Un día el Roble dijo a la Caña:
«Bien tienes motivo para acusar a la Naturaleza;
un reyezuelo es para ti un pesado fardo.
El menor viento, que por casualidad
hace rizar la superficie del agua,
te obliga a bajar la cabeza;
mientras que mi frente, semejante al Cáucaso,
no contenta con detener los rayos del sol,
desafía el embate de la tempestad.
Todo para ti es Aquilón, todo me parece Céfiro.
Aún si nacieras al abrigo del follaje
con el que cubro los alrededores,
no tendrías tanto que sufrir:
te defendería de la tormenta;
pero naces las más de las veces
en las húmedas orillas de los Reinos del viento.
La naturaleza para contigo me parece bien injusta.
—Tu compasión, le respondió el Arbusto,
parte de un buen natural; pero deja esa preocupación.
Los vientos me son menos temibles que a ti.
Me doblo, y no me rompo. Tú hasta ahora
contra sus golpes espantosos
has resistido sin doblar la espalda;
pero esperemos el final.» Mientras decía estas palabras,
desde el borde del horizonte acude con furia
el más terrible de los hijos
que el Norte hubiera llevado hasta entonces en sus entrañas.
El Árbol resiste; la Caña se dobla.
El viento redobla sus esfuerzos,
y hace tan bien que desarraiga
aquel cuya cabeza al Cielo era vecina
y cuyos pies tocaban al Imperio de los Muertos.
Jean de La Fontaine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/fabula-el-roble-y-la-cana-jean-de-la-fontaine/
