Georges y Jeanne

Poema de Victor Hugo Colección El arte de ser abueloTemas InfanciaÉpoca Siglo XIX

Yo, a quien un niño pequeño vuelve del todo estúpido,
tengo dos: Georges y Jeanne; tomo a uno por guía
y al otro por luz, y acudo a su voz,
pues Georges tiene dos años y Jeanne diez meses.
Sus intentos de existir son divinamente torpes;
en su palabra, donde tiemblan esbozos,
se cree ver un resto de cielo que se disipa y huye;
y yo, que soy la tarde, y yo, que soy la noche,
yo, cuyo destino pálido y frío se descolora,
tengo la ternura de decir: Ellos son la aurora.
Su diálogo oscuro me abre horizontes;
se entienden entre sí, se dan sus razones.
Juzgad cómo eso dispersa mis pensamientos.
En mí, deseos, proyectos, las cosas insensatas,
las cosas prudentes, todo, a su tierna luz,
cae, y ya no soy más que un buen hombre soñador.
Ya no siento el turbio y secreto sacudimiento
del mal que nos atrae y del sino que nos empuja.
Los niños vacilantes son nuestros mejores apoyos.
Los miro, y luego los escucho, y luego
soy bueno, y mi corazón se apacigua en su presencia;
acepto los consejos sagrados de la inocencia,
fui toda mi vida así; nunca he conocido
nada, en los duelos como en las cumbres,
más dulce que el olvido que nos invade el alma
ante los seres puros de donde sube una humilde llama;
contemplo, en nuestros tiempos a menudo negros y opacos,
ese punto del día que sale de las cunas y de los nidos.

Por la noche voy a verlos dormir. En sus frentes serenas,
distingo deslumbrado la sombra que hacen las palmas
y como un resplandor de estrella al levantarse,
y me digo: ¿En qué podrán ellos soñar?
Georges piensa en pasteles, en bellos juguetes extraños,
en el perro, en el gallo, en el gato; y Jeanne piensa en los ángeles.
Luego, al despertar, sus ojos se abren, llenos de rayos.

Llegan, ¡ay!, a la hora en que huimos.
Balbucean. ¿Hablan? Sí, como la flor habla
a la fuente de los bosques; como su padre Charles,
niño, hablaba antaño con su tía Dédé;
como yo os hablaba, inundado de sol,
oh, hermanos míos, en el tiempo en que mi padre, joven,
nos miraba jugar en el cuartel, en Roma,
sentado sobre su gran espada, y tan pequeños.

Jeanne, que en los ojos tiene la miosota,
y que, para asir la sombra al entreabrir sus dedos frágiles,
no tiene casi brazos, pues aún tiene alas,
Jeanne arenga, con cantos donde flota una palabra,
Georges, bello como un dios que fuera un crío.
No es la palabra, oh cielo azul, es el verbo;
es la lengua infinita, inocente y soberbia
que suspiran los vientos, los bosques y las olas;
los pilotos Jasón, Palinuro y Tiflos
oían a la sirena con esa voz dulce
murmurar el himno oscuro que el agua profunda amortigua;
es la música dispersa en el fondo del mes de mayo
que hace que uno diga: Amo, y el otro, ¡ay!: Amé;
es el lenguaje vago y luminoso de los seres
recién nacidos, que la vida atrae a sus ventanas,
y que, ante abril, perdidos, vacilantes,
zumban en el cristal inmenso de la primavera.
Esas palabras misteriosas que Jeanne dice a Georges,
son el idilio del cisne con el petirrojo,
son las preguntas que hacen las abejas,
y que el lirio ingenuo plantea al profundo gorrión;
es ese fondo divino de la vasta armonía,
el susurro, la sombra inefable y bendita
que charla, balbucea ruidos de visión,
y tal vez da una explicación;
pues los pequeños niños estaban ayer todavía
en el cielo, y sabían lo que la tierra ignora.
¡Oh, Jeanne! ¡Georges! ¡voces que me tienen el corazón cautivo!
Si los astros cantaran, así balbucearían.
Su frente vuelta hacia nosotros nos ilumina y nos dora.
¡Oh! ¿de dónde venís, desconocidos a quienes se adora?
Jeanne tiene aire asombrado; Georges tiene los ojos osados.
Se tambalean, aún ebrios del paraíso.

Victor Hugo

Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.

Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-georges-y-jeanne-victor-hugo/