamado
un niño en cuclillas lleno de tristeza, suelta
un barco frágil como una mariposa de mayo.

Ya no puedo, bañado de vuestras languideces, oh olas,
sustraerles su estela a los portadores de algodones,
ni atravesar el orgullo de las banderas y las llamas,
ni nadar bajo los ojos horribles de los pontones.

Arthur Rimbaud

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-el-barco-ebrio-arthur-rimbaud/