À Armance.
¡Eh, qué! ¡También vos os quejáis de la vida!
¡Tenéis dolores, penas, hastíos!
Un dardo sin fuerza en los ojos, en los labios una hez,
y ¡desprecio en el corazón! ¡Ay! ¡Es como nosotros!
¿Hez en los labios? Veneno, resto ardiente del vaso;
¿dardo en los ojos? Traído medio roto de los combates;
y ¿desprecio en el corazón? ¡Eterno Arquero
cuyo carcaj no se agota!
Tenéis todo eso, como nosotros, ¡oh Señora!
¡En vano Dios derramó sus sonrisas sobre vos!
La Belleza no lo es todo, pues, tampoco para la mujer,
como al maldecirla decíamos de rodillas,
y como tantas veces, en vuestras noches de conquista,
os lo dijeron vuestros amantes, en transportes perdidos,
y que, pálida de hastío, apartabais la cabeza,
¡oh Dios! sin pensar ya en ello…
¡Ah! no, no lo eres todo, Belleza, ni siquiera para aquella
que con más orgullo se miraba en ti,
y que, sin ocultar su orgullo de ser bella,
¡sumía los corazones más grandes en el amor y el espanto!
¡Ah! no, no lo eres todo… Es horrible; ¡pero perdona!
Si el hombre hubiera podido elegir, no habría tomado nada después;
pues creyó mucho tiempo, por la dicha que tú das,
¡Belleza! ¡que le bastarías!
Pero el hombre se engañó, te lo atestiguo, ¡Armance!
que te embriagabas de ti misma como lo habría hecho un amante,
sacando a manos llenas de tu propia existencia,
como un hombre que bebe el agua de un río zambulléndose.
Para convencerme, ¡ay! muéstrate entera;
dime lo que sabes… la amarga verdad.
No es un manto lo que oculta tu miseria,
es el esplendor de la Belleza.
Dime lo que sabes… De tu palidez lívida,
que jamás tus manos arrancarán de tus sienes
y que parece manar de una copa homicida
que el Destino burlón volcó sobre tu frente;
de tu ceño fruncido, del esfuerzo de tu risa,
de tu voz que nos miente, de tu ojo que calla,
de todo lo que nos engaña, ¡ay! y que se admira,
¡ah! hazme brotar tu secreto.
Dilo todo lo que sabes… Sueños, dolor y vergüenza,
deseos insaciados por besos punzantes,
noches, combates, voluptuosidades, manchas que se afrontan
en la infame furia de los desgreñamientos,
¡lecho que no está vacío y que se huye; hora fatal
de la noche culpable que ya ni se quiere,
y que uno va a terminar en el balcón, donde llora,
y que aterida deja los codos desnudos!
¡Ah! ¡antes bien, no digas nada! ¡Pues lo sé todo, Señora!
Sé que la Dicha habita hermosos brazos;
pero no siempre pasan brazos al alma…
¡Se da la dicha, no se recibe!
La copa en que bebemos no siente la embriaguez
que vierte en nuestros corazones, ¡ardiente voluptuosidad!
Tenéis la Belleza; pero un poco de ternura,
pero la dicha sentida de la menor caricia,
vale aún más que la Belleza.
Jules Barbey d’Aurevilly
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-belleza-jules-barbey-d-aurevilly/
