Quiero llevar tus ojos en lento peregrinaje
Hacia esos lejos de sufrimiento, ¡ay!, donde desde cuándo,
¡desde qué días de antaño, mi corazón inverna!
Es mi país de inmensamente,
donde no crece nada más que la nada,
azotado por la lluvia y el gran viento.
Es mi país de largo sudario.
Mis ríos hacen lentas serpientes
de agua amarilla a través de grandes paños
de terrenos llanos y rampantes.
Es mi país sin un solo pliegue, uno solo,
es mi país de gran sudario.
Algunas raras garzas, al borde de falsos pantanos,
algunas pobres garzas, en su pico en tijeras,
tuercen, al caer la tarde, gusanos y sapos.
Y algunas bandadas a veces de cornejas lejanas
con grandes harapos de alas, chirrían odios
en los cuatro rincones de las largas llanuras.
Es mi país de inmensamente,
donde mi viejo corazón triste y demente,
azotado por la lluvia y el gran viento,
como un limo, se enmohece durmiendo.
Mis aldeas al claro – ¿desde cuándo? –
y mis campanas hacia los navíos que parten
y mis vergas y mis mástiles exaltantes
¿están en el fondo – ¿desde cuándo? –
de estuarios de plomo y de bajos fondos de estanques?
Mis aldeas de infancia y de orgullo,
mis aldeas de alegría y de torres de orgullo,
se han hundido – ¿desde qué tardes? –
¡de equinoccios de cobre en cielos negros!
Es mi país de inmensamente
donde no crece nada más que la nada
azotado por la lluvia y el gran viento.
La siempre uniformidad de los días
rebaja en mí el menor esfuerzo
alzado, ya hacia la vida o hacia la muerte.
Ya ni siquiera gritar – sino pudrirse allí siempre
como un cadáver en oro de proa
entre el légamo y el lodo;
ya ni siquiera sentir ese dolor
heroico de su desgracia;
nada – salvo que la mano de su rencor,
extienda un hoy de corazón
triste, hacia un mañana que será triste también,
el mismo que ayer – y que siempre como hoy
extenderá triste y triste aún
el día siguiente hacia la otra aurora.
Es mi país de inmensamente,
donde no crece nada más que la nada,
azotado por la lluvia y el gran viento,
en torno al cual giran el hastío de hierro
y las mecánicas de las noches de invierno.
Y los bostezos de los astros y los cielos negros
en duelo de tantas tardes
desde montones de años
de costumbres aglutinadas.
¿Y seré yo siempre el enterrado
de estas landas de inmenso olvido?
¿Aquel para quien estos vuelos de odios
en los cuatro rincones de las largas llanuras,
chirrían desde qué tiempos, sus gritos siempre los mismos?
¿Aquel cuyas garzas, de noche,
cuyas flacas garzas, derechas sobre la duna,
tragan, en las medianoches de luna,
inmensamente, los gusanos y las bestias de hastío?
Y ahora tus ojos saben esos lejos de playa
donde mi tan triste corazón, ¡ay! – ¿y desde cuándo? –
desde qué días de antaño inverna.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-llanura-i-emile-verhaeren/
