No te oculto que también amo a las bestias;
Eso te divierte y a mí me instruye; siento
Que no es en vano que en esas cabezas fieras
Dios ponga el claroscuro de los grandes bosques temblorosos.
Soy el curioso que, nacido para creer y compadecer,
Sondea, al ver el áspid arrastrándose bajo las rosas,
Las sombrías leyes que hacen que la mujer deba temer
Al demonio, cuando la flor no tiene miedo a la serpiente.
Mientras damos órdenes a la tierra,
Reyes que copian al mono y por él son copiados,
Dudando si es nuestra obra o si es nuestro padre,
Allá abajo, en el horror fatal, bajo nuestros pies,
No se sabe qué mundo negro y asombrado nos mira
Y sueña, y bajo un yugo, con demasiada frecuencia odioso,
Doblegamos al humilde monstruo y a la bestia huraña
Que, viéndonos demonios, nos toman por dioses.
¡Oh! ¡cuántas leyes extrañas! ¡qué trágica mezcla!
¿Se ve el último hecho, se sabe la última palabra?
¿Qué espectro puede salir de Venus, y qué ángel
Puede nacer en el vientre horrible de Behemot?
¡Transfiguración! ¡misterio! ¡abismo y cima!
El alma rechazará el cuerpo, sombrío harapo;
La criatura abyecta un día será sublime,
Al ser que se odia oruga se le ama mariposa.
Victor Hugo
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-a-juana-i-victor-hugo/
