A menudo se encuentra su destino
por caminos que se toman para evitarlo.
Un padre tuvo por toda descendencia
un hijo al que amó demasiado, hasta consultar
sobre la suerte de su prole
a los adivinos.
Uno de estos hombres le dijo que de los Leones sobre todo
alejara al niño hasta cierta edad;
hasta los veinte años, ni un día más.
El padre, para llevar a cabo
una precaución de la que dependía la vida
de aquel a quien amaba, prohibió que jamás
se le dejara pasar el umbral de su Palacio.
Sin salir podía contentar su deseo,
con sus compañeros todo el día juguetear,
saltar, correr, pasearse.
Cuando llegó a la edad en que la caza
más place a los jóvenes espíritus,
aquel ejercicio con desprecio
le fue descrito; pero, hágase lo que se haga,
palabras, consejos, enseñanzas,
nada cambia un temperamento.
El joven, inquieto, ardiente, lleno de coraje,
apenas sintió los hervores de tal edad,
cuando suspiró por ese placer.
Cuanto mayor era el obstáculo, más fuerte fue el deseo.
Sabía el motivo de las fatales prohibiciones;
y como aquella morada, llena de magnificencias,
abundaba por doquier en cuadros,
y la lana y los pinceles
trazaban por todos lados cacerías y paisajes,
en este lugar animales,
en aquel otros personajes,
el joven se emocionó al ver pintado un León.
¡Ah! monstruo, gritó, tú eres quien me hace vivir
en la sombra y en las cadenas. A estas palabras, se entrega
a los transportes violentos de la indignación,
golpea con el puño a la inocente bestia.
Bajo el tapiz se encontró un clavo. Este clavo le hiere; penetró
hasta los resortes del alma; y aquella querida cabeza
para la que el arte de Esculapio en vano hizo cuanto pudo,
debió su pérdida a aquellos cuidados que se tomaron para su salvación.
La misma precaución perjudicó al poeta Esquilo.
Algún Adivino le amenazó, según dicen,
con la caída de una casa.
Al instante abandonó la ciudad,
puso su lecho en pleno campo, lejos de los tejados, bajo los Cielos.
Un Águila, que llevaba por el aire una Tortuga,
pasó por allí, vio al hombre, y sobre su cabeza desnuda,
que le pareció un trozo de roca a sus ojos,
estando de cabellos desprovista,
dejó caer su presa para romperla:
el pobre Esquilo así supo acortar sus días.
De estos ejemplos resulta
que este arte, si es verdadero, hace caer en los males
que teme aquel que lo consulta;
pero yo lo justifico, y sostengo que es falso.
No creo que la naturaleza
se haya atado las manos, y nos las ate aún,
hasta el punto de marcar en los cielos nuestra suerte.
Esta depende de una coyuntura
de lugares, de personas, de tiempo;
no de las conjunciones de todos esos charlatanes.
Este Pastor y este Rey están bajo el mismo planeta;
uno de ellos lleva el cetro y el otro el cayado:
Júpiter lo quería así.
¿Qué es Júpiter? un cuerpo sin conocimiento.
¿De dónde viene entonces que su influencia
actúe de distinto modo sobre estos dos hombres?
¿Y cómo penetrar hasta nuestro mundo?
¿Cómo atravesar de los aires la campaña profunda?
¿Atravesar Marte, el Sol, y los vacíos sin fin?
Un átomo puede desviarla en el camino:
¿dónde irán a encontrarla los hacedores de horóscopos?
El estado en que vemos a Europa
merece que al menos alguno de ellos lo haya previsto;
¿por qué no lo ha dicho entonces? Pero ninguno de ellos lo ha sabido.
La inmensa lejanía, el punto, y su velocidad,
también la de nuestras pasiones,
¿permiten a su debilidad
seguir paso a paso todas nuestras acciones?
Nuestra suerte depende de ella: su curso entrelazado,
no va, como nosotros, jamás a un mismo paso;
y ¡esas gentes quieren con el compás
trazar los cursos de nuestra vida!
No hay que detenerse
en los dos hechos ambiguos que acabo de contar.
Este Hijo demasiado querido, ni el buen hombre Esquilo,
nada hacen en ello. Por muy ciego y mentiroso que sea este arte,
puede dar en el blanco una vez entre mil;
son efectos del azar.
Jean de La Fontaine
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/fabula-el-horoscopo-jean-de-la-fontaine/
