Sí, si yo fuera mujer, amable y bonita,
quisiera, Julia,
hacer como vosotras;
sin miedo ni piedad, sin elección ni misterio,
a toda la tierra
hacer los ojos dulces.
Quisiera no tener de cuidado en el mundo
más que mi talle redondo,
mis queridos trapitos,
y de pies a cabeza ser la muñeca
la mejor equipada
de Roma a París.
Quisiera guardar por toda ciencia
esa despreocupación
que tan bien os sienta;
unir, como vosotras, al atolondramiento
esa ensoñación
que no piensa en nada.
Quisiera para mí que siempre fuese fiesta,
y volver la cabeza
a los más orgullosos;
ser al mismo tiempo de hielo y de llama,
el odio en el alma,
el amor en los ojos.
Detestaría, antes que nada,
esos viejos tonos de rosa
que dan miedo de ver.
Radiaría, bajo mi trenza morena,
como un claro de luna
en capuchón negro.
¡Pues es tan encantador y es tan cómodo,
esa máscara a la moda,
esa aire de languidez!
¡Ah, qué buen uso tiene la palidez!
Jamás el rostro
está demasiado lejos del corazón.
Quisiera aún tener vuestros caprichos,
vuestros suspiros novatos,
vuestras miradas sabias.
Quisiera en fin, tanto os ama mi corazón,
ser en todo vosotras misma…
por dos o tres años.
Hay un solo punto, os lo confieso,
en que vuestra sabiduría
me parece en falta.
No osáis ser bastante inhumana.
Vuestro orgullo os estorba;
sin embargo hace falta.
No quisiera yo, en la contradanza,
sin alguna prudencia
entregar mi brazo desnudo;
luego, en el cotillón, dejar mi mano blanca
arrastrarse sobre la manga
del primero que llegue.
Si mi fino corsé, tan flexible y tan justo,
por un brazo demasiado robusto
se sintiese apretado,
tendría, lo confieso, un miedo mortal
de que un trozo de encaje
quedase desgarrado.
Cada uno, al valsar, viene sobre vuestro hombro
a recitar su papel
de enamorado transido;
mi belleza, al menos, si no mi pensamiento,
se sentiría ofendida
de ser amada así.
Yo no quisiera, si fuera Julia,
ser solo bonita
con mi belleza.
Hasta la punta de los dedos sería duquesa.
Como mi riqueza,
tendría mi orgullo.
Ved, mi querida, en el siglo en que estamos,
la mayoría de los hombres
son muy inconstantes.
De dos enamorados llenos de extremo celo,
la mitad os ama
para pasar el tiempo.
Cuando se es coqueta, hay que ser sensata.
El ave de paso
que vuela a pleno corazón
no duerme en el aire como una golondrina,
y puede, de un aletazo,
quebrar una flor.
Alfred De Musset
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-consejos-a-una-parisina-alfred-de-musset/
