– En la ciudad de ébano y de oro,
sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar, después de tantos días,
qué esperar aún?
– Los perros de la negra esperanza han aullado, esta noche,
hacia las lunas de mis dos ojos,
tan largamente, hacia mis dos ojos silenciosos,
tan largamente y tan terriblemente, esta noche,
¡hacia las lunas de mis dos ojos en negro!
Decid, ¿qué fuegos agitan mis crines,
para enloquecer así a esos perros,
y qué ardor reina en mis riñones
y en mi cuerpo enmarañado de oro?
– Sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar, después de tan largos días,
qué esperar?
– ¿Hacia qué paraíso negro hacen velar mis senos,
y hacia qué horizontes amotinados de toques de rebato?
Decid, ¿qué Walhalla tumultuoso de fiebres
o qué caballos encabritados hacia el amor son mis labios?
Decid, ¿qué incendio y qué espanto
soy yo? para esos grandes perros, que lamen mi rabia,
y qué naufragio esperan ellos en mi tormenta
para buscar tanto su muerte en mí?
– Sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar después de tan largos días?
– Mis ojos, como piedras de oro,
brillan durante las noches carnales:
soy bella como la muerte
y soy pública también como ella.
A los dolorosos trazadores de relámpagos
y de deseos sobre mis murallas,
les ofrezco el catafalco de mis carnes
y los cirios de los funerales.
Les doy todo mi remordimiento
para saciarlos en el umbral del pórtico,
y la blasfemia de mi cuerpo
blandida hacia Dios como una antorcha.
Ellos me saben como una torre
de hierro y de siglos vestida,
y se execran en mi amor
que los enloquece y que los mata.
Lo que aman -corazón saqueado,
espíritu demente, alma incierta-
es el asco sobre todo que yo tengo
de sus besos o de su odio.
Es encontrar todavía en mí
su púrpura y negra parhelia
y mi bandera de rojo espanto
desenmarañada en su locura.
– Sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar, después de tan largos días,
qué esperar?
– A esta hora de viejo sol cargado de tarde
que se proyecta en destellos de oro sobre la acera,
cuando la ciudad se alarga en un serpentear
de fuegos y de caminos, hacia ese imán
siempre en pie en el horizonte: la mujer,
los perros de la desesperación
han aullado hacia los ojos de mi alma,
tan largamente hacia mis dos ojos,
tan largamente y tan lejanamente, esta noche,
¡hacia las lunas de mis dos ojos en negro!
Decid, ¿qué quemazón y qué ardor mis crines
hacen correr a lo largo de mi cuerpo de oro?
¿Y de qué furia se animan mis riñones,
ante los ojos alucinados de los perros?
Y yo también, decid, ¿qué Walhalla de fiebres
viene a su vez a incendiarme los labios
y hacia qué horizontes amotinados de toques de rebato
y qué paraísos negros hacen velar mis senos?
Decid, ¿qué llamada y qué espanto
vienen esta noche a echarme fuera de mí,
por las plazas, por las ciudades,
reina fulminante y servil?
– Sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar, después de tan largos días,
qué esperar?
– ¡Ay! ¿cuándo vendrá él, aquel
que debe venir -quizá hoy-
que debe venir hacia mi espera
fatalmente, y que vendrá?
La demencia incurable y atormentadora,
¿quién, pues, en él la sentirá
subir hasta mis senos que alucinan?
Hacia las dos manos de los que asesinan
mi cuerpo se yergue ardiente y lívido;
yo soy la que nada teme
y de la que nadie se abstiene:
soy tentadora suprema.
Decid, ¿quién, pues, debe quererme, esta noche, en el fondo de una taberna?
– Sombría dama de las encrucijadas,
¿qué esperar después de tan largos días,
qué esperar?
– Espero a tal hombre con cuchillo rojo.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-dama-de-negro-emile-verhaeren/
